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El gran viaje
De ojos franceses

Como sentenció Andrea Blanqué en el País Cultural, 2 de mayo de 2003, El gran viaje es una rareza literaria. Y lo es. La rareza arranca con su autor, un señor nacido como Raymond Théodore Barthelmess (París, 1904) que llega a Montevideo en 1930 con un pasaporte falso nicaragüense a nombre de Henri Calet, seudónimo que lo acompañará toda su vida desde entonces y con el que firmará su obra literaria, que no es poca ni oscura. En las librerías de hoy en París aparecen sus libros (fue colaborador de Albert Camus en Combat) y a las ambiciones de brillo literario hay que agregar las desmesuradas apetencias por el dinero.

Eso es lo que lo trajo a Montevideo, a bordo del Highland Hope desde Londres, y aquí le bastarán seis meses de gran intensidad para introducirse en la vida social, deportiva (sobre todo hípica), prostibularia y literaria de la capital, llegando a convertirse, a la manera inglesa, en un character. El se inserta durante ese breve tiempo en la Montevideo próspera y bulliciosa, la de los fulgores de Maroñas y del Jockey Club, la Montevideo libertina de la calle Brecha y la de las grandes tiradas literarias del Tupí Nambá, de las rechonchas librerías y las galerías de arte, pero también en el submundo de las pensiones de la Ciudad Vieja y en reuniones con anarquistas. De su pluma aparece una ciudad que la mayoría de los montevideanos nunca vio.

DETRAS DEL BIOMBO. ¿Qué hacía este hombre en Montevideo? Muy simple: se vino huyendo después de una estafa en la compañía parisina en la que trabaja como contable, la Electro-cable, tenía 26 años, muchas deudas de juego, y además ocultó operaciones fraudulentas de sus patrones. Un día, "saluda a sus compañeros de trabajo ya que parte de vacaciones y se lleva, oculto bajo su saco, el contenido de la caja, o sea 250.000 francos de aquel entonces". La estimación actual revela que serían el equivalente de 250 mil dólares.

¿Por qué enfiló para este lado? Tenía un hermano, Eugène, que vivía en Brasil, con quien prometió encontrarse, pero dejó Lisboa, Río de Janeiro, Santos en el tintero: se quedó en Montevideo, con una gran fortuna a cuestas. Aquí empieza a ser conocido como Henri Calet. Aquí es donde empieza a escribir El gran viaje y donde conoce, más allá de los lugares emblemáticos de Montevideo (el Palacio Salvo, los cafés, las librerías, las playas, los barrios) a mucha gente que hoy son calles o referencias ciudadanas.

Entre esos nombres trabó trato con Alberto Zum Felde, que dirigía la revista La Pluma, con Osiris Bertani, el gran editor de las glorias del Novecientos, con Petrona Viera, aquí provoca una gran pasión homosexual en Luis Eduardo Pombo, profesor de francés, dilettante mayor de la ciudad, quien sin embargo ya mantenía una relación íntima con el pintor Guillermo Laborde. (En el Museo de Artes Visuales del Parque Rodó hay un magnífico retrato de Pombo hecho por Laborde). Con todo ese mundo fermental de la ciudad en los Treinta es que Calet construye su novela, muy entretenida, por cierto.

El prologuista de esta edición de Trilce, el francés Christophe Fourvel, que vino a la presentación del libro hace un par de semanas en La Taberna del Sol, asevera que Calet no era homosexual, pero en ese mismo acto fueron leídas unas cartas que no son las que normalmente se intercambian dos señores.

Lo que importa, en todo caso, es la mirada de un francés recalando en una Montevideo rica y lejana con los ojos ávidos y curiosos de un extranjero, lo que hace, según Fourvel, que el libro resulte ser "un testimonio clave sobre una época y una ciudad a la que arribaron tantos sueños y tantas heridas". Es decir: en 1930, la Tacita todavía era de plata.

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