SILVIA PEREZ
Aunque nació en Montevideo, Martín Ligüera vivió la niñez y la adolescencia en Florida, el pago de sus padres. Cuando el futbolista vino al mundo, sus padres, Ricardo y Graciela, estaban trabajando en la capital, como carpinetro y repostera, respectivamente. Pero dos años después emprendieron la vuelta al pueblo. Martín se crió en el barrio Los Alamos, pegado a la cancha de Candil, equipo del que se declara hincha. Luego nacieron sus hermanos, Diego, que hoy tiene 15 años y juega de número 10 en las inferiores de Wanderers y Sebastián de 13, que juega en Candil de número 5. "Allá en Florida ya están diciendo que juegan más que yo, pero todavía son muy chicos. Aunque hay que reconocer que ya se les notan condiciones".
ABANDERADO. Ligüera pasó la niñez en la cancha de Candil, donde se armaban grandes partidos, aunque siempre tuvo muy buenas notas en la escuela: "iba a la N? 116, de mañana, pero a las 12 y 30 ya estaba en la cancha. Eramos 15 jugando todos los días, eran esos partidos canilla con canilla. Yo tenía 8 o 10 años, y jugaba con algunos, que tenían hasta 18. Jugaba hasta que mi abuela Esther me llamaba a tomar la leche y luego seguíamos hasta que ya no había luz. El que hacía el último gol se iba dando la vuelta. ¡Qué dasastre, pensar que eso ahora ya no se ve, y eso que han pasado sólo 8 años! Al otro día era lo mismo, comenzaba a jugar a mediodía. No estudiaba casi nada, pero siempre fui muy buen alumno. Pasé todos los años con S, tengo los carnés guardados y en Sexto fui escolta de la bandera uruguaya. Siempre andaba con Martín López, mi mejor amigo y compinche. Hicimos toda la escuela juntos, él era más careta, yo en cambio, era zorrito. El que figuraba era él, y yo acompañaba".
Aunque se crió jugando en la cancha de Candil, cuando comenzó en el baby fútbol, a los 5 años, tuvo que ir a Quilmes, porque en ese momento, Candil no tenía fútbol infantil. Jugó en Quilmes hasta que pasó a la Novena División de Nacional. Tenía 12 años y lo recomendó Tarech, un técnico de Florida. Vino a probarse y quedó: "al principio tenía miedo. Era el cambio a la cancha grande y al offside. Mi padre me decía que no me preocupara que me iba a acostumbrar. Tenía miedo por eso y por el hecho de ir a Nacional, aunque fuera a inferiores. Por suerte me fue bien, a la semana me ficharon y viajé a jugar un campeonato en Mendoza". Estuvo 3 o 4 partidos en Novena, donde el técnico era Carol Nistoff, y lo subieron a Octava. Arregló para entrenar dos veces por semana, los miércoles y viernes y los domingos viajaba para jugar.
MILANESAS. Al principio lo acompañaba su padre, pero a los 15 días comenzó a viajar sólo. Salía del liceo, pasaba por su casa a almorzar y se tomaba el ómnibus. Algunos días salía más tarde y se iba comiendo unas milanesas al pan en el camino. "Viajaba en Bruno Hermanos Turismar, donde un dirigente de Nacional me había conseguido pase libre. El guarda y el choffer eran muy buenos conmigo y eso que para ellos era una responsabilidad. Me acuerdo que una vez perdí la plata que llevaba, o al menos no la encontraba en el bolso. Era para tomarme el ómnibus desde la terminal hasta el Parque Central, para la vuelta y una lata de refreso que me iba tomando cuando volvía. No sabía qué hacer y al final le pedí al guarda. Robert, así se llamaba, me prestó los 10 $ que necesitaba. En los primeros tiempos, tenía tanto miedo de llegar tarde a la terminal y perderme el ómnibus de vuelta para Florida, que terminaba la práctica y ni me bañaba, aunque después estaba una hora y media esperando en la terminal. Con el tiempo me fui acostumbrando ¡y me bañaba y todo! Llegaba a Florida a las 20 y 30 horas y cuando tenía algún escrito estudiaba en el viaje. El ómnibus no entraba a la ciudad, pero mi madre o mi tío me iban a esperar a la ruta". Estuvo viajando dos años, y luego su familia se mudó nuevamente para Montevideo. Vivieron en la capital unos seis años y después se volvieron a ir para Florida: "es según como vaya el país, y el trabajo que tengan".
VERGENZA. Cuando estaba en Quinta División fue ascendido a Primera por el técnico Miguel Puppo. Debutó a los 16 años en un clásico en el Estadio: "entré faltando 20 minutos y empatamos 2 a 2. Salvo por ese debut, subir no me sirvió para nada. Después que se fue Puppo empecé a deambular por diferentes categorías. Estuve un año y medio en Tercera, jugué en Cuarta y en Quinta. Cuando me subieron a Primera pensé que ya había llegado y hasta dejé de estudiar. Cuando quise acordar estaba en cero de nuevo y muy desmotivado. Ahora, sé que me equivoqué al dejar de estudiar. Hoy me da vergüenza decir que hice hasta Cuarto y no lo pasé".
Siguió en las inferiores hasta el 2000. Entrenaba pero no tenía objetivos. Sentía que no era nada y lo único que lo motivaba era la selección. Estuvo en la Sub 17 y en la Sub 20 que jugó el Mundial de Nigeria. Cuando le dijeron que lo iban a ceder a préstamo, se alegró: "yo quería jugar en Primera, no podía estar más en Tercera. Sentía que se me iban los años, por suerte Cerro me abrió las puertas y el "Culaca" (Jorge González) me apoyó mucho. Su idea futbolística es muy buena y la gente de Cerro se portó bárbaro conmigo. Tuve un año muy bueno y me consolidé. Yo sabía que en Primera iba a andar bien, pero en Nacional no me dieron esa posibilidad. No tuve el respaldo que hay que darle a un chiquilín de 16 años. No me esperaron".
En el 2001 pasó a Defensor Sporting. Estaba seguro que ese sería su año. Sin embargo, las cosas no resultaron como esperaba. "Empecé bien, jugando la Copa Libertadores, pero en la segunda mitad del año perdí la confianza porque no era titular. Antes era de desmotivarme con facilidad. Cuando me sacaron del equipo pensé que era injusto, que no tenía que salir, pero después no llegué al nivel que había mostrado en la primera parte donde hice 14 goles, 3 en la Libertadores y 11 en el torneo local. Fui el goleador después de Eliomar".
LA MAQUINA. Luego de esos dos años a préstamo, quedó libre y llegó a Fénix. Se reencontró con Juan Ramón Carrasco y todo cambió: "ahí empezó lo de la máquina. (Se rie). Pensar que en la última fecha del año anterior estaba en el banco de Defensor Sporting y pensaba que iba a tener un año complicado, y fue todo lo contrario. ¡Por suerte me tocó Fénix! No tengo palabras para agradecerle a la gente por la forma en que se ha portado conmigo. Hoy por hoy, no andamos bien y siguen respaldándonos. Además, ganamos la Liguilla y para mí que no tenía títulos fue muy importante". El volante reconoce que su relación con Carrasco es especial y que el técnico ha sido fundamental para él: "nos entendemos muy bien. El sabe lo que me pasa, lo que quiero y lo que siento y yo interpreto lo que quiere de mí. Fue algo que se dio de primera. El año pasado con Fénix fue redondo, Juan me dio la confianza que necesitaba. Saber que uno va a jugar los 90 minutos todos los partidos, es impagable. El no es de hablar mucho y yo tampoco, pero nos entendemos muy bien. Me encanta su idea táctica y la forma que tiene de hacer jugar al equipo. Y lo mejor que tiene es su frontalidad. Jamás te va a mentir. Yo creo que hay que pensar como Carrasco. La gente se sorprende cuando él dice que su prioridad con la selección es llegar a la final del Campeonato del Mundo, pero hay que trabajar con esa mentalidad, después se verá. Cuando llegó a Fénix dijo que iba a ser el equipo más goleador y lo fue".
Tiene poco más de 20 años, pero con las idas idas y venidas que ha tenido su carrera, Martín siente que está preparado, no sólo para brindarle cosas importantes a la selección, sino para pegar el salto hacia el exterior. De hecho, hace tiempo que se habla de su pase a México: "ya quemé todas las etapas, capaz que por la edad en que comencé y por lo que viví. Me siento preparado para dar ese paso, con la edad justa y el fogueo necesario. Me pasaron cosas buenas y de las otros, pero nunca me quedé, siempre levanté cabeza".
Entre el fútbol y el handball, el amor llegó por la celeste
Aunque tiene sólo 22 años, Ligüera es muy maduro y tiene las cosas muy claras: "de chico mi familia me inculcó cosas buenas y hoy por hoy estoy rodeado de gente que es muy importante para mí, como la familia de Lucía". Se refiere a su novia, a quien conoció cuando ambos viajaban a Perú, para unos Juegos Estudiantiles. Los dos iban a representar a Uruguay, Lucía en handball y Martín en fútbol: "ella tenía 15 años y yo 16. Después de un año y medio de idas y vueltas nos ennoviamos. Hace 7 años que la conozco y 4 y medio que somos novios". De hecho, actualmente, Martín pasa todo el día en casa de Lucía, y sólo vuelve a la suya para dormir. Es consciente del apoyo de los padres de su novia, José María y Beatriz, como también del de sus hermanos Ignacio y María José, alias "Pepa": "desde que mis padres se volvieron para afuera, son ellos los que me levantan el ánimo después de los partidos, o me lo bajan cuando es necesario". Lucía estudia Economía y la idea es que al principio, cuando Martín se vaya al exterior lo haga solo: "generalmente las mujeres de los jugadores se van con ellos y dejan por el camino sus cosas. Yo no estoy de acuerdo con eso. Cada uno tiene objetivos en su vida y no es justo que ella tenga que dejar los suyos para que yo cumpla los míos".