El sol parecía salir de los árboles, de los edificios. Encandilaba el domingo de Buenos Aires, cuando en medio del bullicio de los autos y las ventanas embanderadas, en el andar ansioso hacia los estadios, se percibía el festejo que, al mismo tiempo, y por vez primera, se regalaban River y Boca. El campeonato y la Libertadores, tan mezclados en estas épocas de fútbol de supermercado, terminaron casi al mismo tiempo y los mutuos festejos rebotaron sobre los edificios diamantinos de la ciudad.
Fiestas de brillante colorido, con toda la cohetería imaginable, shows musicales y música estridente, todo lo que haga creer que el corazón celebra, simulacros de felicidad, y escaso fútbol. Como una metáfora, lo único que no tenía importancia era justamente el fútbol.
En el Monumental repleto, en una tarde amable, de familia, con los chicos sobre los hombros de los padres, River dio la vuelta olímpica y salió a jugar tan relajado que el desencanto progresó en las tribunas como las sombras inexorables que éstas proyectaban hacia la cancha. En cuanto al juego, un desperdicio la tarde, aunque nadie se animara al silbido recriminatorio. No había que empañar la fiesta, sencillamente porque tenía que ser más linda que la "otra" y ya sabemos cuánto afea la vida el reproche.
Así que River, en el marco desabrido ofrecido por quienes estaban muy disconformes pero impedidos de manifestarlo, fue devorando los minutos con su intrascendencia, y Racing, que no era más que un pretexto para la tarde, fue creciendo desde adentro de su propio asombro.
La única emoción para los ganadores del torneo fue la despedida de Astrada, su famoso Jefe de tantas jornadas más gloriosas que esa en la que decía adiós. Todo lo demás, y esto incluye el fútbol jugado, fue de la "Academia".
Racing ganó tres a uno y la diferencia aún pudo ser mayor. El desapasionado adversario fue a un cóctel y le daba una cierta pereza todo esfuerzo. Racing primero celebró encontrar al temido perro del barrio muy dormido. Y después le robó el hueso.
La gente se quedó para ver la fiesta que recién entonces habría de comenzar. Terminado el fútbol venía lo mejor... Los fuegos artificiales, las bengalas, el humo, los goles que Central le convertía a Boca allá en Rosario adonde los "xeneises" enviaron a los suplentes de la reserva, como para que quedara bien claro cuánto le importa el fútbol local.
Era un domingo para hacerlo grande, inolvidable. Pero de tanto poner cohetes en as bolsas, se olvidaron de la pelota, de los arcos, y del espíritu del juego.