En los años 30, por ejemplo, cuando se filmaba en blanco y negro, la vivacidad audiovisual en la materia podía ser estimulada por un coreógrafo como Busby Berkeley, capaz de producir efectos caleidoscópicos con sus batallones de coristas, tal cual ocurrrió desde La calle 42 (1933, dir. Lloyd Bacon, con Ruby Keeler). Las grandiosidades en la materia culminarían en algunos momentos espectaculares de El gran Ziegfeld (1936, dir. Robert Z. Leonard, con William Powell, canciones de Irving Berlin) con lo cual la Metro quedó en adelante como el mayor fabricante de alardes musicales en cine, multiplicando los títulos servidos para la garganta de Jeanette MacDonald y Nelson Eddy (Rose Marie, por ejemplo) mientras la RKO inundaba la década con un reguero de comedias (Sombrero de copa, entre otras) danzadas por Ginger Rogers y Fred Astaire.
Después vino el color y llegaron otras luminarias del género, desde la zapateadora Eleanor Powell hasta la ondulante Rita Hayworth (Las modelos, 1944, dir. Charles Vidor, con canciones de Jerome Kern y debut en cine de Gene Kelly). La carrera de Kelly como comediante, bailarín y coreógrafo sería notable en la Metro, a partir del dinamismo de los números de Leven anclas (1945, dir. George Sidney, con Frank Sinatra), su asociación con Stanley Donen y sus mayores ejercicios personales en Un día en Nueva York (1949, dir. Kelly y Donen, canciones de Adolph Green y Leonard Bernstein), Sinfonía de París (1951, dir. Vincente Minnelli, con Leslie Caron, canciones de George Gershwin) y Cantando en la lluvia (1952, dir. Donen, con Cyd Charisse), donde se bromeaba justamente con los comienzos del cine sonoro. En una etapa final de esa trayectoria, Kelly insistió en la dirección con alguna otra muestra del género como Hello Dolly (1969, con Barbra Streisand), una opereta adaptada de La casamentera de Thornton Wilder que antes había tenido largo éxito en teatro.
LAS VOCES. Pero la comedia musical en la pantallla tenía otros destellos a cargo de gente con voz poderosa, como Ethel Merman en La embajadora (1953) o El mundo de la fantasía (1954), como Judy Garland bajo su contrato en Metro (Valle alegre, 1950, con Kelly) y después de él (Nace una estrella, 1954, dir. George Cukor). A esa altura surgieron nuevas vertientes en la materia, desde coreógrafos de otra generación que inyectaban un brío gimnástico a la danza (Michael Kidd en Siete novias para siete hermanos, 1954, dir. Donen; Jerome Robbins en Amor sin barreras, 1961, dir. Robert Wise) sin interferir en los números de canto y viabilizándolos con una nueva fluidez. En otros casos, la estrategia de Hollywood supo escuchar al naciente rock’n’roll ilustrándolo con Al compás del reloj (1956, dir. Fred F. Sears, con Bill Haley and His Comets) que se ubicó en los orígenes de esa corriente musical y tuvo explosiva recepción del público al estrenarse en el Plaza de Montevideo.
Ni siquiera Esther Williams, que era campeona de natación, escapó al gancho del género y protagonizó muchos musicales en cine (como Fiesta brava, 1947, dir. Richard Thorpe, que supo mantenerse en cartel durante catorce semanas en el Metro montevideano). Pero Hollywood siguió adelante apropiándose de partituras y romances que antes habían poblado los escenarios de Broadway, como Pal Joey de Rodgers y Hart, convertida (y puritanizada) en Sus dos amores (1957, dir. George Sidney, con Hayworth y Sinatra). En otros casos la versión musical de temas de origen eminente podía llamarse Gigi (1958, dir. Minnelli, sobre textos de Colette) sin olvidar que detrás de Amor sin barreras (también conocida como West Side Story) estaba Romeo y Julieta de Shakespeare y debajo de My Fair Lady (1964, dir. Cukor, con música de Lerner y Loewe) que fue aclamada en Londres, Nueva York y Hollwood, estaba Pigmalión de Shaw.
No hace falta aclarar que Oliver! (1968, dir. Carol Reed) es una variante con canciones de Oliver Twist de Charles Dickens, aunque La novicia rebelde (1965, dir. Robert Wise) provenía modestamente del folletín sentimental La familia Trapp, a la que enganchó melodías de Rodgers y Hammerstein. También hubo una fuente literaria en Cabaret (1972, dir. Bob Fosse) que se originaba en la novela Adiós a Berlín de Christopher Isherwood, adaptada al teatro por John Van Druten, luego al cine (La historia de mi pasado, 1955, dir. Henry Cornelius) y finalmente al campo musical por Harold Prince y el propio Fosse. La huella cinematográfica de Fosse se ampliaría luego con All That Jazz (1979) que tenía momentos devoradores sobre la fajina del music-hall.
A partir de los años 60 hubo algunos ingleses que hicieron su aporte al cine musical, como Richard Lester con The Beatles (Ye ye ye los Beatles, 1964; Socorro, 1965), Ken Russell parodiando La calle 42 y las reliquias de Berkeley (El novio, 1971) o recurriendo a una ópera-rock del grupo The Who (Tommy, 1975), y Alan Parker con una opereta de elenco totalmente infantil (Bugsy Malone, 1976), un formidable despliegue neoyorquino (Fama, 1980) o un traslado de otra ópera (Evita de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, 1996). Estos dos compositores ya habían aumentado su fama fuera y dentro de la pantalla gracias a Jesucristo superstar (1973, dirigida por Norman Jewison), cosa que ocurrió igualmente con Hair (1979, dir. Milos Forman) mientras el cine musical ingresaba a la modernidad manoteando temas de los Bee Gees y el caracoleo de Travolta (Fiebre del sábado por la noche, 1977, dir. John Badham), utilizando discos de inmenso éxito (Pink Floyd the Wall, 1982, dir. Alan Parker) o trasplantando shows del teatro que duraban años en cartel (A Chorus Line, 1985, dir. Richard Attenborough).
Quedan en el tintero de Broadway algunos musicales que todavía no desembarcaron en Hollywood, como Cats, El fantasma de la ópera o Les Miserables, a pesar de sus respectivas hazañas de boletería. Pero ya vendrán, porque el cine no suele desaprovechar esos banquetes.
Los musicales en la historia del Oscar
Curiosamente, los premios de la Academia sólo recayeron nueve veces en setenta y cinco años sobre una película musical elegida como lo mejor del año. El dato es llamativo porque ese género tuvo una colosal popularidad durante décadas, a partir de la aparición del sonoro, y sin embargo no siempre pudo subir a la consagración anual del Oscar. Los musicales que se llevaron la estatuilla, han sido:
1929 - La melodía de Broadway (dir. Harry Beaumont, con Bessie Love, Anita Page);
1936 - El gran Ziegfeld (dir. Robert Z. Leonard, con William Powell, Myrna Loy, Luise Rainer);
1951 - Sinfonía de París (dir. Vincente Minnelli, con Gene Kelly, Leslie Caron);
1958 - Gigi (dir. Vincente Minnelli, con Leslie Caron, Maurice Chevalier, Louis Jourdan);
1961 - Amor sin barreras (o West Side Story, dir. Robert Wise y Jerome Robbins, con Natalie Wood, Rita Moreno, George Chakiris);
1964 - My Fair Lady (dir. George Cukor, con Audrey Hepburn, Rex Harrison, Stanley Holloway);
1965 - La novicia rebelde (dir. Robert Wise, con Julie Andrews, Christopher Plummer);
1968 - Oliver! (dir. Carol Reed, con Mark Lester, Ron Moody, Oliver Reed);
2002 - Chicago (dir. Rob Marshall, con Renée Zellweger, Catherine Zeta Jones, Richard Gere).
Otro dato llamativo es que en los treinta y cuatro años transcurridos entre 1968 y 2002, el cine musical no haya sido consagrado por la Academia a pesar de que tuvo en ese período ejercicios perdurables (Cabaret, All That Jazz). Pero después de Chicago ya vendrán muchas otras, con o sin Oscar.