El peligro intolerante

La equivocación de una autoridad compromete a la institución que representa. Esta es la consecuencia inevitable a partir de las infelices declaraciones de monseñor Cotugno días pasados. Podía, como la mayoría de los uruguayos sostenemos, mantener una postura de rechazo a la legalidad de la unión de iguales sexos, ser contundente en la posición, pero no incluir desatinos que debilitan la postura. No hace falta agredir, aunque no sea la intención, para ser firmes. El error del prelado, dada su ubicación en la jerarquía, comprometió a la Iglesia y, lamentablemente, la debilitó en sus posiciones futuras referidas a los debates que en la sociedad se avecinan. Pese a su autoridad su voz no representó, reitero, en sus excesos, el estilo ni la línea argumental de sus colegas obispos ni de otros integrantes del clero que no salieron a hacer suyas las mismas, sino que con altura y discreción de ellas se apartaron.

Era obvio que una actitud corporativa defendiendo esas expresiones hubiera consolidado el daño que produjeron. El propio comunicado oficial de la iglesia trata de enmendarle la plana.

Haciendo pie en este episodio algunos sectores han aprovechado para intensificar una ofensiva contra la Iglesia Católica. No es extraño que así suceda en momentos en que en la sociedad se empiezan a dar debates sensibles.

La misma intolerancia que emanó de las declaraciones del obispo se encuentra en operadores políticos y de organizaciones sociales vinculadas a éstos que suelen descalificar las opiniones de quienes profesan la fe cristiana, en un gesto de fanatismo antirreligioso tan censurable como el que rápidamente condenan en otros. Es un fenómeno silente pero que en diversos ámbitos se expresa. Se dice: claro tu opinas tal o cual cosa porque eres católico. Es como cuando en Uruguay discutimos temas vinculados a la ética. Quienes defienden posiciones restrictivas a la manipulación del ser humano son descalificados atribuyendo sus opiniones no a sus convicciones personales sino a su profesión de fe. Nadie le pregunta a quien está de acuerdo con legalizar el aborto o con mecanismos de manipulación genética qué religión profesa, sin embargo basta que quien se opone a los mismos exprese su opinión para que se adjudique ésta no a lo profundo de una reflexión tan valedera como la opuesta, sino a que la misma está condicionada por la religión que abraza quien la sostiene. Si se está a favor de la clonación de seres humanos o de la legalización del aborto o de la unión legal de los homosexuales a nadie se le preguntará sobre sus credos ni religiosos ni políticos ni de ningún tipo, cosa que no sucede a la inversa. ¿Por qué? Porque es difícil defender con racionalidad posiciones que van contra la naturaleza del hombre y la mujer, no es fácil sostener, en el caso del aborto, que lo que está en juego es la vida de una persona o ir contra la esencia de la dignidad humana que nos determina a todos seres únicos e irrepetibles, y aceptar que nos fotocopien clonándonos. Por ello es más fácil, en vez de argumentar, disminuir al contendor apelando no a su verdad sino a su condición de creyente.

El episodio mencionado con las declaraciones del obispo ha sido, increíblemente, funcional a la sórdida lucha que por estos tiempos se da contra valores profesados por la fe cristiana en su más amplia acepción, que no es sólo la católica y a todas con respeto se debe incluir. Uruguay ha sido, a lo largo de su historia, un crisol donde se han fundido las más diversas interpretaciones religiosas y filosóficas. De ellas nos hemos enriquecido todos, y esto nos ha distinguido como un país tolerante y refugio de aquellos que sufrieron su carencia en otras tierras. No es bueno por tanto ni excederse en la defensa de las ideas, ni segregar ideológicamente a los que sostienen su fe libremente, que es lo que algunos quieren.

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