Un periodista norteamericano comentó cierta vez que Spencer Tracy siempre interpretaba a personajes que se parecían a Spencer Tracy. Enterado de la objeción, Tracy contestó: "¿Qué debo hacer? ¿Interpretar a Humphrey Bogart?". Pero el dato era cierto, porque Tracy perteneció a la categoría de estables en cierto personaje, como también lo fueran Gary Cooper, John Wayne o Cary Grant en el pasado, o Stallone y Schwarzenegger en épocas más recientes. En el otro extremo están los actores empeñados en la variedad, con mejores ejemplos en Alec Guinness, Laurence Olivier o Daniel Day-Lewis, sin olvidar que Dustin Hoffman se disfrazó de mujer (Tootsie) y obtuvo un Oscar por un enfermo autista (The Rain Man)
Las actrices no han mostrado una variedad similar. Igual que en el caso de Spencer Tracy, los papeles de las grandes divas como Greta Garbo, Katharine Hepburn, Norma Shearer, Joan Crawford, Bette Davis o Rita Hayworth han seguido con pocas excepciones cierto molde que definió su personalidad pública. Cabe acotar que esa continuidad fue necesaria en el sistema de estrellas del cual dependió Hollywood durante décadas. Quedaba impuesta por las empresas y sus contratos de siete años. Y eso después generó conflictos y cambios, como los que atravesaron Greta Garbo en la Metro o Bette Davis y Olivia de Havilland en la Warner. Las tres se habían quejado de papeles menores y de la tipificación.
En el cine inglés, en cambio, Vanessa Redgrave pudo elegir y aun crear sus papeles. Eso derivó ante todo de su actitud desconforme con las costumbres conservadoras y hasta hipócritas que marcaba en la sociedad británica. Lo dijo muy claramente en 1991, en un acto de homenaje a su ex marido Tony Richardson y a su crítica versión de La carga de la brigada ligera. Pero ideas similares surgen de haber interpretado a una lider feminista en Oh, What a Lovely War (1969), a otra en The Bostonians (1984), intercaladas con la Nina de Chejov en La gaviota (1969), la histérica madre superiora del convento en Los demonios (1971) o su posterior María Estuardo (1972). Entre las creaciones singulares de Vanessa figura su Isadora Duncan (1968), con su anárquica alegría para vivir y bailar. Después fue asombroso verla convertida en hombre para Second Serve (1986), si bien se trataba de un hombre reconocidamente homosexual. Era la biografía de Bill Tilden (1893-1953), múltiple campeón de tennis, que tuvo sus problemas. Esa película sólo apareció en televisión, como varias otras de la actriz.
Con cuatro décadas de carrera y un centenar de interpretaciones en cine y televisión, Vanessa obtuvo seis candidaturas de la Academia y un Oscar (por Julia, 1977). Al recibir ese Oscar, pronunció en la ceremonia un discurso político, defendiendo la causa antinazi de su papel y elogiando al pueblo judío sacrificado en la guerra, pero al mismo tiempo Vanessa apoyaba la causa palestina contra Israel y objetaba a los violentos sionistas. Ese discurso de 1978 la sumergió en la polémica y la actriz quedó rotulada (con error) de antisemita.
El caso hizo explosión en 1980. La pianista y cantante judía Fania Fenelon (1909-1983) había narrado en su autobiografía cómo fue recluida en Auschwitz durante la guerra, cómo sobrevivió en la prisión al integrar una orquesta interna y cuáles fueron sus cargos de conciencia por esa moderada forma de colaboración con el enemigo. Su libro Playing for Time fue comprado por la CBS-TV de New York y filmado sobre un excelente libreto de Arthur Miller. La elección de Vanessa para interpretar a Fania despertó tremendas objeciones de representantes judíos en Estados Unidos, incluyendo las protestas de la propia Fania. Muchos objetores narraron el caso como el disparate de dar a una antisemita el papel de una heroína judía. En América Latina, la película se dio después en televisión, con el título Compás de espera. Permitió saber que la interpretación de Vanessa era notable y que ella y el equipo merecieron sus cuatro premios Emmy, que alcanzaron también a Jane Alexander, directora de la orquesta en la prisión. También permitió saber que Playing for Time formulaba un ruego por la tolerancia, que era justamente lo que faltaba a los atacantes sionistas del caso. Pero es difícil discutir con fanáticos de cualquier bandera.