Hollywood íntimo

Antonio Larreta

Existe una abundante filmografía de autorretratos, más o menos verídicos, como Las reglas del juego, una sátira de Robert Altman que fue la aproximación más inteligente al tema. Pero hay muchísimas más, en general melodramáticas, casi siempre en torno de grandes estrellas, que "nacen" pero también se apagan, enfrentadas a sus dramas íuntimos, sus decadencias o a sus productores implacables. En el plazo del último año hemos visto en cambio dos nuevos autorretratos que sorprenden por sus significativas coincidencias en su visión crítica de esa sociedad tan particular, que habita y trabaja en el arrabal más distinguido y celebérrimo de Los Angeles.

Hace aproximadamente un año se estrenó, con escasa repercusión (lo que fue injusto) Feliz aniversario, producida y dirigida por dos actores —Jennifer Jason Leigh y Alan Cummings— que no sólo son pareja en la película sino también en la vida real. Se rodearon de un reparto espléndido para contar esa fiesta de aniversario conyugal, incluyendo entre otros a Gwyneth Paltrow, Kevin Kline, Jennifer Beals, John C. Reilly y un largo etcétera. Y ahora se está pasando por cable una película que ya tiene cinco años y que nunca se estrenó aquí en cine, a pesar de tener (ella también) un reparto de primera: Sean Penn, Kevin Spacey, Meg Ryan, Robin Wright Penn, Anne Paquin, Chaz Palmintieri, y estar dirigida por el joven Anthony Drazan, que ya tenía entonces en su haber una talentosa película: Imaginary Crimes con Harvey Keitel. Esta de ahora se llama Hurlyburly. Aproximadamente, en español, Bochinche. Pero se exhibe con su título original.

Tamnto Feliz aniversario como Hurlyburly retratan lo que podríamos llamar la "intelligentsia" de Hollywood, es decir no actrices incultas y temperamentales, productores perversos o actores fracasados, sino la crème más sofisticada, los que podrían llamarse sus creadores: guionistas y directores de prestigio, productores inquietos, es decir supuestamente la gente responsable del cine más calificado que llega desde allí. Y la imagen que nos da ese autorretrato es muy sombría.

A estar por ella, los creadores hollywoodenses son siempre neuróticos, crueles, autoindulgentes. Crean —o quieren crear— desde el narcisismo, su vacío existencial. Uno empieza a entender esa oquedad desesperante del cine yanqui: quizá Belleza americana sea la película más emblemática que ha dado Hollywood en sus últimos años. En Feliz aniversario, la pareja central (una actriz y un director) festejan sus supuestamente felices diez años de casados invitando a colegas, amigos y vecinos pertenecientes al mismo círculo. Todo es buen humor y cordialidad entre personas civilizadas, un cuadro en que a lo sumo apunta una aislada excentricidad o un recelo convenientemente reprimido. Pero empieza a correr el alcohol y a cierto punto la dueña de casa pide silencio y abre el mejor regalo de la noche, un bonito estuche que no esconde un collar de perlas sino pastillas de éxtasis, con las que invita a todos. Regocijo, expectación general. El éxtasis libera sexualmente, pero también empieza a liberar los sentimientos, los celos, las frustraciones, la vanidad y hasta la violencia que late, agazapada, en ese mundo tan sofisticado.

El final es por lo menos melancólico, y la hipocresía enmascara la felicidad. En Hurlyburly, que tiene un altísimo nivel actoral, el protagonista Sean Penn esnifa cocaína todo el tiempo y sus amigos lo hacen sólo a ratos. O eligen otra droga. Es un mundo masculino en que las tres mujeres que aparecen esporádicamente son apenas objetos resignados a su condición de tales, mientras esos hombres discuten, filosofan, se plantean el sentido de la existencia o hablan en el vacío, sobre la incomunicación entre ellos y —más grave aún— de su incomunicación con la vida. La película, basada en una obra de teatro, es tal vez demasiado hablada, pero esa charla tan pretenciosa como vacua expresa un mundo en que la única salida es no cuestionarse nada, como el personaje que crea al lado del extraordinario Penn un notable Spacey, en esta otra versión de Belleza americana, charlada y todo pero recomnendable. Así debe ser Hollwood, que antes fabricaba sueños.

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