El Uruguay tiene una vieja relación con el campo, con la vida rural y con la producción agropecuaria. El campo, correlativamente, ha tenido una estrecha relación con el Uruguay en cuanto sociedad nacional organizada. Esa relación ha cambiado. Es un cambio a dos puntas: de lo que cada uno era para el otro y ya no es. Sin pretender decirle a nadie lo que debe hacer quiero aportar algo para pensar.
Creo que el Uruguay necesita reubicarse frente al campo y el campo tiene que reubicarse frente al Uruguay. En los últimos años ha habido ciertos dirigentes en los gremios del agro que no sólo han obstaculizado esa tarea de reubicación sino que directamente potenciaron el desubique. Conocidos dirigentes políticos los secundaron con interesado entusiasmo en esa nefasta tarea.
El 3 de setiembre leí en El País un comunicado de la Comisión Nacional de Fomento Rural, la Federación Rural, la CAF, la Confederación Granjera, la Intergremial de Productores de Leche, los colonos, los viticultores y alguna gremial más. Entre sus varios puntos me interesa destacar el que aconseja tomar con cautela la recuperación que se está dando en el agro. Dice: "esto no se debe a las políticas aplicadas por el gobierno sino que son derivadas de un contexto externo favorable". Más allá de que ha habido una clara política del gobierno de retirar impuestos al campo, es bueno que los productores rurales se den cuenta que lo que dice el documento refleja una realidad permanente: son las condiciones externas las que marcan los precios y las variaciones de los bienes exportables; cuando son favorables el campo se va para arriba y cuando son adversos el campo se hunde. Los dos movimientos vienen de afuera y están fuera de control uruguayo.
El documento agrega que "el progreso en los índices productivos es fruto exclusivo del esfuerzo y sacrificio de los productores" y no del respaldo gubernamental. Esto, que se expone como algo excepcional o como mérito particular del sector, es la condición normal de funcionamiento de cualquier emprendimiento económico. Es el empresario quien tiene que hacer rendir su negocio; el éxito depende de su esfuerzo y no de ayuda externa. La rentabilidad es una cuenta; no se puede pedir ni exigir a nadie: si no surge de las cuentas, no existe. La discusión teórica de si esto es bueno o es malo se acabó. Se acabó por la vía de los hechos: el dinero público disponible se agota en cumplir (con dificultad) obligaciones básicas: maestros, jueces, policías, hospitales y cosas así.
El Uruguay va a salir de esta horrible coyuntura en que se encuentra "cuarteado" por el campo: no tengo dudas. Pero el campo no volverá a ser la principal fuente de riqueza y el sostén económico del país como lo fue durante siglo y medio. En el mundo de hoy cada vez hay más bocas que alimentar, pero los alimentos básicos se pagan cada vez menos. Por un lado la producción en los países ricos es cada vez mayor y más barata (por eso tienen que subvencionar fuertemente a sus agricultores) y por el otro los millones que se amontonan en las zonas pobres del planeta no tienen plata para comprar los alimentos que necesitan. Esa es la dura e injusta realidad. Producir alimentos no es un negocio con buen futuro. Aquello de que la vaca les gana no es más que una versión adaptada del viejo dicho: en tierra de ciegos el tuerto es rey.
La prosperidad del Uruguay del mañana no está ligada a la producción del campo. Cuesta decirlo, pero más caro va a costar mantener el engaño. El trabajo en el campo sigue siendo una vocación personal socialmente valiosa, pero no volverá a ser ni buen negocio para el productor ni fuente de grandes riquezas para el país.