La última presentación de la orquesta de Montevideo trajo el regreso de su director estable a la sala del Radisson luego de dos fechas de ausencia en las cuales el organismo sinfónico fue conducido por directores invitados.
El lleno fue total, y seguramente bastante debe haber influido en ello el recuerdo reciente de la brillante interpretación de la Quinta Sinfonía de Beethoven con que García Vigil se había "despedido" por un tiempo. Una recreación tan buena como para competir con versiones que han sido grabadas por reconocidas orquestas europeas.
Ahora bien, la primera parte de este nuevo concierto parece haber sido la mejor forma de borrar con el codo lo que tan bien se había realizado con la mano en aquella oportunidad. Afortunadamente la segunda parte (íntegramente dedicada a la Séptima) puso las cosas en el lugar del que no deberían haber salido, en honor al muy buen nivel que la Filarmónica ha ostentado en los últimos tiempos.
Porque dejando de lado la breve y correcta interpretación del Himno de Francia (recordando el 14 de Julio), tanto la pieza de Maurice Ravel (1875-1937) como el estreno de la obra de Claude Bolling (1930) conformaron, por diferentes aspectos, lo más pobre que este cronista le ha visto a la Filarmónica desde una olvidable actuación de 1996, cuando el gran Leo Brouwer la dirigiera para estrenar una pieza propia.
Por razones que ha optado por no explicitar, quien firma evitará hacer una crónica de la cadena de desaciertos que se sucedieron durante la ejecución de la complicada obra que Ravel escribió originalmente para violín y piano, por 1924.
Respecto al estreno sudamericano de Bolling, no convenció ni la calidad de la obra ni la perfomance del trío solista, que en puridad no está integrado por jazzistas, cosa que cualquier amante del género lo nota de inmediato. Es imposible no recordar la asociación Filarmónica-Zimbo Trío, que hace dos temporadas inauguró notablemente esta veta estética de la programación de la orquesta que bien podría catalogarse como "jazz sinfónico".
Por otra parte, como contrapartida del valor que significa incluir un estreno en un repertorio, cuenta el hecho de que en esta partitura de Bolling (se hicieron tres movimientos de siete) se acentúa demasiado el perfil "comercial" de este autor que construyó su fama fusionando música barroca y lenguaje jazzístico. Para estos tres movimientos de una obra inédita que originalmente tituló Suite para orquesta de cuerdas y trío de jazz Bolling utiliza los mismos procedimientos compositivos que su coterráneo Jacques Loussier (1934), aunque en este caso el uso meloso de las cuerdas hermana fatalmente a Bolling con Waldo de los Ríos.
Por suerte luego del intervalo llegó el momento de interpretar una obra mayor, un auténtico prodigio de la música de tradición escrita: la Séptima sinfonía del gran genio alemán. Ya en los primeros compases todo pareció acomodarse y a través de la ejecución muy segura y expresiva de una orquesta conducida con notoria vehemencia por García Vigil. Al fin se hizo la luz y la música se convirtió en un auténtico disfrute para los oídos.