H. A. T.
El reciente fallecimiento de Elia Kazan, a los 94 años, ocasionó las reacciones ambiguas que cabía esperar. Por un lado, era previsible la necrológica elogiosa a quien fue una figura de brillante actuación en el teatro y el cine de Estados Unidos. Por otro lado, Kazan denunció en 1952 a once personas como comunistas, ante un comité parlamentario, y el rótulo de "delator" no le fue perdonado en medio siglo.
La parte de elogio a Kazan debería empezar por el ascenso desde su condición humilde de inmigrante (n. Estambul, 1909) hasta la aclamación por sus éxitos mayores en Broadway, como Un tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams (1947) y Muerte de un viajante de Arthur Miller (1948), dentro de 34 títulos. Su carrera teatral explica el ingreso al cine, en 1945, comenzando otra carrera de treinta años que incluye dos Oscar de la Academia.
En 1934 Kazan se afilió al Partido Comunista, como tantos otros intelectuales y artistas de la década, que veían en la Unión Soviética la única barrera contra el avance fascista. Pero en 1936 abandonó el Partido, explicando que estaba harto de las directivas políticas sobre su obra y aun su vida.
En 1947 la Cámara de Diputados inició una investigación sobre el cine americano, interrogando a inocentes, a comunistas y a ex-comunistas. Fue una tarea sórdida, que no llegaba a descubrir espías o guerrilleros o terroristas sino que aniquilaba a muchos pacíficos ciudadanos que no hicieron nada grave pero que habían concurrido a alguna asamblea política.
En 1952 Kazan se presentó ante un Comité investigador, contó su afiliación comunista de 1934-1936 y citó como otros miembros del Partido a ocho excolegas del Group Theatre, que fueron Lewis Leverett, J. Edward Bromberg, Phoebe Brand, Morris Carnovsky, Tony Kraber, Paula Miller, Clifford Odets y Art Smith. Agregó a tres directivos del Partido, que eran V.J.Jerome, Andrew Overgaard y Ted Wellman, también conocido como Sid Benson. Su testimonio no era excepcional. Un libro de Robert Vaughn señala que en 1951-1953 declararon otras 77 personas y detalla las 77 listas de nombres propios.
Aparte de esa declaración, nada indica que Kazan fuera un reaccionario. En su historial aparece la colaboración con obras de Arthur Miller donde se formula una crítica social (Todos mis hijos en 1946, Muerte de un viajante en 1948) y también una película (Gentlemen’s Agreement o La luz es para todos, 1947) que ataca el antisemitismo más escondido de la sociedad norteamericana. Aunque después evitó declaraciones públicas sobre su famosa delación, algo explicó en dos largas entrevistas al francés Michel Ciment y al americano Jeff Young, publicadas en dos libros. Allí recuerda que apoyó a las primeras víctimas de las Listas Negras en 1947, pero que se desilusionó cuando los Diez de Hollywood se negaron a contestar sus afiliaciones. Agrega su convicción de que todos deben poner "las cartas sobre la mesa" y pide tener en cuenta que en 1952 debió elegir entre dos males. Llega a definirse como un hombre liberal y afecto a causas populares, pero siempre anticomunista, porque conoció de cerca las maniobras soviéticas en los sindicatos y el mundo.
Las simplezas y errores de la prensa no han ayudado a comprender el caso. No es cierto que Kazan haya incluído en su declaración al actor John Garfield (El Observador, setiembre 29) ni a alguien de Hollywood. No es cierto que haya declarado ante un comité presidido por McCarthy (información de Associated Press, misma fecha). El comité investigador era de la Cámara de Representantes, presidido en el caso por el diputado Francis Walter, mientras McCarthy era senador. La atribución de las Listas Negras a McCarthy conduce a un error más amplio, porque atribuye a un solo hombre todo un fenómeno social que fue la obra de diputados, senadores, empresas, periodistas y muchas otras personas empujadas a la codicia y a la delación. Como dijera Joseph Losey, una de sus víctimas: "No era sólo McCarthy. Eran todos".