LAS drogas no están solas en la cima de los grandes negocios de este mundo. Las acompaña el tráfico de seres humanos, a cargo de las mafias que embarcan en buques ruinosos a emigrantes dispuestos a buscar una vida mejor en los países ricos, mayormente de Europa. El diario inglés The Guardian calcula que el tráfico de personas rindió durante el año pasado 13.000 millones de dólares a sus coordinadores, quienes operan sobre los 175 millones de individuos que "van por el mundo en búsqueda de un futuro aceptable". Por el momento, Europa es el continente que recibe el mayor número de emigrantes (56 millones) por encima de Asia (49 millones) o de América del Norte (41 millones), cifras que se han duplicado desde 1965 pero que son un 30 por ciento menores al flujo que se calcula para el año 2050: unos 230 millones de migrantes.
El fenómeno es alarmante si se lo contempla de lejos, es decir desde este mirador sudamericano que no se ve afectado por su corriente humana incesante. Pero resulta espantoso si se lo observa desde las regiones golpeadas por sus notas de penuria, desazón y muerte: mucha gente sucumbe cuando se hunden los barcos en los que esa masa humana viaja hacia costas europeas, otra gente llega a destino pero es repatriada cuando la Policía de Inmigración la atrapa antes de que desaparezca, tragada por las redes mafiosas que saben transportarla clandestinamente desde las playas hacia cualquier punto de Europa donde la mano de obra miserable (sin calificación, sin exigencias, sin horarios) es requerida bajo un sistema muy parecido a la vieja esclavitud.
EL cuadro es cada vez más grave y nada indica que la situación mejorará" afirma un experto de Cáritas en Italia. En ese país, el Parlamento acaba de aprobar una ley "que coloca a Italia a la vanguardia en la guerra contra los mercaderes de esclavos" estableciendo condenas de hasta 20 años de prisión por el delito de esclavizar al próximo y de cometer crímenes cercanos: compraventa de seres humanos, tráfico de órganos, prostitución, abuso y explotación de menores". Mientras los legisladores italianos daban esa bienvenida muestra de severidad, otras leyes del país regulan el flujo de inmigrantes "haciendo más precaria su condición y aumentando las presiones en favor de la clandestinidad". Durante el año pasado fueron detectados en Italia unos 150.000 clandestinos, de los cuales se expulsó al 60 por ciento: a pesar de tales cifras, al inicio del año corriente había en el país 800.000 inmigrantes más que en 2001.
Lo paradojal es que no sólo Italia, sino el resto de las grandes naciones industrializadas de la Unión Europea, necesitan la mano de obra barata que sólo puede obtenerse de los inmigrantes. La economía italiana atraviesa actualmente una fase de estancamiento, pero a pesar de ello "necesita la constante entrada de inmigrantes para sostener su actividad económica". Concretamente, hacen falta 200.000 personas por año para satisfacer esa demanda laboral, acentuada por el hecho de que los italianos "ya no quieren hacer muchos trabajos", lo cual obliga a incorporar a recién llegados, que por el camino dejan sus escasos ahorros en manos de las mafias que los transportan. En esa categoría mafiosa está ante todo la temible "n’drangheta" de Calabria, que acaba de superar a la cosa nostra siciliana en el volumen de sus operaciones con la droga y el tráfico de personas. Pero con ella compiten las mafias rusas, las de Nigeria, Turquía, China, Colombia y hasta Albania, según el reciente informe emitido por la Comisión Nacional Antimafia que opera en el Parlamento italiano.
LAS redes de traficantes cobran a sus víctimas entre 2.000 y 5.000 dólares por cabeza y además compran las llamadas "carretas del mar", embarcaciones en pésimas condiciones a bordo de las cuales los clandestinos cruzan el Mediterráneo con rumbo a las costas europeas, aunque no todos ellos consiguen llegar a destino: los relatos de naufragios en alta mar suelen ser estremecedores y dejar saldos de decenas de muertos. Mientras tanto, los narcotraficantes colombianos "aumentan sus envíos a Europa gracias al torrente de dinero que proviene de la compra-venta de esclavos". No todas las caras de la realidad son aceptables.
Vida ejemplar
El pasado lunes 25, Agnes Gonxha Bojaxhiu hubiera cumplido 93 años de edad. Su extraordinaria vida, como pocas, ha marcado a la humanidad de una manera admirable y profunda. Su trabajo a favor de los más desposeídos se desarrolló a lo largo de las últimas cinco décadas del siglo XX, en el seno de una de las sociedades más populosa y despareja del planeta. Su proyecto fue tan simple como necesario: crear una casa para los más pobres. Por cierto, no fue una idea innovadora. Sin embargo, la subordinación de cualquier interés personal al de las necesidades de los más desprotegidos de la sociedad, sin medir las consecuencias sobre su calidad de vida, dotó de una fuerza espiritual de tal magnitud a su proyecto, que en 1979 fue distinguida con el Premio Nobel de la Paz. Su continuo trabajo con las personas víctimas de las enfermedades más contagiosas, estremeció al mundo. La Madre Teresa de Calcuta pasó de ser la guía espiritual de su congregación, a transformarse en un referente para la humanidad, en lo que tiene que ver con el amor al prójimo, la humildad y el desinterés por los bienes materiales y el confort. Su vida pública, seguramente ha contribuido más con la credibilidad de que es posible alcanzar la pacificación entre los pueblos, que la suma de tantos acuerdos signados por el mundo. Al morir dejó a las Misioneras de la Caridad con un equipo de 15 mil hermanas ayudando a los más pobres, en 95 países. Decía: ¿Cuál es el día más bello? Hoy. ¿Cuál es la cosa más fácil? Equivocarse. ¿Cuál es el obstáculo más grande? El miedo. ¿Cuál es la raíz de todos los males? El egoísmo. ¿Cuál es la distracción más bella? El trabajo. ¿Cuál es la peor derrota? El desaliento. ¿Cuál es el regalo más bello? El perdón. ¿Cuál es la sensación más grata? La paz interior. ¿Cuál es el resguardo más eficaz? La sonrisa. ¿Cuál es la mayor satisfacción? El deber cumplido. ¿Cuál es la fuerza más potente? La fe. ¿Cuál es el mejor remedio? El optimismo. ¿Cuál es lo más bello de todo? El amor.