Los veinticinco años

Doce años atrás de aquel 16 de octubre de 1978 en que, el todavía joven, cardenal Karol Wojtyla, fue llamado a ocupar la cátedra de Pedro, el gobierno comunista había negado la entrada a Polonia, al Papa Pablo VI como lo habría negado a cualquiera de quienes lo precedieron, si es que hubiesen hecho el mismo intento.

Uno de los primeros hechos que hizo historia, de los tantos que habría de acumular a lo largo de sus 25 años de pontificado, fue la visita pastoral a su tierra, apenas ocho meses después de convertirse en Su Santidad. Era el mismo gobierno totalitario que había trancado las puertas para tales llegadas, el mismo que como otros, había decidido la muerte de Dios. También seguía siendo el mismo su miedo, si no es que era aún mayor.

Pero esta vez, no habrían cerrojos que valieran, por más afecto que el régimen pusiera en ellos: toda una nación esperaba al hijo que la enaltecía como nadie en el siglo, ni quizás en la historia. No había quien en Polonia se animara a defraudarla.

Fue en junio del año siguiente, cuando el Papa Karol Wojtyla volvió a su patria como el sucesor de Pedro. Lo aguardaron enormes multitudes, confundidas en el mismo fervor religioso y patriótico. En la historia de aquel pueblo, han sido siempre caras de una misma moneda. Flores, banderas, aclamaciones, cánticos, oleadas de emoción, donde gozo y lágrimas se confundían como hermanos. Sus homilías llegaron a lo más hondo de los corazones casi todos estremecidos de dichosa esperanza, mientras unos pocos, rumiaban sus temores.

No sé qué tantos podían advertir en aquellos días, que el alborozado tañido de todas las campanas de las iglesias de Polonia, estaban llevando sus ecos a resonar también en los apagados o derruidos campanarios de la Iglesia del Silencio que pronto recobraría así su voz. A todos los pueblos que soñaban tras muros y alambradas, les empezaba a anunciar también, que en el correr de poco tiempo, caerían abatidos, con los regímenes que los habían levantado.

Sería la admirable revelación que aquella figura de blanco, desarmada mensajera de Cristo, habría de vencer con la pujanza extraordinaria de sus valores espirituales, la fortaleza que alardeaba de su fuerza, de la solidez de sus cerrojos, de las dimensiones de su imperio. Años antes, Stalin ironizaba, preguntando cuántas divisiones de ejército tenía el Pontífice de Roma. Décadas después recibió la respuesta: el mensaje y la figura del Pontífice se hacían presencia cada vez más resonante. Más pueblos lo escuchaban, lo respetaban o lo amaban. En tanto se desplomaban los regímenes que se habían levantado a la imagen y semejanza de aquellas tiranías, aunque sobraran sin embargo, las divisiones de sus ejércitos.

He recordado así uno de los hechos de su Pontificado que cambió la historia, en buena parte bajo su impulso. Fue al poco tiempo de asumir su altísimo apostolado. Pero es sólo uno de los tantos, en que Juan Pablo II ha sido protagonista. Todos marcados por el sello de su personalidad impar y por una presencia tan vigilante en el acontecer de la humanidad, que nada que vulneró la dignidad de la persona humana le fue ajeno ni acalló su voz para denunciarlo. Fue al encuentro de los pueblos de todos los continentes y se acercó a los dolores y esperanzas de los seres humanos concretos. Su peregrinaje incesante le dio una proximidad conmovedora tanto de su mensaje, como de la grandeza de su misión.

Hoy, veinticinco años después, su figura aparece doblegada por el Parkinson y la parálisis. Pero no su voluntad. Tampoco los dolores de la pesada cruz que lleva, han alterado la serenidad, casi celestial de su semblante.

"Ayudadme a servir a la humanidad" dijo en su homilía. Nadie lo ha hecho con más desvelo ni más universalidad a lo largo de estos veinticinco años.

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