Miguel Carbajal
El Uruguay fue un país pionero en feminismo. No se trata de hacer un racconto de la peripecia profesional de las hermanas Luisi. Mientras en el Hemisferio Norte se ponían de moda las sufragistas, las uruguayas se apropiaban de la poesía y no a la chita callando. José Enrique Rodó se colocaba a la cabeza del Novecientos y la fuerza de su pensamiento unido a un lenguaje elegante y retórico que ahora parece demodé le hacía alcanzar alturas continentales inabordables después para cualquier compatriota suyo. "Ariel" fue un fogonazo que quedó titilando por muchas décadas en el mundo de la academia y ayudó a concederle al Uruguay un peso cultural que aún supervive. Pero la movida no estaba en manos de Rodó y sus colegas sino en otras de uñas cuidadas, cuticula recortada y baños de barniz y pintura: dedos de señoritas y señoras, coquetos y remilgados, que estilográfica al ristre se avalanzaron sobre la poesía nacional y la dejaron fuera de combate. El peso familiar de María Eugenia Vaz Ferreira, la sensualidad sin tapujos de Delmira Agustini y el lirismo con cara de muñeca de Juana de Ibarbourou sedimentaron la idea de que la poesía era un asunto de faldas mientras que los pantalones debían sobrellevar los negocios, la custodia familiar y la práctica de formas literarias más espurias que el verso desnudo.
Las mujeres llegan para quedarse y también para anudar lazos. Como en todas las cosas son ellas y sus circunstancias. No es una objeción, sino una constatación. Son personas con inspiración pero también se enamoran, se casan y piensan en sus propias carreras. En este último sentido cuentan con más ventajas que los hombres. Las damas de la rima entran en relación con profesores de destaque, siquiátricos de nota, los críticos de moda. Clara Silva contrae matrimonio con Alberto Zum Felde, años después Ida Vitale lo hará con Angel Rama y repetirá el plato con Enrique Fierro. Sara Ibáñez es la pareja legal de Roberto Ibáñez. Esther de Cáceres será la mujer de Alfredo Cáceres. Amanda Berenguer contraerá nupcias con José Pedro Díaz. Hasta Idea Vilariño que parece renuente a los compromisos y le agrega cerrojos a su intimidad, mantiene un romance famoso con Juan Carlos Onetti. Hacen buena poesía, religiosa, existencial y en algunos casos térmica, pero sus vínculos sentimentales les abren las puertas de impresoras de primera línea, les facilitan buenas ediciones, las vuelven notorias en el extranjero donde también editan y entran a la circulación por lo menos destacadas por sus improntas familiares. Se mueven entre pares y dentro de los mismos ambientes. Sólo —no es la única—Concepción Silva Belinzon, la hermana de Clara, optará por la soltería y vivirá en la Unión rodeada de gatos y entregada a pulir sonetos a los que engarza, como una antecesora de Marosa di Giorgio, en formas vegetales, diseños florales y un surrealismo mineral. En juegos de salón frecuentes entonces, alguien le proporciona una dirección sueca y aguardará, hasta el día de su muerte, romántica perdida, el arribo de una carta loca procedente de la organización Nobel. Su hermana y sus amigas tuvieron el tino de apuntar más cerca y más abajo.
Cuando llega la Generación del 45 la poesía está subvaluada. Los iracundos jóvenes uruguayos arman carpa y ejercen su puntería en los polígonos del teatro, el cine, la música, la narrativa, el ensayo y sobre todo la crítica. Y desconfían de la poética durante años acorralada en cenáculos sin prestigio e intercambio de elogios. Agotados los fulgores de Julio Herrera y Reissig, convertidos en rescoldos los incendios de los tres poetas "franceses", en el escenario se florean Casal, Vasseur, Casaravilla Lemos, Pedro Leandro Ipuche, Basso Maglio, Maeso Tognochi, Falco, el divismo de Fernando Pereda, el verbo incontenible de un Sabat Ercasty consagrado como parámetro por Neruda entre muchos otros.
Enfrentados hoy a sus recuerdos varios protagonistas de la Generación del 45, incluyendo la memoria impar de Taco Larreta, reconocen que la poesía no era la actividad central de la promoción y que puestos a pensar el primer nombre que aparece, como una antorcha, es el de una mujer: Idea. Sin embargo hubo nombres masculinos valiosos, sensibles, un par de ellos capaz de plantar estacas dentro del imaginario colectivo. Líber Falco y Juan Cunha figuran al frente. Un montevideano de Jacinto Vera y un floridense de Illescas (Sauces de) resumieron la voz de su tiempo. El grupo también se integra con el tempranamente fallecido y consiguiente objeto de culto Humberto Megget, Carlos Brandy y el después aluvional Benedetti que colocó su mira sobre la burocracia en su primer momento de expansión. Hubo otros, pero ellos, algunos de ellos, se filtraron dentro del habla popular y constituyen parte de la historia oficial uruguaya.