Con ojos en la nuca

Hace 25 años ni el propio Pablo Lecueder hubiese imaginado que su visionaria idea de aprovechar la víspera de la Declaratoria de la Independencia, para promocionar con una noche de la nostalgia a Zum Zum, llegaría a tener la trascendencia y envergadura de los tiempos actuales.

Es que la convocatoria al recuerdo tiene para los nuestros un efecto movilizador que supera el querer volver a disfrutar de la música de Katunga, Donna Summer, Los Iracundos o Village People y prueba de ello es que, año tras año, el mes de agosto se trasforma, por imperio de este éxito comercial, en el mes del pasado.

Insistentemente las promociones de las mil y una fiestas a lo largo y ancho del territorio nacional amplifican ese efecto mágico que resulta para los uruguayos volver atrás en el tiempo.

Decenas, por no decir centenas de miles de compatriotas, disfrutan el 24 de agosto de esta pasión y hasta donde se sabe, su peregrinar nostalgioso hace de esta noche algo único e inigualable en el mundo entero que, sin mediar rayos o centellas o fin de mes alguno, impida una expansión geométrica a este fenómeno inmerso en nuestra cultura.

Pecaríamos de superfluos si analizáramos este proceso sociológico desde el punto de vista musical o artístico, porque a nuestro entender el síntoma del permanente revisionismo que tenemos como Nación es perfectamente canalizado, casi catárticamente, en esta madrugada y explica por tanto el espectacular éxito de la misma.

Maracaná, las vacas gordas, el Estado de Bienestar, el Frigorífico Anglo, los trolley buses, Leguisamo, Rocha, Spencer, Artime, el "Cascarilla" Morales, Luis Batlle, Fernández Crespo, el carro de El Chaná, los Patos Cabreros, la ONDA, o los ferrocarriles, son todos íconos de la semiótica nacional que reverencian la frase de que todo tiempo pasado fue mejor, y que, al cotejarlos con nuestra cotidiana y crítica realidad de hoy, generan la desesperanza tan habitual en nuestros días, haciendo caso omiso a algo que por frío que parezca es irreversible, como la evolución del tiempo y sus consecuencias, permitiendo ese círculo perverso de vivir por efecto espontáneo con una menor carga de alegría hacia el porvenir.

Pensemos si no es cierto que aquello de vínculos írritos, nulos y disueltos que declaramos en la Piedra Alta de la Florida no quedan en un segundo plano a la hora de festejar el 25 de Agosto.

Por eso es momento de cambiar también en estos pequeños símbolos y complementar la excelente idea de Lecueder, para poder dejar de mirar tanto el espejo retrovisor y mirar más el parabrisas, para poder aprovechar con perspectivas las oportunidades que este mundo más complicado que antes le sigue dando a los hombres y mujeres que tuvimos el privilegio de nacer en estas tierras.

Asumiendo la realidad tal cual es, heredando como generación las secuelas de las crisis vigesimales que consuetudinariamente nos azotan, aprendiendo que para mejorar es necesario más desprendimiento y generosidad que el cuidado estricto de nuestra propia chacrita, respetando las buenas intenciones de aquel que pueda discrepar con nuestro pensamiento y por sobre todas las cosas, no perdiendo más tiempo del necesario para asumir nuestra condición de abanderados del cambio profundo que la sociedad reclama.

Así podremos, como en el pasado, generar el horizonte de confianza y credibilidad suficiente que reviva muchos de esos valores que con tanto ahínco recordamos.

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