Norma, Natalia, Leonardo y los otros

| Critica | JORGE ABBONDANZA CLEOPATRA Director. Eduardo Mignogna. Libreto. Silvina Chague. Fotografía. Marcelo Camorino. Montaje. Juan Carlos Masías. Dirección artística. Margarita Jusid. Música. Paco Ortega. Elenco. Norma Aleandro, Natalia Oreiro, Leonardo Sbaraglia, Héctor Alterio, Alberto de Mendoza, Boy Olmi, Oscar Ferrigno, Eugenia Levin. Argentina 2003

La receta está horneada con buen olfato. Una maestra jubilada (Norma Aleandro) sobrevive precariamente mientras soporta al marido desempleado y alcohólico (Héctor Alterio). Una estrellita de televisión (Natalia Oreiro) está harta de las presiones que le impone esa carrera a través de la voracidad de su productor (Boy Olmi). Las dos mujeres se conocerán de manera casual y emprenderán un viaje improvisado que puede convertirse gradualmente en un camino de liberación. Allí el director y libretista Eduardo Mignogna enlaza con habilidad los problemas de dos generaciones (y las estrellas de dos generaciones) además de confrontar mentalidades y paisajes, vida urbana y rural, pasado y presente, con lo cual ensancha el mercado de su propuesta. Lo hace con una puntería que ya ejercitó antes en cine (Sol de otoño, El faro) aplicando fórmulas donde el naturalismo, el sentimiento y las notas de humor son los condimentos que avivan el sabor del plato.

Mignogna es un hombre con antecedentes varios, incluyendo el literario. Es además un artesano muy pulido, de manera que su relato complace al espectador no sólo porque está confeccionado con solvencia sino también porque el realizador sabe controlar los vuelcos de emoción y de ironía, manteniendo el equilibrio y el color de una crónica popular cuyo anecdotario es una razón más para que la amenidad siga adelante con las viajeras. El par de mujeres conoce por el camino a un joven hacendado (Leonardo Sbaraglia) y a un médico solitario (Alberto de Mendoza) entre los vaivenes de un accidente de tránsito, un velorio pueblerino, un festejo campestre y una visita a lugares de infancia. No falta movimiento en esa ruta.

La otra destreza de Mignogna consiste en rodearse de un elenco lustroso y rendidor. Hay que observar atentamente el retrato de señora apocada y cursi que compone Aleandro, porque está lleno de detalles que son típicos de su riqueza expresiva, desde el soliloquio inicial en que cuenta su vida hasta la forma silenciosa en que transmite condolencias a los deudos en un funeral o la manera en que se apoya al caminar luego de haber tomado alguna copa. Con esos toques y con una composición física muy minuciosa en el gesto y la postura, se integra una labor digna de ser saboreada por espectadores que conozcan la medida de la actriz. Es igualmente intencionada la viñeta de marido depresivo que agrega Alterio y parece impecable el trabajo de Sbaraglia, un actor capaz de resolver el carácter de su personaje con las armas de la inteligencia. Un acierto más inesperado es el de Oreiro, que últimamente había cedido a las facilidades y rutinas de dos o tres telenovelas, con las que trepó a una gran popularidad. A pesar de ello entrega aquí un control, una soltura y hasta un encanto capaces de respaldarla airosamente en su confrontación con colegas de tanto prestigio.

Para que el asunto llegara a cobrar un vuelo más consistente le faltó a Magnogna algún ajuste de libreto. Es improbable que la relación entre dos mujeres tan dispares se consolide a partir de encuentros accidentales donde hacía falta otra motivación, para que algún signo de afinidad o algún dato revelador explicaran lo que aquí sólo parece una decisión del guión. Más adelante resulta innecesario el agregado de canciones, así como las confidencias de Aleandro a la cámara o el artificio de dos monólogos cerca del final, como si el director no considerara suficiente el curso del relato para ilustrar un proceso emancipador y le colgara esos ornamentos que lo sobrecargan sin enriquecerlo. Pero tales descuentos no descalabran la comedia, que está servida en bandeja para que pasen el rato los admiradores de su famoso elenco.

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