GUILLERMO ZAPIOLA
El clima intelectual neoyorkino de los años treinta constituye el telón de fondo de Abajo el telón, película dirigida por Tim Robbins e interpretada por un largo elenco que incluye a Hank Azaria, Ruben Blades, Joan y John Cusack, Cary Elwes, Bill Murray, Susan Sarandon, Vanessa Redgrave y Emily Watson, que fuera exhibida en el marco del IV Festival Cinematográfico de Invierno que acaba de culminar, y se estrena hoy en Cinemateca 18 dentro del proyecto Viva la Diferencia.
Los créditos del film se encargan de aclarar que se trata, como la de Pepita, de una historia "casi verdadera" ("a mostly true story"). Hay de hecho un núcleo histórico y una cantidad de personajes auténticos en el centro del asunto, que recrea los acontecimientos que rodearon en 1936 al frustrado intento de poner en escena la "pieza con música" de Marc Blizstein Cradle Will Rock, que iba a dirigir Orson Welles para el izquierdista Federal Theater Project, un empeño del gobierno de Roosevelt que apuntaba al mismo tiempo a subsidiar el arte y garantizar trabajo a actores, directores y técnicos desempleados.
EPOCA. Eran por supuesto los tiempos de la Gran Depresión, y por eso la historia transcurre sobre un fondo de movilizaciones sindicales, choques con las grandes empresas y represión que terminó afectando el proyecto, mientras muy cerca gente poderosa trafica con acero y arte en favor de Mussolini. La obra de Blizstein aludía a esos sobresaltos sociales y reivindicaba la necesidad de la organización sindical: el dato molestó a sectores conservadores de la sociedad norteamericana que declararon la guerra no solamente a esa pieza en particular sino a todo el proyecto del Federal Theater. La comisión Dies, un antecedente de las inquisiciones maccarthystas de los años cincuenta, se interesó por el tema, investigó la presunta "infiltración comunista" que podía haber detrás de todo ello, y terminó frustrando una propuesta artística que tenía su interés.
Enhebrada con esa historia central aparece otra: la de los encontronazos del pintor comunista mexicano Diego Rivera con el magnate norteamericano Nelson Rockefeller, quien lo contratara para confeccionar un mural en el Rockefeller Center y lo despidió cuando descubrió que una de las caras pintadas era la de Lenin. De esa suma de historias Robbins extrae una reflexión sobre la libertad de expresión, la creación artística, el compromiso y hasta la voluntad de un gobierno por hacer algo por la cultura. Hay una nítida preocupación antiautoritaria en el asunto, que por una parte lidia con algunos precursores del maccarthysmo (hay un congresista que quiere saber si el dramaturgo isabelino Christopher Marlowe, muerto en 1593, tuvo algo que ver con el comunismo) y por otra dispara algunos dardos sobre la homofobia del Partido (dos cómicos más bien lamentables y notoriamente ‘gays’ aclaran: "no somos rojos, apenas rosaditos").
Se toma por cierto algunas libertades con los hechos, y hasta inventa algún personaje: al lado de los auténticos Orson Welles (Angus MacFadyen), John Houseman (Cary Elwes), William Randolph Hearst, Nelson Rockefeller, Diego Rivera (Ruben Blades) o Frida Kahlo, el film coloca a un ventrílocuo obsesionado por la "amenaza roja" (Bill Murray) que sufre una crisis de conciencia tras convertirse en un delator, o a un actor ítalo-americano (John Turturro) que no quiere tener nada que ver con el filofascismo de su familia.
Quien conozca algo del período y de lo que ocurrió después con algunos de los personajes que aparecen en el film experimentará probablemente algún placer adicional. Aunque nunca se enfrentan directamente en la película, juegan papeles importantes el director Orson Welles y el magnate de la prensa William Randolph Hearst: este último aparece expresando posturas profascistas, y aconseja a Nelson Rockefeller acerca de cómo hay que tratar a los artistas. Apenas cinco años después, Welles propondría un implacable retrato de alguien muy parecido a Hearst en su magistral primer largometraje, El ciudadano. Al final, el productor Houseman rezonga y del dice a Welles "nunca volveré a trabajar contigo". Se sabe que no cumplió esa promesa.
CINEASTA. La vocación de polémica liberal que recorre Abajo el telón resulta típica del director, libretista y otras veces actor Tim Robbins, quien no solamente es la pareja de Susan Sarandon sino que tiene también ideas propias y ya ha intentado otras veces plasmarlas en términos de cine. Tras una considerable carrera como intérprete en la que ha actuado bajo las órdenes de gente importante como Robert Altman (Las reglas del juego, Prêt-à-porter, Ciudad de ángeles), los hermanos Coen (El gran salto) o el Frank Darabont de Sueños de libertad, Robbins emprendió una carrera como director que comenzó con la algo gruesa pero por momentos efectiva sátira a un político derechista de El ciudadano Bob Roberts (1992), y mejoró con la polémica sobre la pena de muerte de Mientras estés conmigo (1995), que se beneficiaba de la presencia de su colosal mujer Sarandon aunque también Sean Penn estaba muy bien. En Abajo el telón, Robbins confirma su preferencia por temas y hasta posturas políticas y sociales contra la corriente, envolviéndola en los lujos de una ambiciosa reconstrucción de época y el desempeño de un elenco multiestelar.
Discusiones políticas en la famila Robbins
Aunque la carrera actoral de Tim Robbins ha sido mucho más despareja que sus trayectoria como libretista y director, y es capaz de intervenir en tonterías como Misión a Marte de Brian de Palma, también ha intentado muchas veces mantener una línea de conducta en cuanto a temas y niveles de calidad. Su nuevo proyecto como actor, que termina de rodar en Shanghai, es Código 46, una película futurista dirigida por Michael Winterbottom, el de Jude y Bienvenidos a Sarajevo, que debate los alcances éticos de la clonación. La "corrección política" de Robbins sin duda ha de llevarse bien con Witterbottom, quien se ocupara de la guerra de los Balcanes en Bienvenidos a Sarajevo y de la emigración afgana en la más reciente En este mundo.
Algunas de sus actitudes políticas le han provocado dolores de cabezas familiares, sin embargo. Es notoria la adhesión de Robbins y su mujer Sarandon al Partido Demócrata, al igual que su abundante discrepancia con la guerra en Irak y otras posturas del gobierno de Bush. En cambio, la madre de Sarandon es simpatizante republicana, y ha reprochado a la pareja haberle "lavado el cerebro" a su nieto Jack Henry. El dato fue recogido en The Washington Post por el periodista Lloyd Grove, quien fue encarado por Robbins en una fiesta. Según Grove, Robbins le dijo: "Si vuelve a escribir sobre mi hijo, mi mujer o mi suegra, lo voy a lastimar". Está muy bien eso de ser políticamente correcto y reivindicar la libertad de expresión, pero (razonablemente) no se metan con mi familia.