Celestino Corbo

Hijo del departamento de Lavalleja, descendía de una de las familias más probas que fundaron el que fue pueblo de la Concepción de Minas.

Celestino Corbo inició sus servicios como guardia nacional, en defensa del gobierno de Bernardo Prudencio Berro, tomando parte en varias acciones que le dieron pleno derecho a usar con altivez la blanca divisa.

La revolución de Timoteo Aparicio, en 1870, le contó entre los primeros alineados, destacándose por su valor y arrojo, como otro gran lancero de aquellos enormes del siglo XIX, perfilándose como futuro jefe. También actuó en 1875 y no faltó en la fracasada revolución del Quebracho en 1886.

Cuando ya estaba avanzado el año de 1896 y Aparicio Saravia se movía reuniendo gente y armas, Corbo junto con Juan José Muñoz comisionaron a Arturo Ramos Suárez para que trasladándose a Buenos Aires, diera al Comité de Guerra la seguridad de sus incorporaciones y cooperaciones.

La policía tomó conocimiento de ello y comenzó a perseguirlos, por lo cual junto a Miguel A. Pereira y otros compañeros, ganaron las Sierras de Polanco esperando allí la fecha que se les indicara para iniciar acción.

El 5 de marzo, fecha en que invade Aparicio y da comienzo a la más pura de las revoluciones orientales, Corbo se une a Trías en las Puntas del Santa Lucía, incorporándose luego a Saravia, a tiempo para intervenir en Arbolito. En esta batalla —donde cayera el bravo de Chiquito Saravia— Corbo se desempeñó en el centro de la línea. Cuando el coronel Alonso cae herido, Corbo tomó a su cargo el mando de la que más tarde sería la División Nº 6. Se destacó en Cerro Colorado, donde persiguió a una partida gubernista muy superior en número.

Cuando las Divisiones del Ejército fueron numeradas, correspondió a la de Corbo, como decíamos, el Nº 6, quedando confirmado en la jefatura hasta que Alonso —recuperado luego de ser atendido en el hospital de Cuchilla Seca— se reintegró y entonces Corbo pasó a ser el 2º Jefe de la División. Después de Cerros Blancos, donde Juan Francisco Mena, jefe de la División Nº 2 fuera herido de muerte, se comisionó al coronel Trías para recuperar a esta División y este Jefe de inmediato solicitó el concurso de Celestino Corbo quien autorizado el traspaso se constituyó en el 2º Jefe de dicha División Nº 2.

Carlos Roxlo, el gran poeta, el que supo cantar como ninguno a la Divisa Blanca, expresaba: "¡Cuando Aparicio Saravia dejó ver su silueta de héroe de Homero sobre uno de los cerros del país, llamando con el eco de su clarín de guerra a todos los que tenían fe en el futuro de la causa blanca, Celestino Corbo juntó a sus compañeros y se unió al Caudillo, llevando ya la muerte en el corazón y en sus ojos azules esa tristeza que parece el reflejo lejano de una aurora inmortal"!.

"¡En Arbolito, en Cerros Blancos, en Guaviyú, en el Hervidero, en Aceguá, donde quiera que fue baleado el estandarte de la revolución, donde quiera flamearon las insignias azules de sus divisiones, allí le vimos, encorvado sobre su caballo con prendas gauchas, vistiendo nuestro poncho y alzando las espuelas de púas gemidoras, dejando a su ya escasa melena blanca flotar a todos los vientos del terruño y enseñando, con su serena majestad veterana, a arrostrar el peligro, con los ojos clavados en el porvenir!"

"Otro valeroso y otro abnegado, un médico de nuestro credo, le aconsejó cien veces que dejara el ejército y se fuese a morir al lado de los suyos. Todo lo desoyó; súplicas y mandatos; su puesto estaba allí y se conservó, a pesar de la escarcha, a pesar de la lluvia, a pesar del cansancio, a pesar del peligro y a pesar de la muerte que le estaba royendo el corazón".

Y este lancero del 70, este Jefe del 97, entró en la leyenda del Partido, allá en la tierra de su Minas, el 4 de enero de 1899.

Fuente: Archivo Angel Baz Robert

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