SEGUN afirman los expertos, el mayor desafío que se plantea hoy en materia de combate a la pobreza "no consiste en cómo aliviar el padecimiento de los desvalidos, sino en qué hacer para que los países ricos y pobres cumplan con sus reiteradas promesas". De parte de los ricos, esas promesas han consistido en destinar cierto porcentaje de su producto bruto interno a la ayuda destinada a los pobres del planeta, y de parte de los países débiles —y necesitados de auxilio— la promesa ha consistido en "implementar reformas honestas y efectivas en el campo de la administración pública y la economía".
El economista que dirige en las Naciones Unidas los informes sobre desarrollo humano, tiene dudas cuando habla del interrogante decisivo que plantea el futuro: "saber si las naciones ricas harán de la eliminación de la pobreza extrema en el mundo una prioridad", respaldando así "la mejor esperanza de la humanidad para asegurar que la globalización no sólo beneficie a los más ricos".
NO queda mucho tiempo si se pretende cumplir con las metas previstas en varios foros internacionales: en ellos "la reducción de la pobreza, del hambre y de las enfermedades se fijó para el año 2015, fecha de la cual nos separan apenas doce años".
Desde la famosa reunión de 150 líderes mundiales en la sede de la UN en Nueva York, que se cumpliera en el 2000, hasta el reciente encuentro del Grupo de los Ocho en Francia, los poderosos de la Tierra se han pronunciado sobre el combate contra la pobreza y han reiterado sus intenciones de cumplir con ese plan, que consistiría en dedicar la séptima parte del uno por ciento de sus ingresos nacionales a dicha batalla contra la penuria y el hambre. Destinar la séptima parte del uno por ciento del PBI a tales fines (unos 175.000 millones de dólares) no parece exagerado si se recuerda que esos mismos países ricos dedican a la compra de armamento un 2,5 por ciento de su PBI, es decir diecisiete veces más.
COMO señala un funcionario de Naciones Unidas, las potencias industrializadas (Estados Unidos, Unión Europea, Japón) gastan "mucho más en subsidios inútiles destinados a sus agricultores, protegiendo por ejemplo a productores de azúcar ineficientes en climas templados". Frente a lo que recibirían de los países ricos, los más pobres se comprometerían a mejorar su gobernabilidad, combatiendo la corrupción y los excesos burocráticos, como contrapartida (y garantía) para la ayuda económica.
LOS terrenos que esa ayuda contempla son variados: "se trata de reducir la pobreza pero también apuntar a cuestiones relacionadas con el analfabetismo, la mortalidad infantil y epidemias como el sida". Si los países receptores de ese auxilio "lo utilizaran de manera efectiva, permitiría controlar las grandes enfermedades (lo cual incluye la malaria y la tuberculosis), aumentar la producción local de alimentos, asegurar que los niños concurran a la escuela en lugar de cumplir trabajos forzados, permitir a las familias pobres un acceso —aunque sea mínimo— al agua potable, la energía y los mercados".
Lo peor es que en el futuro inmediato podrá contarse con las partidas económicas de las naciones más desarrolladas, pero falta en cambio contar con la eficiencia de la aplicación del plan, con la correcta administración de la ayuda por parte de los diferentes gobiernos y con la certeza de que la asistencia llega a sus destinatarios.
COMO dato curioso, "la ayuda externa de Estados Unidos sigue siendo la más baja del ‘mundo donante’ en términos de porcentaje de ingresos: equivale a una décima parte del uno por ciento de su PBI", a pesar de lo cual "las encuestas de opinión demuestran que los norteamericanos están convencidos de que su país aporta más ayuda a los países pobres de la que en realidad entrega", desencuentro agravado por el hecho de que "durante la Guerra Fría gran parte de esa ayuda externa fue a parar a manos de dictadores y regímenes de fuerza, buscando objetivos tácticos de política exterior, mientras era mínima la asistencia utilizada para combatir la pobreza, el hambre y la enfermedad".
Pero ahora las cosas son diferentes: el reciente Informe sobre Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, establece "cómo se podrán lograr los objetivos a través de inversiones específicas en salud, educación, agricultura, agua, servicios sanitarios y otras áreas urgentes". Cabría agregar: cada día más urgentes.
De Rocha a La Paloma
Decir que la situación que se vive en Rocha es difícil parece una perogrullada. En las calles de la ciudad los empleados municipales —los que mantienen sus cargos y los cesados por la imposibilidad manifiesta de la Intendencia de pagar sus estipendios— practican una agitada gimnasia gremial que consiste en ocupar los locales de la comuna sin reparar si con estas medidas se afecta la libertad de quienes están cumpliendo sus tareas y sin fijarse incluso si dentro de las sucesivas ocupaciones que han hecho, quedan literalmente presos de su actitud los directores municipales y el propio intendente, que en alguna ocasión se encontraban en sus despachos cuando se produjo la irrupción de los huelguistas, lo que convierte la ocupación en secuestro. Todo esto bajo la atenta mirada de la selecta delegación del Pit-Cnt llegada especialmente desde Montevideo para dirigir la estrategia —"la central obrera utiliza a Rocha como un campo de entrenamiento para luego aplicar estas tácticas a nivel nacional" denunció el intendente de Rocha— en tanto la Junta Departamental, exhibiendo una mezquina actitud política, cuestionó el instrumento de los cheques compensatorios ideado por Riet y sus asesores. Y mientras esto ocurre en la capital departamental, a unos escasos 28 quilómetros de la ciudad, en La Paloma, un conflicto gremial planteado por los pescadores amenaza con hacer cerrar una planta industrial que abría fuentes de trabajo para unas 600 personas. Sería bueno que los dirigentes montevideanos del Pit-Cnt se dieran una vueltita por el balneario y procurasen defender el derecho al trabajo de esos centenares de compatriotas.