Atención personal

En el ámbito comercial eso podrá ser verdad: en otros ámbitos es vicio. Entre nosotros el ejercicio de la política va cobrando cada vez más rasgos de atención personalizada: no es buena cosa.

Se podrá objetar que siempre ha habido actores políticos minoristas, sin referencia ni preocupación alguna por un marco político general. Hacen política al menudeo, atendiendo casos puntuales: una atención personalizada. La falta de una interlocución con el país como un todo, el no manejar ideas sobre un destino nacional, la inepcia para interpretar al país globalmente en sus coyunturas, la incapacidad para las grandes convocatorias, constituyen carencias políticas graves, sean nuevas o no.

Observemos la tarea legislativa; existe cada vez más una legislación personalizada, dirigida a sectores muy precisos y diferenciados de la sociedad. Extraigo un par de ejemplos del día: hay proyectos de ley para abordar la situación de los deudores en dólares, los hay para suspender las ejecuciones de propiedades rurales, para los vendedores de autos cero kilómetro, etc. Más allá de las loables intenciones que uno debe presuponer (hasta prueba de lo contrario) es llamativa la ingenua desatención a las consecuencias de esta forma de proceder. Una de las consecuencias no atendidas (ni advertidas siquiera) de esta forma particularista de legislar es la merma del interés colectivo por la política y sus quehaceres: si el 90% de las veces trata asuntos particulares de otros, a mí no me atañe.

La pérdida de una visión general y de un discurso político orientado por referentes generales implica una mengua en la calidad de la acción política. La función de los gremios y de los dirigentes gremiales es ocuparse de los intereses de su gremio y defenderlos. La función de los partidos políticos es ocuparse del bien común, de los asuntos generales, de las grandes propuestas para la República. Si la política se particulariza en exceso (y el lector verá si ese es el caso o no) deja un vacío enorme en el flujo de la cosa pública. Un vacío que, en esto que llaman el posmodernismo, termina en la disolución de las sociedades nacionales que quedan reducidas a conjuntos de consumidores con hábitos de consumo emparejados y nada más.

Pero volvamos a nuestro país. La política tomada como atención personalizada ha disuelto los discursos generales y ha carcomido algo esencial en los liderazgos: la ambición de dirigirse a todos los uruguayos con la convicción de tener algo que decir para todos. Las figuras políticas se dirigen cada vez menos al Uruguay: el interlocutor que eligen para su discurso no es más la nación. Pongo un ejemplo. El Uruguay entero fue afectado por un baquetazo fenomenal el año pasado. No fue sólo un problema bancario o del mundo financiero: tocó a los bancos, a los bancarios, a los depositantes, a los endeudados, a los que necesitan crédito, a todos. En términos generales esa cuasi totalidad de los uruguayos empobrecidos enfrentó la tormenta con un alto grado de inteligencia y dignidad. Todo esto merecía ser tratado por el elenco político con un discurso apropiado: lo que en otros artículos he llamado el discurso de la crisis. No lo hubo. Los uruguayos se bancaron la crisis sin que sus dirigentes atinaran a dirigirles un discurso apropiado a esa situación de apremio. Sólo una vez se escuchó al presidente Batlle decir que si no habíamos sucumbido era, básicamente, por el comportamiento que había asumido el pueblo uruguayo. No ha habido ni hay asunto de interlocución entre orientales de mayor significación que el mencionado: la crisis y el comportamiento nacional. ¿Dónde ha quedado la elaboración de los relatos nacionales que consolidan las identidades de los pueblos? ¿Cómo creen que se construyen los imaginarios colectivos que sustentan a las naciones? ¿Qué idea tienen de la función política? ¿No hay nadie que se anime a dirigirse al Uruguay?

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