Cambio de significación

Después de la Cumbre de Johannesburgo, Sudáfrica —también llamada Río+10— en 2002, y del 3er. Foro Mundial del Agua realizado este año en Kyoto, Japón, para todas las naciones del mundo quedaron bien claro dos puntos: que "el agua" es el tema de prioridad principal en el ámbito mundial, y que solamente se lo puede abordar, estudiar y planificar con un enfoque holístico, o sea considerando con igual énfasis sus aspectos económicos, culturales, ambientales y sociales.

De los productos tangibles más importantes que nos han quedado sobresale claramente el Informe Mundial de los Recursos Hídricos. Este trabajo liderado por la Unesco, merece ser considerado como un material de consulta ineludible y permanente por todas las comunidades del mundo. Y cuando decimos "comunidad" nos estamos refiriendo a la totalidad de sectores y estamentos de la misma. Centremos nuestra atención en uno de los aspectos importantes considerados. Cuando se habla del valor del agua, debemos decidir los parámetros a utilizar para ello. Hasta ahora esta tarea nos ha resultado en apariencia fácil —aunque no exenta de conflictos—, porque sólo le hemos asignado un valor económico al agua. Cuánto cuesta transportarla desde las fuentes naturales, potabilizarla, distribuirla, etc. Si el agua es un bien económico, entonces, asignémosle un valor económico. Pero esta perspectiva está cambiando rápidamente. Así lo recoge el informe de Naciones Unidas. Está probado que el agua es un bien económico. De ello no hay duda.

Pero también es un bien social y es un bien cultural. Por lo tanto, tiene además un valor cultural y social. Son otros valores que no sustituyen al económico, ni lo desplazan. Simplemente se complementan. En el tema de las privatizaciones queda bien claro la generación inevitable de conflictos, si sólo se toma en cuenta la tradicional valoración económica del agua. Naciones Unidas tiene una posición muy firme al respecto, y así lo recoge el informe: el recurso hídrico no se puede transferir al sector privado.

Una cosa es discutir la transferencia de la gestión o administración del agua, y otra muy distinta es la propiedad del recurso. Según la experiencia internacional, la privatización de la gestión en la distribución del agua potable ha sido exitosa en ciudades grandes de sociedades económicamente fuertes. No funciona en ciudades pequeñas y en comunidades con bajo poder adquisitivo. Todo esto está dicho de manera muy general. El informe maneja cinco formas distintas de transferencia al sector privado: privatización, capitalización, concesión, alquiler de administración, y forma mixta. Incluso, cuando hablamos de tarifas, éstas deben ser equitativas. La tarifa única se establece partiendo de una supuesta igualdad inicial entre los consumidores, que no existe. El nivel de consumo también marca esas diferencias. Si no se discrimina, un litro de agua vale lo mismo para ser bebida en la mesa de la familia o para llenar una piscina particular, lavar el auto o regar los amplios jardines de la propiedad. La familia humilde termina subvencionando el agua de la rica. La otra conclusión clave a la que arriba el informe es que, recogiendo las experiencias en materia de transferencia de la gestión del agua hacia el sector privado, la misma se ha hecho sin contar con un marco regulatorio adecuado a las circunstancias.

En muchos casos la regulación aplicada fue propuesta por la propia empresa. En otros, se aplicó una normativa tan frágil que no protegió los derechos fundamentales de la población. Como afirma el experto en aguas de la Unesco Carlos Fernández Jáuregui, las buenas experiencias se darán en aquellos países donde haya una buena ley, en los que el Estado sabe lo que quiere, define con precisión las reglas de juego, y donde el privado lo que hace es brindar un servicio controlado por el Estado.

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