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El sinsentido de un país precioso, que ha sido horriblemente devastado
Réquiem por Compay Segundo

Un guitarrista norteamericano, Ry Cooder, tuvo una idea genial: viajó a Cuba en 1996 y reunió un conjunto de músicos y cantantes olvidados, anteriores a la revolución de Fidel Castro, y con ellos (viejos de ochenta y noventa años) grabó un CD lleno de fuerza y de alegría; la música poderosa que hizo furor: rumbas, boleros, mambos, chachachás. Ese disco ganó el Grammy en 1997 (la mayor distinción musical en EE.UU.), vendió cuatro millones de placas y el conjunto increíble terminó ofreciendo un recital en el Carnegie Hall, que resultó apoteósico.

Pero Ry Cooder no se conformó con eso. Fue a buscar a un director de cine de los mejores y le propuso hacer una película. Win Wenders aceptó y los ancianos del ritmo fabuloso trabajaron durante meses y meses.

LA PELICULA. Un grupo de turistas llega a la capital de Cuba y un sobreimpreso aclara: La Habana 1998. Vienen en una moto con sidecar, destartalada, y en el recorrido (documental) se ven las calles y las casas, el pavimento deshecho y las paredes desconchadas; los automóviles grandes y vetustos, pintados y repintados, abollados, desvencijados, todos anteriores al año sesenta sin excepción y tan acobardados por la vejez, como la ciudad que se muestra sin comentarios. Las maravillas que puede hacer la cámara de Wenders con un auto de todos colores embadurnado a la brocha gorda, son inolvidables: el más puro estilo de Gerhard Richter cuando pinta con espátula las cicatrices de la guerra en Alemania del Este.

La travesía del sidecar da muchas vueltas porque los pasajeros vienen buscando la sede del Buena Vista Social Club y cuando por fin localizan el lugar donde estuvo, el club ya no está, hay un baldío; y en ese momento se ven los primeros planos de Compay Segundo (90 años) cantando con los aires y el fuego de un joven, de elegante panamá blanco y sus dientes blanquísimos, sonriente y feliz, con la cara curtida y rascada, quemada por dentro, como corresponde a un anciano, que más viejo parece, cuanto mejor hace el trabajo de un vocalista en televisión.

Los edificios sin mantenimiento durante décadas, el asfalto lleno de baches como trincheras y los grandes Buicks y Mercurys aplastados, se parecen mucho a esa máscara sonriente que canta con un vigor y una felicidad que contagian. Ese parecido y esa contradicción emocional (simpatía y destrucción) se van a dar durante toda la película y se diría que son en buena medida, el verdadero argumento que sostiene todo: una indefinible nostalgia porque el tiempo doblega, a la cual nadie se refiere nunca, pero que está ahí y se siente en medio de la bullanga de rumbas y maracas, que dicen exactamente lo contrario, en medio de la ciudad derruida.

La maravilla de un montaje maestro rompe el naturalismo, sin que se note y basta que se localice el terreno del Club (que ni llega a verse) para que Compay tararee y toque la guitarra y se largue a sonar la gran orquesta y se la vea resplandeciente, en plena labor; y se está en Club que no existe y está ahí; y todo es como fue. Pero no. El astro sigue teniendo sus años y el fondo, cuando la cámara enfoca el contracampo del escenario, se ve enteramente liso y negro. Nada: no hay sala, ni Club, ni público al cual se oye exclamar y aplaudir. No hay el tiempo aquel. Suena el danzón llamado Buena Vista Social Club y Compay llena todo con su fuerza y su ritmo y contagia juventud. Pero no. No está lo que hubo, son fantasmas.

Cada vez de un modo diferente, la música se lleva todo por delante y enciende el ánimo, aunque cada tanto (a tiempo bien medido) salten en la imagen, como aldabonazos (sin que nadie diga nada) la decrepitud y el abandono, el sinsentido de un país precioso, horriblemente devastado y sin esperanza: los autos rengos, las casas tuertas y los responsables invisibles, sordos y ciegos. "Socialismo nacional y autogestionado", le llama el doctor Tabaré Vázquez a este panorama.

Entre travelling y travelling (de los más extraordinarios que he visto realizar) se llega a leer algún sarcasmo de humor negro: un cartel profesional al costado de la rambla, medio despintado, dice con exceso: "Esta revolución es eterna"; y en otra parte, un grafitti carcomido aclara: "Nosotros creemos en los sueños".

Pensaba al salir del cine: los cubanos padecieron los horrores de una guerra civil y siguen cuarenta años después, atados a un hombre capaz de degradar la cualidad de vida, con tal de mantener su ideología que está muerta y enterrada. La revolución no fue pensada para vivir con naturalidad, sino para la crispación de la épica; la épica es para durar poco; cuando su fulgor se prolonga, se descompone y repugna.

A Compay Segundo le tocó estar en medio de una comunidad siempre a punto de inmolarse en aras de los grandes ideales. ¡¿Cuáles?! Y sobre todo: ¡¿para qué?! Hicieron temblar las raíces de los árboles para juntar hambre y ruinas y gente resignada, molida, quebrada, fugitiva, como la que estamos viendo.

¿Murieron tantos, para que tantos cubanos vivan sometidos, deseando huir?

Leo en la prensa del pasado miércoles 16 de julio:

—"Las autoridades cubanas informaron sobre el secuestro de dos embarcaciones por emigrantes ilegales, en el día de ayer".

En el primer incidente, tres hombres resultaron muertos, un guardia del puerto fue herido y un niño de 10 años está hospitalizado con un balazo en la cabeza, según el informe oficial.

Hace cien días, también capturaron a tres hombres que también intentaban huir; y sin que mediara un juicio en forma, fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento. Sucedió el 11 de abril del año 2003.

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