Estados Unidos está perdiendo la posguerra iraquí. No es de extrañar. Las posguerras casi siempre se pierden. Es mucho más fácil destruir un ejército enemigo que ocupar un territorio, reorganizar el aparato productivo y construir instituciones capaces de sostener la vida cívica de la sociedad. Tarea que se complica extraordinariamente en la medida en que aumenta la distancia cultural entre triunfadores y derrotados, como obviamente sucede entre un musulmán del Medio Oriente y un estupefacto señor de Oklahoma, dos criaturas minuciosamente diferentes.
En 1898 las fuerzas navales norteamericanas pulverizaron la flota española en Cavite, Filipinas, mientras la infantería desembarcó en las principales ciudades y ocupó el archipiélago prácticamente sin obstáculos. En Estados Unidos hubo una especie de paroxismo nacional y el presidente MacKinley lloró de emoción patriótica y experimentó ciertas fuertes sacudidas espirituales de carácter religioso. Las victorias son así, euforizantes. Pero a los pocos meses, terminada la luna de miel, morían los primeros soldados norteamericanos en Filipinas en enfrentamientos con los independentistas de aquellas remotas islas. En el curso de los siguientes cinco años se agregarían cuatro mil cruces estadounidenses y algo tan grave como eso: las fuerzas armadas norteamericanas, deseosas de sofocar la rebelión, se entregaron a espeluznantes violaciones de los derechos humanos en los territorios ocupados.
En 1946, finalmente, tras la Segunda Guerra mundial, Estados Unidos consiguió zafarse de la cadena filipina. Pero ni siquiera con la independencia del archipiélago se cerró el episodio bélico de 1898. Puerto Rico, desde esa fecha, hace más de un siglo, continúa vinculado a la nación norteamericana sin que puertorriqueños y estadounidenses hayan conseguido definir con claridad y a satisfacción de todos la naturaleza jurídica de los lazos que los unen. Mientras tanto se decide la cuestión, tras cien años de debate incesante, las transferencias económicas netas anuales del gobierno federal a la isla caribeña se acercan a los quince mil millones de dólares. Una cifra, a valores constantes, mucho mayor que la que hubo que invertir en derrotar a los españoles y sustituirlos como cabeza de los restos de ese imperio.
Nada de esto quiere decir que una potencia como Estados Unidos debe renunciar al uso de la fuerza en casos extremos, sino que por cada plan para entrar en combate hay que formular dos que expliquen cómo abandonar el campo de batalla a la menor brevedad, una vez destruido el enemigo, porque permanecer es demasiado costoso y generalmente contraproducente. Los economistas saben que no hay negocio más ruinoso que el de financiar un imperio. La URSS, como es notorio, no sólo se hundió por la competencia con Estados Unidos y por el disparatado sistema comunista, sino también por la extensión de sus compromisos. Ocupar velada o abiertamente Europa oriental, pelear en Afganistán y subsidiar a Cuba con seis mil millones de dólares anuales era demasiado esfuerzo para un modo de producción tan raquítico y anticuado como el que padecían los soviéticos.
Es evidente que la administración de Bush comienza a ver la ocupación de Irak con una enorme inquietud. Acabar con el ejército de Saddam Hussein costó exactamente diecisiete minutos y catorce segundos del PBI norteamericano, pero la tarea de reorganizar ese país puede ser infinitamente más gravosa en todos los órdenes. Tal vez ese razonamiento es el que explica la parálisis de Bush padre, a principios de los noventa, cuando libró la primera guerra contra Irak y se negó a rematar la faena pese a la derrota total del adversario. Viejo zorro, sabía que era más fácil ganar la guerra que la paz.
Colin Powell ha dicho que en un plazo de seis meses los iraquíes deben dictar una Constitución, celebrar elecciones y asumir el control de su país. ¿Es ése el camino correcto? Nadie está seguro, pero un calendario tan apresurado indica cierto nerviosismo político en la Casa Blanca. George Bush padre no pudo reelegirse en circunstancias mejores que las que probablemente enfrentará su hijo el año próximo. Comienza a verse como posible una victoria de los demócratas en los comicios del 2004, si es que logran seleccionar al candidato adecuado. Es muy difícil defenderse simultáneamente de un ciclo económico negativo y de haber precipitado a la nación a una guerra innecesaria, especialmente si no se encuentra el arsenal de destrucción masiva cuya supuesta existencia motivó el conflicto. ¿Qué puede salvar a Bush de la derrota? Naturalmente, el repunte de la economía. Pero, sobre todo, si logra escaparse de la trampa iraquí: una proeza digna de Houdini dado el poco tiempo de que dispone.
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