HENRY SEGURA
Aunque luce una candidatura al Oscar a mejor film extranjero, corre el riesgo de pasar desapercibida y sería una lástima. Porque detrás de su fachada modesta, la película Lo mejor de nosotros encierra una pequeña historia que sin elevar el tono de su voz se transforma en una lección de vida. Lo hace remontándose a los años de la Segunda Guerra, cuando los nazis ocupan el país y desatan su vorágine perseguidora. La tonalidad de las imágenes inmediatamente traen a la memoria varios films checos de los años ’60 y puede acarrear un injusto prejuicio: el de que se trata de una historia archiconocida. Pero esa película, que el próximo viernes se estrenará en Montevideo aunque hoy tiene funciones de preestreno en los cines Alfabeta dentro de Festival de Invierno, no es "otra más" sobre la guerra.
El enfrentamiento bélico en realidad opera como situación precipitante para un grupo de personajes que hasta entonces han vivido en la rutina de una pequeña comunidad. Las circunstancias obligan a trazar límites entre vecinos y amigos, a partir de los cuales unos se transforman en perseguidos, otros en desconfiables, otros en colaboradores y la mayoría en miedosos de la supervivencia.
Pero aún con ese presupuesto trágico el film se las ingenia para no abandonar el humor, revelando los apuros que vive un matrimonio de católicos al recoger a un judío perseguido y ofrecerle como refugio la despensa donde cuelga un cerdo que el régimen ha prohibido comer. Sobre todo porque la puerta del apartamento en el que viven es incapaz de detener a un viejo amigo vuelto pronazi, que suele agasajarlos con las pequeñas prebendas arrancadas a sus jefes. No son los únicos enredos. Porque ese matrimonio sin vocación heroica pero con un incuestionable sentido de la dignidad, hasta debe solucionar la manera de tener un hijo aunque el médico nazi local acaba de diagnosticar la infertilidad al hombre.
Todo es posible parece decir el director Jan Hrebejk. Sin apelar a golpes de efectos o a soluciones milagreras, desenvuelve la historia en un tono cotidiano con los obvios sobresaltos que la pareja vive ante el acoso del amigo colaborador que sospecha sobre la existencia de un prófugo en la casa y que acosa a la mujer hasta extremos muy explícitos.
De la misma manera en que el drama no termina por asfixiar el relato, el humor tampoco lo hace aunque hacia el final los encontronazos tienden a acentuarlo. En eso también Hrebejk recuerda el estilo de sus antepasados de los ’60, tocando una cuerda de delicadeza que vuelve mucho más humano a su enfoque, desterrando la obviedad de esa metáfora sobre la tolerancia que está en la raíz de su film. En la sutileza están los factores sorpresivos de la película que va cambiando apreciaciones sobre los personajes, de tal manera que el colaborador termina siendo artífice de un nacimiento, un líder revolucionario enuncia juicios tan sumarios que cambian de víctimas con notoria facilidad y alguien que sobrevivió obedeciendo al miedo (casi con un silencio cómplice) aparece como uno de los agentes de la triunfante resistencia. No hay perfectos ni héroes sino seres humanos vacilantes, tratando de responder a la situación con las escasas armas que les está permitido exhibir.
Una síntesis perfecta de ese espíritu es el paseo casi onírico que el padre infértil realiza con el hijito concebido en medio de una situación de destrucción generalizada y que es un poco el símbolo del entendimiento, de la capacidad para sobreponerse a los golpes. "cuesta creer lo que los tiempos anormales hacen de la gente normal", dice ese protagonista. Eso también está expresado en una cuerda muy controlada y lejana al sentimentalismo elegido por Roberto Benigni en La vida es bella.
Es casi un lugar común en este tipo de cine, el encuentro de grandes trabajos de actuación realizados por actores desconocidos en estas latitudes. Pero en medio de ese elenco compacto, hay un brillante duelo interpretativo entre el centrado personaje que compone Boleslav Polivka y el colaborar payasesco y trágico que tiene a su cargo Jaroslav Dusek. Es que los habituales productos de la gran industria tienden a ocultar este tipo de ofrecimientos forjados en formatos de producción modestos pero con un admirable placer por el trabajo en sí. Lo del principio: sería una lástima que su pasaje por los cines montevideanos pase desapercibido.
Recuerdos primaverales
Lo mejor de nosotros está imbuída por el espíritu del cine checo de los ’60. Fue la década de los "nuevos cines", en la que en diversos países una generación de jóvenes cineastas reemplazó y a menudo cuestionó a sus mayores, proponiendo búsquedas, temas y estilos diferentes. El fenómeno se produjo también en los países socialistas, muy tímidamente en la Unión Soviética (el "deshielo" post-Stalin) y con más fuerza en Polonia, Hungría o Checoslovaquia. En este último país, a comienzos de los ’60 se estaban procesando las políticas aperturistas conducidas por Aleksander Dubcek, que llegaron hasta el cine. Menos control ideológico, más libertad de expresión, hasta el mero paso del tiempo, fueron dejando atrás el cine más militante de la década anterior, volcado a exaltar la lucha antinazi o la "construcción del socialismo". Los jóvenes cineastas que surgen entonces se vuelcan hacia lo cotidiano, practican a menudo un humor provocativo y desencantado, reemplazan los clarines épicos por la crónica intimista, la observación de personajes y ambientes, la comedia y la autocrítica.
Incluso el pasado bélico pudo ser observado en un tono diferente por gente como Jan Kadar y Elmar Klos (La tienda de la calle mayor) o Jiri Menzel (Trenes rigurosamente vigilados), películas menos heroicas y más sarcásticas y humanas. Pero la realidad contemporánea, con personajes comunes y a veces despistados, fue el blanco preferido de Milos Forman (Pedro el negro, Los amores de una rubia), Ivan Passer (Iluminación íntima) o el propio Menzel (Un verano caprichoso), mientras la provocativa Vera Chytilová reivindicaba posturas feministas (Las margaritas) y Jan Nemec hacía búsquedas de lenguaje (Diamantes de la noche) y la metáfora crítica (La fiesta y los invitados). Los tanques del Pacto de Varsovia que invadieron el país el 13 de agosto de 1968 clausuraron esos experimentos, empujando a muchos de sus practicantes al exilio, el conformismo o el silencio.