El punto de partida tiene su gracia. El conservador abogado (Steve Martin) cree tener su vida más o menos resuelta, y hasta se le ofrece la oportunidad de afirmarse definitivamente en su profesión a través de una cliente de mil millones de dólares (Joan Plowright). Es cierto que es un tipo demasiado ocupado, y que esa es probablemente la primera causa que ha mandado al diablo a su matrimonio con una mujer (Jean Smart) de la que todo indica que sigue enamorado. Pero Martin no se amilana, sigue adelante con su vida, y hasta se siente satisfecho con la relación vía Internet que ha emprendido con una desconocida.
Luego esa desconocida aparece, y todo se desmorona... o empieza a mejorar. La mujer (Queen Latifah) no es la exitosa abogada que ha inventado en el mundo electrónico, sino una fugitiva de la justicia que argumenta ser inocente de los cargos que pesan sobre ella. Y es además "afroamericana", una lista mujer de las calles que proviene de un universo totalmente distinto de aquel en el cual Martin está acostumbrado a moverse.
Lo que sigue es en cierta forma previsible. Martin quiere desembarazarse de Latifah, ella se entromete en su vida con energía avasallante, y poco a poco se establecen entre ambos lazos de comprensión y afecto. Como corresponde en una comedia, al final varios de los personajes habrán resuelto sus problemas. Es lo que el público espera, claro: de otra manera el film no estaría cumpliendo con sus reglas de género.
El problema es que la idea tiene más gracia que la película en sí misma. Se trata prácticamente de una "película concepto", esas que los productores pueden resumir en una línea para vendérsela a las eventuales fuentes de financiación. Veamos: el más blanco de los comediantes (ver incluso el color de su pelo) se encuentra con la más oscura de las estrellas de primera línea de los tiempos recientes, calificación que le cabe cómodamente a Queen Latifah desde que encarnó el jugoso personaje de la carcelera en el multipremiado musical Chicago. Ese punto de partida da lugar a un catálogo de chistes en los que caen blancos (o anglos) y negros, y también algún "hispánico" que se cruza en su camino. Observadores norteamericanos que suelen ser demasiado sensibles al tema han creído detectar una cuota de racismo en el asunto, pero tal vez hilen demasiado fino.
sonrisas. De todos modos, como lo ha señalado otro observador, lo que se le pide a una buena comedia no es que sea racista o antirracista, de derecha o de izquierda, conservadora o progresista, políticamente correcta o incorrecta. Una película puede ser todas esas cosas o por lo menos alguna de ellas, y sin embargo todavía no se ha dicho lo decisivo. Si se busca una comedia, se espera que haga reír.
El termómetro de la risa se instala muy en un punto medio en Una intrusa en la familia. En todo caso, el film es capaz de suscitar una sonrisa aquí y allá, pero el conjunto es más apagado y menos eficaz de lo que hubiera sido deseable. Para entonces, la acusación central contra el film no tiene nada que ver con las etnias. Simplemente, es poco divertido.
Una parte de la aceptación o el rechazo que el resultado suscite tiene que ver por cierto con la adhesión o resistencia que genere Steve Martin, un comediante que cuando tiene un director atrás puede rendir a buen nivel (incluso en papeles dramáticos) pero cuyo abuso de ciertos recursos físicos puede llegar a fatigar. De todos modos, si hay una presencia que importa destacar en el film es la de Queen Latifah: esa negra (¿habrá que decir "afroamericana"?) tiene lo suyo, y se las arregla para sostener toda una zona del asunto aunque libreto y dirección no la ayuden.