LOS uruguayos somos los más viejos del continente americano (colectivamente, se entiende) y el envejecimiento promedial de su población seguirá agudizándose en adelante. Los propios uruguayos no ignoran ese fenómeno, determinado por factores varios entre los cuales figura el bajo índice demográfico, el volumen constante de la emigración y la gradual prolongación del término de vida humana. Lo que cabe añadir a esas generalidades, con apoyo de cifras proporcionadas por el Instituto Nacional de Estadística, es que en algún momento del año 2000 "la cantidad de uruguayos mayores de 65 años cruzó la frontera de las 400.000 personas", dato al que conviene agregar lo siguiente: "para el año 2010 proyectábamos tener 430.264 uruguayos mayores de 65, pero el fenómeno se aceleró" más de lo que esos expertos calculaban.
POR detrás de los números se esconden otros hechos que son su consecuencia, dado que "la longitud de la vida humana, que últimamente alcanza a casi el doble de los promedios de hace cien años" ha provocado fenómenos secundarios que se vinculan con ese crecimiento, entre los cuales figura el sanitario, el sociológico, el económico y hasta el ético, mientras lo que se llama tercera edad pasaba a ocupar un papel protagónico en sociedades donde antes era un delgado margen de ancianidad. Para observadores locales, puede ser consolador saber que las tendencias del caso "auguran a cada uruguayo mayor longevidad que a sus congéneres de casi todo el resto del continente" aunque ello, como ya fue debidamente subrayado, "no garantice la calidad de vida necesaria para disfrutar dignamente" de ese período crepuscular de la vida, que ahora es más dilatado de lo que fue en cualquier otra época de la historia.
COMO curiosidad, puede recordarse que en 1908 los uruguayos mayores de 65 años formaban un 2,5 por ciento de la población (y las mujeres de esa edad, el 3 por ciento), mientras que en 1996, el 10,8 de los varones superaba los 65 años y en idéntica situación se encontraba el 14,6 de las mujeres, siempre que confesaran correctamente la edad que tenían. Otro dato curioso: sólo la décima parte de los "adultos mayores", como ahora se denomina cortésmente a los que han superado los 65, vive en áreas rurales, y el 90 por ciento restante lo hace en ciudades. Al margen de los criollos orientales, los otros países americanos que tienen similar proporción de adultos mayores, son Cuba, Estados Unidos y Canadá, en ese orden. En cuanto a las condiciones de vida de esos ejemplares de la tercera edad, puede señalarse que en el Uruguay el 27 por ciento tiene "hogares unipersonales" mientras que el 40 por ciento vive en "hogares nucleares" donde el resto de los ocupantes son familiares directos de ese adulto mayor.
MAS triste es saber que un 86 por ciento de esa franja etaria "tiene ingresos insuficientes", mientras "el fallecimiento a edades cada vez más avanzadas, el aceleramiento de los ritmos de una emigración casi siempre juvenil y la achatada tasa de natalidad, siguen envejeciendo el conjunto de esta sociedad, y lo hacen más pronto de lo calculado previamente". Claro que el Uruguay no está solo en dichas tendencias: la Argentina también envejece paulatinamente, tal como lo establecen los cómputos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. Uno de cada diez argentinos (el 9,9 por ciento) pertenece hoy a la tercera edad, aunque en 1991 ese porcentaje de mayores de 65 años era del 8,9 por ciento. En una población de 36.260.000 personas, la Argentina cuenta hoy con 3.587.600 mayores de 65, según surge del censo realizado en 2001.
COMO dicen los expertos, "el envejecimiento actual de la población de ciertos países no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Para el 2050, la cantidad de personas de mayor edad en el mundo superará por primera vez a la cantidad de jóvenes y eso tendrá repercusiones múltiples en la vida diaria de los hombres, mujeres y niños del planeta". "El progresivo envejecimiento de la población", agregan las Naciones Unidas, "afectará el crecimiento, el ahorro, las inversiones y el consumo" entre otras cosas, pero no parece haber remedio para el proceso. La gente vive más, la gente tiene menos hijos, alguna gente se va de su país y el reflejo de todo ello es el cuadro señalado, para bien o para mal.
Es justo
Aún no se ha subsanado la situación jerárquica del señor Tabaré González Sierra al frente de la prestigiosa Estación de Cría de Fauna Autóctona Cerro Pan de Azúcar. Este emprendimiento de la Intendencia de Maldonado, único en su género en el país, apostó desde sus comienzos a reivindicar, promocionar, exhibir y estudiar especies nativas de fauna y flora. Desde sus comienzos, hace más de dos décadas, González escogió ese rumbo, convencido del valor excepcional de la diversidad biológica nacional, cuando todavía era un enfoque percibido por pocos. Escogió al venado de campo (Ozotoceros bezoarticus) como la especie insignia, logrando éxitos reproductivos como nadie. Esta institución zoológica fernandina es un ejemplo mundial, contando con el rebaño en cautiverio de venados de campo más grande del mundo. Fue distinguida con el Premio Nacional de Medio Ambiente por sus logros a favor de la conservación de la fauna nacional. Como era de esperar, tantos éxitos se reflejaron en su carrera funcional. El intendente Burgueño lo nombró director de la Estación de Cría. Sin embargo, en la actual administración ocurrió algo inesperado. Al principal responsable de la Estación de Cría se le quitó el cargo de director de la misma, aunque sigue con todas las responsabilidades. Esta injusta decisión merece ser revisada y corregida. Es muy probable que antes de fin de año la Estación de Cría alcance el récord mundial de contar con un rebaño de un centenar de venados de campo. Para entonces Tabaré González debería haber recuperado su cargo de director.