GINEBRA Con voz firme y mirada serena, pero con sangre todavía manchando su cuaderno de apuntes, un médico de las Naciones Unidas describió ayer cómo sobrevivió al atentado terrorista contra la sede de la ONU en Bagdad, e intentó ayudar a las víctimas "en medio de una niebla de gritos y de llantos".
"Había gente muerta, y otra agonizando, había personas con cortes, personas que habían perdido parte de su rostro, seccionado por cristales. Había una persona cuya cabeza había sido atravesada por un tubo de acero. Estaba hablando, pero obviamente se estaba muriendo", dijo el doctor David Nabarro, uno de los directores de la Organización Mundial de la Salud.
Por lo menos 23 personas murieron en el ataque del martes, entre ellos el representante especial de la ONU en Irak, el brasileño Sergio Vieira de Mello. Hay todavía algunas personas que figuran como desaparecidas y algunos cadáveres tan dañados que aún no han podido ser identificados.
Nabarro, de 54 años, regresó a Ginebra el jueves por la noche. Funcionarios de la ONU en Bagdad dijeron ayer que la organización ha enviado a unos 100 integrantes de su personal, de una fuerza total de 300, hacia Jordania y Chipre. Otras 86 personas heridas aguardaban ser evacuadas de Irak para ser tratadas en hospitales del Medio Oriente y de Europa.
POR UNA OFICINA. Nabarro contó que el día de la tragedia se había reunido con Ramiro López da Silva, coordinador de ayuda humanitaria para Irak y con otras personas en la oficina de López da Silva en la sede de la ONU en Bagdad.
Lopes de Silva propuso a Nabarro y a otros funcionarios invitados a la reunión que se trasladaran a otra oficina porque la suya no le gustaba.
Ese fue, casi con seguridad, el detalle que les salvó la vida, pues minutos después en el sector del edificio donde estaba la oficina del funcionario portugués nada quedó en pie, incluyendo la oficina de Vieira de Mello, que murió desangrado a causa de dos enormes vigas que le atraparon las piernas.
"Estaba por salir pero no pude levantarme de la silla", dijo Nabarro durante una emotiva conferencia de prensa en Ginebra, ciudad donde residían algunas de las víctimas. "De repente hubo un ruido sordo. Sentí como si me hubieran golpeado en la nuca".
"Alcé la vista y Ramiro tenía sus lentes sobre la frente. Todavía conservo su sangre en mi cuaderno de apuntes. Las luces se fueron... Había un olor terrible, como el de pólvora en un barril lleno de fuegos artificiales. Había polvo y comenzamos a escuchar los gritos y los quejidos. Nos tomamos de las manos, y salimos".
"Advertí que se trataba de una bomba realmente grande porque ya estaban trayendo a gente. Unas 18 personas estaban yaciendo allí", dijo. Recordó que durante 20 o 30 minutos todo parecía ir lentamente, hasta que llegaron los soldados estadounidenses y empezaron a llevarse a los heridos más graves.
Nabarro y otros tres médicos, todos miembros del personal de la ONU, se pusieron a atender a los heridos. "Encontramos algunos botiquines de emergencia, conseguimos vendas, y comenzamos a atender a las víctimas. Trabajábamos como en una nube, en medio de esta niebla de quejidos y gritos", dijo.
Nabarro dijo que él y sus colegas pasaron el día siguiente yendo a hospitales de Bagdad, asegurándose que contaban con material suficiente para tratar a los heridos.
Nabarro, un médico británico, dijo, al referirse a los terroristas:
"Creo que si hubieran sabido qué buena gente eran Sergio, y otros que trabajaban allí, nunca se hubieran atrevido a matarlos".
Era la tercera vez en los últimos cuatro meses que Nabarro estaba en Irak, donde formaba parte de un equipo de expertos de las Naciones Unidas, del Banco Mundial y de la Autoridad Provisional de la Coalición (APC) encargado de diseñar el plan de rehabilitación del sistema de salud iraquí.
AP y EFE