Jorge Abbondanza
Luego de sobrevivir durante 58 años a su ídolo Adolf Hitler, murió en Alemania la directora cinematográfica Leni Riefenstahl. Tenía 101 años y su pasado artístico, personal y político ya fue recordado debidamente en estas páginas. Pero lo inevitable de la noticia era que el fantasma hitleriano se alzara por detrás de la viejísima señora, acompañando su fastidio (y su mala memoria) cada vez que se le reprochaban afinidades con el nazismo. Los 101 años de Leni resultaron sin embargo menos espectaculares de lo que ella hubiera querido, porque se inscriben en una época donde los individuos centenarios ya no son tan insólitos: el propio Bob Hope murió poco antes a los 100 cumplidos y el fotógrafo mexicano Manuel Alvarez Bravo también se despidió de este mundo hace unos meses luego de pasar los 100.
Las vidas larguísimas pueden guardar recuerdos asombrosos. Este cronista leyó durante su infancia un cable publicado por El Día en el que se informaba sobre la muerte en Moscú de la mujer más vieja de la Unión Soviética: esa mujer aseguraba tener 140 años y haber presenciado el incendio de la capital rusa cuando ingresaron en ella las tropas de Napoleón. Menos ambiciosa que esa moscovita, la teutona Riefenstahl se conformó con doblar el codo de los 101, como también le ocurrió a su contemporánea Elizabeth Bowes-Lyon, más conocida como Reina Madre de Inglaterra. El cine ha tenido otros ejemplares centenarios, al margen de Hope: el magnate Adolph Zukor (patrón de la Paramount en los años de oro) murió con 103 y el productor de comedias Hal Roach tenía 104 cuando resolvió pasar a mejor vida. Pero más resistencia que todos ellos tuvo la catalana —con larga residencia montevideana— Manolita Piña de Torres García, que murió a los 111 luego de sobrevivir medio siglo a su célebre marido.
Suerte más breve le tocó a otra gente famosa, por culpa del azar o de los desastres de la guerra. Parece inevitable imaginar lo que podría haber compuesto Wolfgang Amadeus Mozart si no hubiera muerto en 1791 a los 35 años, lo que podría haber pintado Carlos Federico Sáez de no sucumbir en 1901 a los 23 años, lo que podría haber escrito García Lorca si no lo hubieran ejecutado en 1936 a los 37 años, lo que podría haber actuado Marilyn Monroe, que falleció en 1962 a los 36 años. Fueron las trincheras de la Gran Guerra las que liquidaron al pintor August Macke a los 27 años en 1914, una enfermedad renal la que abatió a la actriz Jean Harlow a los 26 años en 1937 y una crisis cardíaca la que cortó la carrera teatral y cinematográfica de Gérard Philipe a los 37 años en 1959. Pero también los poetas pueden morir jóvenes, como lo demostraron Arthur Rimbaud en 1891 (a los 37 años) o Delmira Agustini en 1914 (a los 28 años). Ni siquiera en la política se sobrevive a veces largamente, porque puede cruzarse un puñal (Anna Lindh en 2003, a los 46 años) o un cáncer (Eva Duarte en 1952, a los 33 años). Para pasar la barrera de los 100 se necesita más salud, más serenidad, mejor suerte y quizá menos emoción, aunque nunca se sabe.
La longevidad, de todas maneras, no es cosa nueva: Matusalén ya dejó constancia bíblica de lo kilométrica que puede ser la vida, pero después de él hubo monarcas que supieron residir extensamente en esta Tierra, como Ramsés II que reinó 66 años en Egipto (hasta 1224 A.C.), Luis XIV que estuvo sentado 72 años en el trono francés (hasta 1715) o su colega Victoria, que llevó la corona inglesa durante 64 años (hasta 1901). Casi nada.