Sencillamente maravillosa

Imposible no pensar en la Alicia de Lewis Carroll, aunque la comparación hay que trazarla a grandes líneas. El mundo imaginado por el animador japonés Hayao Miyazaki tiene su propio sello creativo y una singular lógica narrarativa. La película que cuenta la aventura de una niña por un mundo paralelo, al que llega tras pasar por un misterioso túnel de la mano de su madre, le valió al director dos reconocimientos históricos: el alzarse con el prestigioso Oso de Oro de Berlín (nunca antes habido por un film animado) y el arrebatarle a las compañías Disney y DreamWorks el Oscar a la animación. Los dos tienen plena justificación y se han transformado para las occidentales en las puertas de ingreso al conocimiento de la obra de un realizador extraordinario.

Todo es probable, nada es seguro. Con esa premisa, Miyazaki elabora una historia que parte de los miedos infantiles y se abre hacia los fantásticos encuentros de seres muy diferentes, que deambulan por un mundo de apariencias maravillosas, regido por una bruja con aspecto de abuelita gigantesca. Para Chihiro —la niña protagonista— el drama consiste en salir de ese mundo junto a sus padres que han sido convertidos en cerdos tras un ataque de gula. Sus únicas armas son el control de los temores propios y la capacidad para abrir las conductas aparentemente cerradas de criaturas convertidas en un ejército de trabajadores a jornada completa, donde cuesta ventilar sentimientos e intenciones y donde las historias personales parecen suprimidas.

Como Alicia, Chihiro madura en el viaje. Reconoce la atracción que le ejerce un muchachito, las debilidades de unos seres pequeñitos que alimentan las calderas del palacio donde viven todos, la soledad encerrada en el fantasmagórico Sin Rostro, la entrega del encargado de calentar el agua para que los millones de dioses que van al lugar puedan disfrutar los baños, la calidez de la hermana gemela de la bruja (¿o será la misma?) y lo engañoso que son las apariencias. En cada uno de esos seres encuentra un espejo en el cual reflejarse para seguir adelante y saber, finalmente, que la imaginación es la gran fuente de riqueza para la vida, capaz de detener el tiempo y diluir las fronteras de la realidad para incorporar sueños y pesadillas.

Esos parámetros, donde hay asomos de humor pero sin llegar a un primer plano, ponen ciertas limitaciones en la edad del público al que se destina El viaje de Chihiro. Aunque de manera incomprensible el film, uno de los grandes títulos de la temporada, ha quedado reducido en su difusión a unas pocas vueltas ubicadas en horarios tempranos, el mismo no parece adecuado para menores de 10 años. No porque juegue con terrores o suspensos sino porque al volcarse hacia lo imaginario, exige esa madurez que sólo la convivencia con los miedos propios dan. No por casualidad, Chihiro representa aquella edad.

La estética que maneja el film está lejos de las realizaciones de la compañía Disney. Miyazaki no abandona el método tradicional de animación, pintando cuadro por cuadro, y sólo deja entrar los efectos computarizados en cuenta gotas. Eso parece beneficiar la dimensión de los detalles y el manejo de una paleta de colores admirable, creando escenarios que recogen tradiciones pictóricas niponas y se combinan con las extrañas formas de los seres que habitan ese lugar. En definitiva, es a través de esos cuadros deslumbrantes por los cuales viaja el espectador, acompañando a Chihiro en una aventura que se vive sin que sea real y que permanentemente va poniendo a prueba la capacidad de asombro.

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CRITICA | HENRY SEGURA

EL VIAJE DE CHIHIRO

Sen to Chihiro no kamikakushi

Director, libretista. Hayao Miyazaki.

Productor. Toshio Suzuki.

Montaje. Takeshi Seyama.

Dirección artística. Youji Takeshige.

Dirección de animación. Kaz Hayashi.

Música. Joe Hisaishi.

Versión doblada al español.

l Japón 2002

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