Se cumplieron seis décadas del estreno de Casablanca, un folletín romántico astutamente condimentado por el nazismo y la guerra. En su momento, la película ganó el Oscar y permitió que un crítico uruguayo reprochara a la Academia de Hollywood "haber confundido un gran elenco con un gran film". Esa opinión se refería al desplante estelar de un reparto donde Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid y Claude Rains convivían con Peter Lorre, Conrad Veidt y Sydney Greenstreet, entre otras personalidades y talentos de procedencia internacional. En aquel momento nadie —y menos la crítica— imaginó que Casablanca iba a convertirse con el tiempo en un clásico del cine romántico, no sólo por la rutinaria dirección de Michael Curtiz o las fragilidades del libreto de Philip Epstein, sino porque el romanticismo en la pantalla tenía en la época otros ejemplos más apreciados, desde Intermezzo o Tres camaradas hasta El puente de Waterloo o La extraña pasajera.
Pero contra todo pronóstico, Casablanca llegó a ser no sólo un clásico en la materia sino un objeto de culto por parte de generaciones de espectadores que no habían nacido cuando la película se estrenó. Esa fascinación puede haberse originado en la celebridad posterior de sus estrellas, en la distancia casi legendaria que asumiría el tema de la guerra y en un par de momentos donde Casablanca se ubicó casi al nivel de su mito: la escena en que Bergman pide al pianista del night club marroquí que vuelva a tocar As Times Goes By para evocar su pasado idilio con Bogart en París, y el momento final en que ella (sin aviso previo) debe despedirse de él en pleno aeropuerto para tomar el avión que la llevará a Lisboa. Esas dos escenas han perdurado no sólo en la memoria del público sino que han sido imitadas, recordadas, satirizadas y citadas hasta la extenuación en revistas, películas, diarios y televisión: es inútil, Casablanca se niega a morir.
Reveladoramente, la autobiografía que mucho después del film escribió su primera actriz, cuenta que en cierto momento del rodaje ella pidió al director que le aclarara si su personaje se quedaría al final del relato con Bogart o debería renunciar a él para alejarse junto a su marido Henreid. Pero Curtiz le respondió que todavía no se había decidido por ninguna de esas opciones y pidió a la actriz que asumiera entonces un gesto "neutro" frente a sus dos galanes. Ello demuestra los márgenes de incertidumbre y hasta de improvisación en que podía incurrir la industria del cine, provocando el previsible desconcierto en los intérpretes sujetos a esas imprecisiones. De hecho, Ingrid entregó en Casablanca uno de sus trabajos más inexpresivos, lo cual no debe extrañar cuando se conoce el entretelón.
Tampoco a Bogart le gustó demasiado su personaje, y años después hasta confió a sus hijos que no había aportado mayor esfuerzo a esa labor en Casablanca, lo cual también es visible para quien revise el film. En la época no se divulgaron los cambios de reparto que la Warner debió efectuar a partir de la primera opción, que eran Ann Sheridan y Ronald Reagan para los papeles que en definitiva hicieron Bergman y Bogart. Pero mucho tiempo más tarde ese dato tuvo difusión, a una altura en que Sheridan se había evaporado del recuerdo de los aficionados y Reagan en cambio ya había subido hasta la primera magistratura, desquitándose con la Casa Blanca por no haber estado en Casablanca. Cuesta imaginar lo que la película pudo haber sido en manos de otras estrellas, y sería aventurado suponer si su perduración habría ganado o perdido con caras diferentes a las que tuvo. En todo caso, esa historieta de intrigas y amoríos en medio de la guerra demuestra que no se necesita un gran director, un gran libreto ni unas grandes actuaciones para que un título se mantenga indeleblemente en la memoria y el afecto de la gente.