Canelones | E. Barreneche
La Dirección de Investigaciones de la Jefatura de Policía de Canelones aclaró ayer el crimen del comerciante Javier Calero Remedios (32), quien fue ultimado de un disparo en la noche del sábado 28, durante un intento de rapiña.
El homicidio causó consternación en el centro de Canelones. Se trata de una zona poblada por familias que hace largo tiempo se afincaron en el lugar donde, generalmente, no ocurren hechos de sangre.
Funcionarios de la Seccional No. 1 de la Dirección de Seguridad y del Departamento de Hurtos y Rapiñas de la Dirección de Investigaciones comenzaron a investigar el paradero de un sujeto que había sido visto por testigos huyendo del lugar con un arma en la mano.
Tras el alerta realizado por el "911", un móvil de la Guardia de Granaderos detectó a una persona que efectuaba una maniobra de evasión. El patrullero inició la persecución y el individuo abandonó la bicicleta, huyendo entre los rancheríos ubicados al costado de la Ruta 5.
La Policía procuró ubicar al propietario de este rodado y también chequeó las conexiones que tenía el empresario fallecido con sus proveedores. A partir de esas actuaciones, surgieron pistas firmes que indicaban la participación activa en el crimen de una persona de 26 años, poseedor de antecedentes penales por hurtos, rapiña y lesiones.
Este sujeto confesó el asesinato cuando fue interrogado en la Dirección de Investigaciones de Canelones. Tras brindar detalles del mismo, relató la ubicación del arma utilizada en el asesinato de Calero, la que se encontraba oculta en un predio baldío.
V.A.T.M., el homicida, declaró a la Policía que no había tenido intenciones de matar al empresario e indicó que el insuceso ocurrió porque se le escapó un disparo.
EL CRIMEN. Calero se encontraba en su vivienda a las 23 horas del sábado pasado.
Horas antes, su madre, Lidelma Remedios, una ama de casa de 61 años, le había dicho que temía dejar la casa sola, ya que pensaba concurrir a un cumpleaños de su nieto.
"Andá tranquila. Yo vengo a cuidar la casa", le dijo su hijo Javier. Esas fueron las últimas palabras que su madre intercambió con su hijo. Cuando regresó del cumpleaños, se encontró con que Javier había muerto y su casa estaba llena de policías.
Tanto la Policía como la Justicia pudieron reconstruir los hechos, tras la confesión del homicida. El delincuente traspasó el portón de rejas exterior y tocó timbre. La casa de Calero también tiene rejas en las puertas que dan a un pequeño patio y en las ventanas.
El empresario no abrió la puerta. El homicida disparó entre las rejas de este portón. La bala rompió el segunda vidrio de la puerta e impactó en el cuello del comerciante, provocando su deceso.
"A mi hijo lo mataron como un perro. No le pudieron robar nada. Como reconoció al ladrón, éste le tiró a matar", dijo la madre del empresario.
Durante el día, Calero levantaba pedidos para una casa mayorista. Mientras que de noche trabajaba en su reparto de cigarrillos que realizaba en pequeños bares y almacenes.
"El reparto lo mató. Mucha gente pensaba que él era rico porque manejaba mucho dinero con el cigarrillo. Pero pocos saben que ese producto deja muy poca ganancia", explicó Lidelma Remedios.
Guillermo Rubbo (35), técnico de lechería, fue uno de los que se acercaron a la casa del comerciante, tras escuchar el disparo.
"Al matador hay que colgarlo. Lo mató a sangre fría", dijo Rubbo.
Luego del estampido provocado por el disparo, los vecinos se reunieron para detectar su origen. Al observar que nadie salía de la casa de Calero, intuyeron que el problema se había suscitado allí. Un vecino se trepó a los techos y, desde una ventana, vio el cuerpo del empresario caído en un charco de sangre.
A pocas cuadras de allí, el homicida circuló por varios boliches de las afueras de Canelones, procurando construir una coartada. Pero no tuvo éxito.