Siempre Rousseau

La aparición de una nueva biografía del ginebrino Jean-Jacques Rousseau, escrita por el académico Raymond Troussou, ha venido a poner de actualidad la influencia del gran pensador que no solamente sentó las bases de la moderna concepción del Estado, que había de influir en la transformación precipitada por la Revolución Francesa, sino que se perfila decisivamente como el identificador del hombre moderno.

Las ironías del destino y la coincidencia en los homenajes que hiciera Francia a Voltaire y a Rousseau, guardando sus cenizas en el Panteón de París, cada uno a poco pasos del otro, no han borrado el distanciamiento que tuvieron los dos grandes pensadores a quienes se atribuye la decisiva transformación histórica de la Revolución.

No otra cosa había de influir tanto entre las obras de Rousseau, en el ocaso del absolutismo monárquico europeo, como su "Discurso sobre el Origen y los Fundamentos de la Desigualdad entre los Hombres". Pero también se revelaría como poeta y romántico en "La Nueva Eloísa", como educador en su "Emilio" y como estadista en su "Contrato Social". Más adelante aparecerían sus obras de madurez como las "Confesiones" y los "Sueños de un Paseante Solitario".

Lo cierto es que, para los analistas de hoy, los trabajos de Rousseau lo sitúan como un moderno Diógenes o Heráclito, mientras que Voltaire se identificaría más bien con Demócrito y, desde luego, con los Enciclopedistas.

Pocos franceses han escrito biografías de Rousseau. Un norteamericano, Lester Crocker, produjo una prolija obra entre 1968 y 1973 y un inglés, Maurice Cranston, una biografía en tres tomos, en 1997. Para los académicos franceses Rousseau ha sido el maestro de Chateubriand, Stendhal y Balzac.

Para Suramérica es lo cierto que un gran discípulo y admirador de Rousseau fue Simón Rodríguez, maestro y guía espiritual de Bolívar para quien el "Emilio" era libro de cabecera.

No es pues de extrañar que las enseñanzas del ginebrino llegaran a influir en la composición al menos de sus proclamas y, por cierto, en la Constitución de Bolivia, aporte de su puño y letra.

La mayor obra de Rousseau, de categórica trascendencia social, fue su "Discurso sobre la Desigualdad" y ello, junto a su dinámico aporte a la formación humana en su "Emilio", contribuye ciertamente a la identificación del hombre moderno en sus nuevas dimensiones morales, literarias y científicas.

El mensaje rousseauniano es perdurable no solo por filosófico y político sino por literario y poético. Tales matices brillan en su "Confesiones" con un estilo que él mismo lo dijera: "eleva el alma e inflama el corazón". Es decir, definitivamente romántico.

En el fondo el gran ginebrino reafirma su confianza en la bondad intrínseca del ser humano, en el cual el sentimiento influye más que la misma razón. "Yo siento antes de pensar" diría en sus "Confesiones". Así la imaginación puede guiar al individuo hasta lo sublime. Puesto que el mundo imaginario es infinito, diría en su "Emilio" que "en el choque con el mundo real resultan los conflictos que generan las desdichas". Y así el hombre en este nuevo llamamiento de Rousseau, en sus biografías, resulta no sólo una unidad espontánea y autónoma sino parte de un conjunto de fuerzas espirituales generadoras de una inevitable responsabilidad social. PARIS

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