DEBEMOS insistir sobre los escraches, en razón de
dos hechos de estos últimos días, que han vuelto a
traer al tapete este tema. Por un lado, el anuncio de
que el ex presidente Bordaberry fue víctima de un
episodio de esa naturaleza, en su establecimiento
rural. Esa agresión al ex mandatario golpista fue
programada para el viernes 18, quizás para celebrar
así, de tan incivilizada manera, un nuevo aniversario de
la Jura de la Constitución de 1830.
El otro acontecimiento fue el inicio de la consideración
del proyecto del senador Millor que erige en nueva
figura delictiva a los escraches, acaecido el martes 15
en la Cámara Alta. "Violenta perturbación del hogar" es
el "nomen juris" del proyectado delito, a cuyo tenor
serían penados con tres meses de prisión a cuatro
años de penitenciaría quienes "se reúnan en las
inmediaciones de un determinado domicilio para
perturbar, con violencia física, gritos, insultos o injurias,
la integridad personal o moral de sus moradores".
CON respecto al primer hecho, casi sobra expresar
que no tenemos la mínima solidaridad con la
ejecutoria política del señor Juan María Bordaberry.
Tanto es así que, recientemente y por dos veces, lo
hemos calificado de "presidente de chiripa" y no
vacilamos en fustigar acremente su participación y
responsabilidad directas en el nefasto golpe de
Estado del 27 de junio de 1973. Ello, precisamente,
nos confiere particular autoridad para censurar este
escrache, como todos, por lo que esencialmente es.
Es decir, una conducta —mejor sería decir
inconducta— descarnada y brutalmente agresiva,
contraria al orden jurídico porque desconoce el
derecho de todas y cada una de las familias que viven
en nuestro país a no ser escarnecidas y vilipendiadas
públicamente, a grito pelado. Además, tal expresión
ilegítima e incivilizada no deja de ser tal ni gana un
ápice de justificación porque quien la sufra —como es
el caso del ex presidente de la dictadura— también se
haya situado al margen del Estado de Derecho y
pueda merecer, en el plano ético y político, el repudio
de la sociedad.
No hay buenos y malos escraches, según quien sea el
destinatario de la agresión vociferante y despreciativa
que tales hechos conllevan. Dicho con mayor claridad,
si cabe: escrachar está siempre mal, horriblemente
mal, aunque el escrachado fuera Hitler, Goering, Stalin,
Beria, Somoza, Idi Amin, Trujillo o Fidel Castro.
CON respecto al debate del Senado, sobre el que algo
dijimos ayer, vale la pena insistir en la oposición de la
bancada frenteamplista al proyecto del doctor Millor.
¿Cuáles son las razones de su negativa a votarlo? Las
razones reales, claro está, porque las que se
expresaron fueron de una inconsistencia patente.
Quienes practican los escraches son todos frentistas.
¿O alguien lo duda? Y frentistas de la línea dura,
adalides del extremismo, la intolerancia y la justicia por
mano propia. Ergo, si los senadores de la coalición
votan la tipificación delictiva de esas prácticas
violentas, serán —mejor dicho, serían—
inmediatamente descalificados por sus
correligionarios "escrachadores" y se armaría en su
colectividad política un batifondo de órdago. Sin excluir,
quizás, algún escrachecito contra esos legisladores.
En consecuencia, éstos se curan en salud y se niegan
a votar un proyecto sensato, que sólo busca poner fin a
una práctica inadmisible, de modo de que toda familia
pueda vivir en paz. Y sentir que, como expresa el
artículo 11 de la Carta, "El hogar es un sagrado
inviolable". Pero, como no pueden votar contra el
proyecto de marras sin decir esta boca es mía, sin
alegar algo en defensa de sus votos negativos, aducen
razones que más bien son sinrazones.
ALEGAN, así, según coincidentes versiones
periodísticas del debate senaturial, que el Frente
Amplio "se opone frontalmente a que se apruebe el
proyecto", ya que su sanción implicaría "un grave
retroceso democrático". Y añaden que el Senado no
debe contribuir "a inventar nuevos delitos que son
ejercicios de derechos que están en la Constitución de
la República". Lo más singular de esta argumentación,
errada de punta a punta, es que no la sustentó una
persona ignara en materia jurídica sino un catedrático
del Derecho Constitucional, con larga y acreditada
carrera docente, así como con obras publicadas, que
demuestran los sólidos conocimientos de su autor, el
senador Korzeniak.
Es obvio que, tras esta pretendida justificación de los
escraches, asoma la absurda tesis de algunos jueces
penales en el sentido de que estos actos
intimidatorios suponen ejercicio de la libertad de
expresión del pensamiento. Y como el mencionado
profesor empleó el plural —"derechos"—, quizás
pretenda amparar a sus violentos correligionarios con
el paraguas de la libertad de reunión. Ante ello, y con
carácter general, hay que recordar el socorrido aserto
de que "el derecho de cada uno termina donde
empieza el derecho de los demás", cuya antigüedad
no aminora su exactitud.
ADEMAS, ninguna libertad es irrestricta, admitiendo la
Constitución, según es de sobra sabido, su limitación
por vía legal y "por razones de interés general", en su
art. 7. Y la libertad de expresión del pensamiento no
excluye, en el art. 29 de la Carta, la responsabilidad de
quienes la ejercen, "por los abusos que cometieren".
Asimismo, el art. 38 de la Lex Magna sólo ampara "el
derecho de reunión pacífica y sin armas", admitiendo
su limitación legal en cuanto su ejercicio "se oponga a
la salud, la seguridad y el orden públicos". Basta citar
estos preceptos para hacer trizas la tesis
frenteamplista. Los escraches, como es de toda
evidencia, son formas abusivas de expresar el
pensamiento, que lesionan el derecho al honor y a la
seguridad de las personas que los sufren,
menoscabadas además, a veces, en su derecho de
propiedad. Trátase, por añadidura de reuniones que,
sin sombra de duda, alteran el orden público.
Su tipificación delictiva, por último, no colide con el
régimen democrático sino que lo afirma, por cuanto la
democracia se basa en la tolerancia y supone el
respeto de los derechos ajenos y el acuerdo para el
disenso civilizado, todo lo cual es incompatible con la
violencia agresiva ínsita en todo escrache.