Islam, Dios y César

Siendo la Iglesia Católica una institución que lleva ya más de dos mil años, no sorprende tenga historia agitada y que en su seno tuvo y tenga las alternativas más diversas.

Nosotros la conocimos en la primera niñez, cuando el sexo de los ángeles, la torva nariz y cornada testa del demonio, la Eternidad como refugio final del alma —sea en el Cielo o el Infierno— y la estancia de tiempo compartido en el Limbo así como el misterio de la Santísima Trinidad y la virginidad de María, desempeñaban espacio fundamental. Que alejaba al pensamiento y la imaginación, de las prosaicas realidades cotidianas.

Después de los primeros aprendizajes —el Catecismo retenido de memoria iniciado con la pregunta "¿Sois cristiano?", a la que seguía mecánica respuesta: "Sí, lo soy por la gracia de Dios"— y una sucesión de innumerables propuestas más, se llegaba a una cierta sensación de que existía un orden. Que se expresaba con la solemnidad de la misa dicha en latín, en medio de los sones de la mejor música clásica habitualmente regalados por un potente órgano.

En eso estábamos hasta que llegó el Concilio Vaticano II, sobre el que uno ha escuchado sumatoria de encontradas opiniones por años y años, hasta que se ha llegado a un punto, el actual, en el que nadie lo menciona más. En nombre de este evento, se cambió la liturgia, la misa pasó a decirse con el cura de frente y en la lengua del respectivo país y las certidumbres temblaron. Al amparo de la cruz se llegó al extremo de idear cruentas revoluciones y actos de terrorismo, así como al de amparar a su sombra terribles acciones represivas. El mensaje del amor y la solidaridad había cedido paso a otro de incierto propósito temporal.

La designación de Juan Pablo II como Papa, es difícil de medir y comentar con la cercanía que dan los hechos históricos. Sobre lo que no cabe duda es que su magistratura ha contribuido a cambios sustanciales en la Iglesia y en el mundo.

Siendo un Papa polaco, que provenía de una nación de arraigada tradición católica, a la que años de dictadura comunista no pudieron apagar, dedicó el comienzo de su papado en buena medida, a contribuir a la liberación de Polonia del yugo totalitario. No fue una contribución declamatoria, sino que fue una ayuda directa y efectiva, que contó no sólo con su expreso e intencionado peregrinar a dicho país, sino que se tradujo en actos positivos que —entre otras cosas— apuntalaron al combatiente y triunfante sindicato Solidaridad, todo lo cual empujó definitivamente al vacío a un régimen pro-soviético que carecía de destino.

Las iglesias de la Polonia católica abigarradas de gente y los sacerdotes, algunos de final mártir, se convirtieron en la bandera de la libertad y para los creyentes más fervientes el nuevo tiempo se traduciría en la concreción de un ejemplo de sociedad construida sobre los cimientos del catolicismo más ortodoxo.

Hoy, varios años después de los hechos mencionados, cuando Walesa, el prohombre de Solidaridad pasó incluso por el gobierno nacional de Polonia, terminando sin éxito su gestión, aquellos tiempos de fácil credibilidad son cosa del pasado y —relatan testimonios creíbles— la Iglesia ha perdido su convocatoria de las horas de la resistencia evocadas.

La mención de estos hechos nos viene a colación, cuando las noticias expresan hoy que en Irán, gobernado por sacerdotes del Islam que sucedieron al Sha de Persia en la administración del país, en el que las multitudes se agitaban al unísono convencidas de las bondades del gobierno ejercido por sacerdotes de la religión que integra su tradición y a la que sentían ultrajada, los jóvenes piden libertad y las mujeres revelan su disconformidad con costumbres que les son impuestas y pertenecen al medioevo.

Sabio aquello de: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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