El poder y la deshumanización

La cuarta pared —nosotros, los espectadores— completamos el cuadrilátero perfecto y aséptico de rejas (el escenógrafo es Alvaro Domínguez) apenas profanado por una parva utilería ligeramente tocada por un poco de polvo. Rejas que se duplican, se desdoblan, adquieren una presencia a veces protagónica, a veces fantasmal (la iluminadora es Verónica Loza) pero que cumplen su única función: la de encerrar a los cinco actores, doblemente encerrados por la caricatura expresionista, con reminiscencias de George Grosz (el vestuario y supongo que el violento maquillaje son de Pilar González).

También el espectador está encerrado. Estamos en la carpa de un circo de provincias, según el texto; la metáfora visual parece ser carcelaria, pero poco a poco vamos descubriendo que es algo más inhumano: la jaula de un laboratorio en que los seres vivos, sean hombres o ratas, o más bien hombres reducidos a su condición animal, corren y recorren buscando siempre escapar, pero no hacen más que toparse con las rejas. Los movimientos son recurrentes, obsesivos, siguen como por reflejos condicionados el trazado ortogonal del espacio. A veces los brazos señalan en perfecto ángulo recto lo que sería el "afuera", lo que presentimos como libertad (a la que nunca accederán); a veces los cuerpos corren desesperadamente todo el perímetro del cuadrilátero, siempre reconociendo el ángulo recto que los obliga a cambiar de dirección, describiendo la misma fuga imposible. Hasta los muebles son desplazados (taburetes, atriles, instrumentos, el piano) obedeciendo el mismo diagrama.

Las palabras también se repiten. Las más insistentes son estas tres: "Mañana en Ausburgo", donde va a tener lugar por fin (por supuesto que nunca) la interpretación de La trucha, el quinteto de Schubert que hace años están empeñados en tocar. Ausburgo es un heterónimo de Salzburgo, o también del infierno para Thomas Bernhard, el autor, que nunca perdonó la confinación que sufrió allí, adolescente, en un colegio regido por los nazis y después por los curas, asimilados para él en un solo rencor de opresión y humillación. También Carbaldi, el nombre del despótico dueño del circo, es un heterónimo, que evoca al mismo tiempo a los viejos mandones y ridículos de la "ópera buffa" (Bernhard era un fanático del género desde Pergolesi hasta Offenbach) y a los empresarios de circo, otra invitación a la caricatura.

La fuerza de la costumbre es una trágicocomedia en estado puro, esa contradicción. La esencia de un autor que fue al mismo tiempo un Savonarola y un Arlequín, un desesperado y un bromista. Al lado de Caribaldi (que Levón retrata, desde el comienzo, entre el insecto y el reptil, un bicho primigenio, hasta una ansiada vertical que se traicionará siempre, en espasmos, en crispaciones, en contorsiones: un virtuosismo del actor Levón que el director Levón aprovecha sin darle a aquél respiro), siempre queriendo huirle y siempre esclavizados, se dibujan los otros personajes, con el fuerte trazo grotesco, exterior y su sumisión indeclinable: el malabarista (Oscar Serra) que pretende enfrentarlo con su utópica ilusión de liberarse; la nieta (Claudia Rossi) casi una "ballerina" a control remoto, siempre pronta a una pirueta y otra pirueta, y otra y otra, o a un "pizzicatto" en la viola y otro y otro, y en el medio una caricia lasciva; el payaso (Calcagno) capaz de un solo truco que es al mismo tiempo una reverencia servil (aunque ni el maquillaje ni la disciplina del actor pueden deshumanizar el "pathos" de su máscara); el domador (Vorobiov), el insubordinado, el que ensucia el decoro y sabotea desde el piano, pero que termina sucumbiendo igual que los otros. Todos juntos rodeándolo en ese ensayo de la media hora final en que la coreografía se modifica y en vez de ser angular parece describir una espiral frenética, en que se funden los personajes y los instrumentos, embarcados en la desesperación, la impotencia, el vacío. El poder deshumaniza al precio de deshumanizarse a sí mismo. Notable. Una puesta restallante de ideas para una obra que elabora genialmente una idea fija.

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CRITICA I ANTONIO LARRETA

LA FUERZA DE LA COSTUMBRE

Director. Levón

Autor. Thomas Bernhard.

Elenco. Comedia Nacional

l Lugar. Sala Verdi

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