Maracaná

Se cumplen cincuenta y tres años de la victoria celeste en Maracaná, que le diera a la Asociación Uruguaya de Fútbol la segunda conquista de la Copa del Mundo, en aquel entonces denominada "Jules Rimet". A los veinte años de la conquista de la primera en nuestro país, Uruguay la ganaba en tierra brasileña por segunda vez. Pero fue aquella la cuarta vez que nuestro fútbol en un cuarto de siglo, sentaba hegemonía en todo el Universo.. Quizá Colombes sólo por haber sido el inaugural y también por todo el romanticismo que rodeó la aventura impulsada por Atilio Narancio —único dirigente que sobrevive en el bronce en los alrededores del Estadio Centenario— y que culminó en la gloria, pudiera reclamar la condición de la gran fiesta patria de nuestro fútbol, pero lo cierto es que por razones generacionales de Maracaná todavía subsiste memoria viva entre los muchos uruguayos que tienen el acontecimiento en su retina. Y aquella fue sin duda una estupenda hazaña. Probablemente cuando el énfasis en los adjetivos a que convoca el recuerdo se hace inevitable no se tenga en cuenta que entre las selecciones de Uruguay y Brasil de la época había tanto conocimiento recíproco como paridad, que se manifestaba en los resultados de los encuentros en los que se alternaban las victorias de uno y de otro. De cualquier manera lo cierto es que Uruguay le ganó en la ocasión a Brasil porque jugó mejor y porque contó en su equipo con formidables futbolistas, pero también por aporte simultáneo de las virtudes de fortaleza anímica que salieron a relucir honestamente para neutralizar el peso de la condición del locatario, alentado por una multitud nunca vista en un espectáculo deportivo. Pero en su perspectiva histórica, Maracaná ha querido recordarse por algunos como el símbolo del estancamiento de un país al que le cuesta ingresar a procesos de evolución que signifiquen un cambio. Esto, que sociológicamente es verdad, no puede desnaturalizar la magnitud de la fantástica hazaña deportiva, a la que sólo con exageración puede exaltársele como a la Cruzada de los Treinta y Tres Orientales, pero también a la que solo una gran injusticia producto del alarde de intelectualidad de los insensibles, puede desmerecer como expresión inolvidable de la alegría de todo un pueblo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar