El lunes 8 de setiembre, acababa de entrar a su despacho del Palacio del Planalto, cuando un secretario le anunció al presidente Lula da Silva que tenía un llamado de la Casa Blanca. Eran las 8.30 horas de Brasilia (6.30 de Washington) cuando la voz de George W. Bush emergió del otro lado de la línea: "Valoro mucho el papel de Brasil en la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Cancún", dijo el presidente norteamericano a modo de saludo. Pero enseguida le expresó su preocupación por el destino de la ronda de liberación comercial cuyo éxito, o fracaso, depende hoy de un grupo de 20 países en desarrollo. En ese grupo militan Brasil, Argentina, China, India y Pakistán (entre otros).
Lula, rodeado de colaboradores y del canciller Celso Amorim, respondió: "Queremos fortalecer la OMC", pero le aclaró: "Si no hay avances significativos en la liberación del comercio agrícola, no habrá ningún adelanto posible en las demás áreas".
Bush replicó: "Mi representante comercial, Robert Zoellick, quiere encontrarse con su canciller Amorim en Cancún. La intención es que trabajen juntos en la construcción de un consenso". Lula, con la diplomacia de un presidente, respondió: "He instruido al ministro Amorim para trabajar activamente por el consenso. Brasil quiere preservar la OMC y fortalecer el sistema multilateral".
Este diálogo fue transcripto por el Palacio de Itamaraty (donde se encuentra la central de la diplomacia brasileña). La madrugada de Bush fue parte del "juego de presiones" que impulsa Washington. En Rio de Janeiro, donde los ministros del Mercosur se reunieron para acordar las posiciones en la OMC con Sudáfrica, Bielsa, canciller argentino, comentó: "No hay que considerar un fracaso si en la ronda de conversaciones de Cancún no imponemos toda la agenda. Basta con que haya un avance respecto de nuestra situación actual para que los resultados sean positivos".
Lula y su canciller Amorim no dejaron lugar a dudas en la charla con Bush. Van a defender el proyecto diseñado por el "G-20", que según dijo el presidente brasileño a su colega norteamericano "responde a los intereses del 65% de la población agrícola mundial". Una nota emitida por Itamaraty despejó dudas: si en Cancún no se resuelve la eliminación de los subsidios agrícolas, "habrá un retroceso del comercio internacional".
—"No podemos esperar por otra rueda para que nuestros intereses sean atendidos" —le recordó Lula; y pegó con la cabeza contra la pared.