Un violinista ideal para Tchaikovsky

| Critica | EDUARDO ROLAND FESTIVAL TCHAIKOVSKY Concierto de la Ossodre Programa. Vals del ballet El lago de los cisnes, Concierto para violín y orquesta, Sinfonía N° 6, "Patética" Director. Piero Gamba Solista. Evgeny Stembolsky (violín) Lugar. Sala Brunet, sábado 6 de setiembre

Los dos primeros conciertos de los cuatro que conforman este Festival dedicado a la música del compositor ruso Piotr Tchaikovsky (1840-1893) concitaron tal expectativa que en ambas funciones la capacidad de la sala se vio colmada. Es más: las entradas disponibles (unas 450) se agotaron, las dos veces, pocas horas después de haberse puesto a la venta.

Y es algo lógico que así haya sucedido, se trata del resultado de una ecuación que tiene cuatro variables en juego: director, solista, compositor (obra) y orquesta. Primero, Piero Gamba es un director muy querido en nuestro medio y tiene un público que lo admira y lo sigue. Segundo, en ambos casos, los conciertos contaron con la presencia de solistas rusos (los primeros solistas extranjeros de la Temporada 2003). Tercero, las obras programadas para los dos primeros conciertos concentraron lo más popular y célebre del gran romántico. Cuarto, la orquesta decana de Uruguay, más allá de sus carencias e irregularidades, mantiene cierta mística para parte del público uruguayo, sustentada más que nada en un pasado glorioso que lamentablemente quien escribe nunca pudo gustar por cuestiones de edad.

Ahora bien, con ese clima inmejorable que significa una sala llena antes de que comience la música, salió a escena el ex director estable de la Ossodre (ahora en condición de invitado), muy aplaudido por la platea. El Vals de El lago de los Cisnes, la segunda de las seis danzas que conforman la suite instrumental, fue ejecutado de manera automática, como quien lee con oficio una partitura conocida. Porque por más que este "Tempo di valse" sea quizás lo menos interesante de la suite, si la interpretación no logra reproducir la liviandad y la gracia que se propuso el compositor, las cosas empeoran.

Con la presencia del joven violinista Evgeny Stembolsky (Bakú, 1979), el concierto no solo levantó su nivel sino que entró en el momento más alto y disfrutable. Dio toda la impresión de que la orquesta sintió positivamente la solidez interpretativa y la autenticidad de un violinista poderoso, técnica y expresivamente hablando. Porque además, las bondades de esta famosa obra de Tchaikovsky descansan sobre todo en la parte solista.

Se trata de un típico concierto pensado para el lucimiento del solista, que es apoyado en un segundo plano por una orquesta que se impone pocas veces. Uno de esos momentos fundamentales es cuando la masa orquestal amplifica la hermosa frase principal que ya el violín había presentado. Allí la Ossodre vibró y tuvo esa vitalidad y precisión que no siempre muestra.

Stembolsky es un músico con un presente envidiable y un extraordinario futuro. Su toque es arrollador cuando la vehemencia de la escritura romántica lo pide, y de una gran ternura en aquellos pasajes más íntimos. Pero lo más disfrutable, en tanto excelentes violinistas hay muchos, fue ese sabor folclórico que le imprimió a su toque, y que se traslucía hasta en la manera en que por momentos sostenía el instrumento.

Fue sencillamente magistral su desempeño en aquellos pasajes inspirados en la "técnica gitana" que más molestaban al crítico Eduard Hanslik (contemporáneo al compositor), quien llegó a decir que la música olía a vodka y apestaba al oído". La respuesta del público fue contundente: ovacionó al violinista, quien debió salir varias veces a saludar e hizo un bis acrobático que terminó de deslumbrar al auditorio.

De alguna manera, allí finalizó el concierto, ya que la interpretación de La Patética de esa noche no quedará como una de las mejores versiones que la Ossodre haya hecho de esta transitada pieza en el correr del tiempo. La orquesta rindió de manera aceptable sobre todo en los ‘tutti’ o en aquellos momentos en los que la masa de cuerdas tocó en su totalidad, casi siempre en la gama de los ‘forte’. Pero, salvo excepciones, cada vez que un grupo reducido de instrumentos debió sostener la música, los desajustes fueron claros, como en el final de los dos primeros movimientos.

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