Bien se sabe que las investigaciones del matrimonio Ayestarán–Rodríguez fueron exhaustivas, que no dejaron nada librado al azar, y ahí están esas cuatro mil grabaciones de música, sonidos y lenguaje que configuran el más rico patrimonio intangible del Uruguay. Eso, también se sabe, no es obra de un día.
—¿Cómo era el régimen de trabajo en ese escritorio de la avenida Suárez?
—Los fines de semana, mis padres se iban a hacer las grabaciones al campo, hasta los más remotos confines del país y allí registraban el habla, las danzas, los sonidos, y sobre todo la música que esa gente escuchaba o ejecutaba con los más insospechados instrumentos, muchas veces. Cuando volvían, mi padre se encerraba a escuchar las grabaciones, las pautaba, y no sólo eso. Ellos no solamente recogieron cuatro mil grabaciones de todo el folklore musical uruguayo, sino que luego de pautarlo, hacían la teorización: cuál era el origen, de dónde podría haber venido tal canción, cuáles referencias había, y no solamente del Uruguay. Porque mi padre decía que el folklore se reía de las fronteras y había que buscar un espectro mucho más ancho que el marcado por la geografía.
CLAVES DE SOL. —De ahí el parecido entre aires folklóricos argentinos con los nuestros, como también lo tiene la música gaúcha al sur del Brasil, en Rio Grande.
—Vamos más lejos: hasta aquí llega el arte trovadoresco europeo. El Arrorró está en las cantigas de Alfonso el Sabio, por ejemplo. Por su lado, mi madre, que había sido primera bailarina del Sodre, deja la danza por mi padre y por todos nosotros, para criarnos, y solía decir que ésta había sido su verdadera vocación. Esposa y madre. "Después de haber bailado Patrushka y El pájaro de fuego dirigida por Stravinsky, ¿qué más puedo pedir?" también solía decir, y así se asocia a las investigaciones de mi padre. Es entonces que ella se entrega a la investigación de la danza en el Uruguay, algo muy complejo porque no existían, no había coreografías de esas danzas. Entonces ella crea un método de reconstrucción de danzas folklóricas extintas, un método que hoy se estudia en academias de todo el mundo, el único que existe para reconstruir coreografías de danzas extintas. De esa manera, ella reconstruye los movimientos y pasos de la vidalita, la chamarrita, el cielito, la media caña... Así como mi padre devuelve el folklore al Uruguay, mi madre le devuelve veinte danzas que hoy se pueden bailar fidedignamente rescatadas por ella.
—¿Cuánto tiempo desaparecían sus padres de su casa?
—No mucho. Porque no querían dejarnos solos, sobre. todo a mí, que era el más chico. Desaparecían el fin de semana, nada más. En vacaciones se quedaban más tiempo porque veraneábamos en Playa Verde, un balneario tan lindo, donde se hacía vida de campo y de playa. Ahora está muy cambiado. En esa época, mi padre se levantaba a las cinco de la mañana y empezaba a tocar el armonio, un instrumento fácil de llevar, y de esa manera despertaba a toda Playa Verde con la música que había rescatado y que sólo él conocía.
—Toda esa zona de Playa Verde y de Las Flores ha sido famosa por la conjunción de talentos y sensibilidades que la habitaban: María Carmen Portela, Jesualdo, Arzadum...
—Y muy vecina nuestra era Socorrito Villegas, de una familia muy musical, así que todo nuestro tiempo transcurría entre claves de sol y de playa.