Yo, señor/ sí, señor/ no, señor

A pedido del Ministro de Economía y Finanzas, se publican dos confusiones uruguayas incluidas en el libro titulado "La República Desoriental", editado en el año 1995 (y al cual nadie le hace caso desde hace 8 años).

Confusión Nº 72 ("Entre mover y no mover").— Para fabricar aire comprimido basta con meter aire y más aire en un tanque hermético. Cuando la presión supera la resistencia de las paredes, el aparato explota.

Exactamente así funciona el Estado uruguayo. (Cuyas paredes explotaron hace justo un año). La inamovilidad de los funcionarios impide destituir. Entran y no salen. Las normas vigentes dicen todo lo contrario, pero la Administración y la opinión pública exigen que la Constitución sea violada: los funcionarios ineptos u omisos, que deben ser despedidos, no son despedidos; "son presupuestados" y por consiguiente se hacen "intocables" (sagrados).

A los funcionarios eventuales, se los mantiene un tiempo en su situación teóricamente móvil, hasta que se hace insoportable para todos los hombres y mujeres de este país semejante discriminación y, en consecuencia, son presupuestados. Todo el mundo está de acuerdo en esta leche de clemencia.

A los contratados por un lapso determinado, se les prorroga el contrato, hasta que son eventuales y están a punto de presupuestar.

También las empresas unipersonales con las cuales el Estado realiza arrendamientos de obra, son casi siempre de mentira: simulaciones para meter funcionarios sin decir que se designa; y por supuesto, terminan ingresando.

Toda esta tramoya se realiza al barrer, sin averiguar en ningún caso, si el empleado trabaja o no, si concurre a la oficina o no, si roba el sueldo o no.

Lo único seguro es: que el que entra, cobrará todos los meses durante toda su vida una retribución de "actividad" y luego una "pasividad"; y que al morir el "trabajador" su viuda y sus hijos cobrarán una pensión.

El sistema está basado en una hipocresía que abarca a la población entera: nadie dice que quiere burocracia, pero todos defienden la burocracia y las jubilaciones con uñas y dientes; son burócratas y pasivos de alma.

La gente (que es la culpable de su martirio) se alivia la conciencia echándole la culpa a los políticos: dicen: debe suprimirse el clientelismo.

¡Cómo si nombrar funcionarios diera votos! ¡Cómo si los políticos tuvieran fuerza de carácter o fuerza electoral para resistir la presión de la jauría que pugna por entrar!

El Robespierre que quisiera cumplir con las leyes, sería considerado un canalla y la totalidad de los ciudadanos orientales del Uruguay votaría por guillotinarlo.

Los uruguayos exigen que el Estado sea desplumado en beneficio de todos los uruguayos y quien se proponga hacer otra cosa, será eliminado con oprobio; sin aludir a su mamá, será descrito como un perfecto hijo de puta.

Un gobierno nacional o departamental puede nombrar en los últimos días de su mandato miles de funcionarios inútiles y cuando eso queda de manifiesto, las encuestas populares demuestran que a nadie le parece mal; y es más, no solo no hay escándalo, sino que la totalidad de los uruguayos declara que esos "contratados" que entraron entre gatos y medias noches, deben permanecer en sus puestos.

Está sucediendo; aparece en TV, ahí está el pueblo opinando.

También sucede que a los dirigentes políticos le pregunten en cámara si están dispuestos a suprimir esos empleos espurios y entonces, tragan saliva y tartamudean: No. Eso no.

Todos sabemos que si el gobierno uruguayo se propusiera controlar seriamente el gasto público, se produciría un levantamiento popular. (atchurarían a Atchugarri)

Cualquier ademán realmente ahorrativo constituye entre nosotros un acto de extranjería, contrario a la identidad nacional.

La concepción del mundo que mora en el alma de los compatriotas es el viva la Pepa. Mataban una vaca reyuna para hacer un asadito. Galopaban los caballos orejanos hasta que el animal se desplomaba. Pedían: carne gorda y campo abierto. Cuando tenían una moneda de oro o plata, no la escondían cuáqueramente debajo del colchón, se la colgaban en el cinto y después la exhibían por segunda vez sobre una baraja, copando la banca en un juego de monte.

Sin cambios en la propia gente, no hay cambios.

Las soluciones pasan de la conciencia a los hechos, como explicó para siempre un frailecito llamado Martín Lutero.

Pero convencer es más difícil que vencer; y confundirse es más fácil que hacerse cargo.

Los uruguayos se quejan para no enterarse que las consecuencias vienen después. Pero vienen. No se puede gastar sin trabajar, (¿quién lo duda en el año 2003?). Tal vez la expresión "darse cuenta" venga de este juego desleal: unos reciben ventajitas y otros (los que pagan la cuenta) no se dan cuenta; pero llega un momento en el cual TODOS pagan la cuenta.

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