Veinte años tenía Mike Tyson en 1986, cuando con un par de bifes bien pegados mandó a Trevor Berbick a dormir a la lona, en el ring de Las Vegas donde estaba en disputa el título de campeón mundial de todos los pesos. Ese fue el principio de una carrera en que el moreno estadounidense bajaba rivales con tremenda facilidad, mientras alimentaba a la información con frecuentes escándalos fuera del gimnasio. Los críticos —en gran mayoría— coincidían en que estaba muy lejos de ser un púgil académico; y que el título lo había logrado —y posiblemente lo mantendría por largo tiempo— merced a la solidez de su físico y la fuerza de sus puños, con los que desencuadernaba mandíbulas acumulando knock-outs. Lo malo era que Tyson no golpeaba sólo en el cuadrilátero: participaba muy a menudo de reyertas en lugares nocturnos y aun en la vía pública, donde desparramaba dientes ajenos y caballetes nasales de sus víctimas. Tenía, además, una virtud agregada: era agresor de indefensas mujeres y contumaz violador, con lo cual supo ganarse el odio de las yanquis que veían en él a un feroz sujeto. Algunas licencias por cárcel lo alejaron de la actividad: pero, cuando cumplida más o menos la mitad de una condena de seis años volvió a las andadas, aquel sentimiento se acentuó y le fue recortando las no muchas simpatías que le habían quedado.
Ahora, en su propia patria, numerosos compatriotas tratan de imitarlo; y lo curioso del caso es que quienes aspiran a emularlo son... ¡mujeres! Un estudio recientemente publicado en "USA Today", revela que en los últimos años aumentó considerablemente el número de esposas que le dan a sus maridos —en el marco de la armonía familiar a la que son tan afectos los norteamericanos— soberanas palizas "con los puños cerrados". La revelación agrega que estas demostraciones del sexo débil se producen mayoritariamente entre matrimonios jóvenes, y que un tercio de las damas son capaces de levantarles las manos (y bajárselas como si fueran a cerrar una persiana) a sus esposos. En tanto sólo un cuarto de éstos descargan sus "uppercuts" y ganchos sobre su pareja. Este expresivo progreso de la habilidad femenina para aporrear a quienes les juraron amor eterno, puede ambientar situaciones tan conmovedoras como éstas:
—Mother... (habla telefónicamente Richard, con un ojo en compota) Im going back home.
—Why is that, Richard?...
—Catherine me pegó...
—Where?
—Aquí, en casa...
—¿En qué parte te pegó, tarado?
—Ah!... In my eyes...
—And you qué hiciste?
—Me puse salmuera...
—Por qué no le devolviste los golpes, my stupid boy?
—Le tengo miedo, mother...
—¿Miedo?...¿Pero quién se cree que es esa crazy? ¿Tyson?
—Es que pega como Tyson, ma... Y temo que me dé un mordisco y me arranque un pedazo de oreja, como hizo Tyson con Holyfield... (Lloroso) Mirá si no puedo ponerme la caravanita.