Durante 18 meses el cineasta uruguayo Mario Handler cargó una cámara al hombro, recorrió las casas más pobres de los barrios más pobres de un Montevideo pobre y filmó cuadros humanos que pudieron haber sido patéticos o humorísticos, tristes o alegres. Pero al final no lo son, porque se acumulan mayormente como fotografías pasivas, acumuladas sin orden ni desarrollo. Los adolescentes y mayores de ambos sexos hablan, comen, bailan, cantan, fuman, juegan a la pelota en el campito o empujan una carretilla. Algunas fáciles leyendas intercaladas por Handler agregan nombres propios, dicen que esta mujer es una madre soltera, explican una imagen como una visita a la cárcel, mencionan que el hermano mayor está allí enfermo de SIDA y así después se muestra la breve escena del cementerio. Sin trasmitir más idea que retratar la pobreza, sin dotarla de emoción ni de poesía, Aparte no avanza más allá del cuadro de indolencia juvenil montevideana que otros retrataron en 25 Watts.
Pese a sus cuarenta años de cine, Handler se aferra aquí tercamente a la idea de trasmitir una realidad mediante la acumulación de sus fotografías. Eso le hubiera rendido solamente con un enorme volumen de fotos y con una idea para armarlas, como se lo puede ver en documentales de TV Cable que hoy abundan, que lucen un esmerado montaje y que sin embargo no se privan de alguna explicación verbal. La variante de Handler pudo haber sido enfocar la pobreza y describirla con algo de argumento, como se lo pudo ver en Ladrones de bicicletas (de Sica), Los olvidados (Buñuel), Como caídos del cielo (Ken Loach) o las excelentes Historias mínimas del argentino Carlos Sorín. Pero Handler nunca fue un dramaturgo. Cuando deja hablar a sus personajes, las frases cotidianas suenan apenas a murmullo entre dientes. Y como sólo se entiende el diez por ciento de las palabras, tampoco sirve la secuencia final de dos hermosas mulatas que se leen cartas de amor o monologan mirando el techo. Esa secuencia está precedida por la leyenda "en casa de Handler...", no se entiende por qué. Con las mejores intenciones, porque es obvio que la pobreza no le gusta y que el film quiere sacudir al mundo burgués, el realizador equivoca el procedimiento y no conmueve a la platea. Pero la discusión actual es otra.
"Evalúan denuncia judicial contra documental APARTE, dice un título periodístico (en El Observador, junio 17). Y al día siguiente anuncia una posible intervención de la Cámara de Diputados, nada menos. En diversos recortes de prensa se acumulan objeciones a Handler, porque habría pagado dinero a dos adolescentes para que se hagan pequeños cortes en el brazo ante la cámara. Con ese dinero los jóvenes habrían comprado marihuana, cocaína o hasta tabaco, extremo que no se sabe y con el que Handler niega toda vinculación. Entre frases atribuidas a la diputada Glenda Rondán y a diversas autoridades de instituciones de protección al menor aparece en los diarios el dato de que a Handler se le prohibió después la entrada a la Colonia Berro, porque habría dado dinero para poder filmar esa escena de los cortes, que no tiene ni treinta segundos ni mucha importancia. Más grave sería sin embargo que la escena no respondiera a ninguna realidad, como lo sugiere un director del INTERJ (Instituto Técnico de Recuperación Juvenil), al señalar que no existen registros en sus servicios sobre tales cortes auto-inferidos. Ahí el señor director se equivoca. No tiene registros, pero la práctica de los cortes es cierta y procura un mejor tratamiento del masoquista en la enfermería del reformatorio. No es una práctica inventada ahora por Handler ni por los adolescentes, que en ese mismo momento muestran muchos cortes previos ante la cámara. La escena es la reconstrucción de una realidad frecuente. Si la anunciada denuncia judicial es formulada por abogados audaces, su futuro probable es el archivo.
También es aventurada la tesis de la colega María Urruzola, en su revista Riesgopaís. Comienza por la postura filosófica de que el fin no justifica los medios (ya lo sostenía Aldous Huxley) sospechando que Handler armó a los adolescentes con cigarrillos y dinero, a lo que agrega que los adolescentes están "actuando" y no "viviendo" la presunta realidad de su pobreza. Le parece poco ético que los marginales actúen de sí mismos y que cobren por hacerlo. Su opinión es compartida por la Sra. Fernanda Ventós, del proyecto social Camoatí, quien objeta que Handler quiera denunciar una realidad cuando para ello tiene que reproducirla "sin ningún tipo de cuestionamiento ético y en total provecho propio". A esa postura se adhiere Sergio Miglioratta del INTERJ, aduciendo que Handler no está reproduciendo una realidad sino creándola. Otros opinantes objetan la explotación de los adolescentes, su derecho "a la imagen y la privacidad", y también apuntan la escasa remuneración pagada por Handler.
Pero la historia del cine no está de acuerdo con tan distinguidos opinantes. Allá por 1920, cuando Robert Flaherty filmaba la vida polar en Nanook of the North, debió documentar que el esquimal, para pescar en invierno, debía hacer un agujero en el hielo, introducir hilo y anzuelo, esperar que el pez muerda. Pero Flaherty no podía esperar al pez. Ató un pez muerto al hilo y lo filmó cuando subía por el agujero. El punto está en las historias del cine documental, uno de cuyos padres venerados fue Robert Flaherty. No recibió protestas por el episodio, quizás porque no existía en 1920 una Sociedad de Peces Susceptibles ni una periodista combativa que le objetara "crear" una realidad, cuando en verdad la estaba recreando, tal como Handler quiso recrear la penosa costumbre de hacerse tajos en los brazos. En 1955 Frank Sinatra se inyectaba heroína en El hombre del brazo de oro, probablemente la primera película de Hollywood que trató la drogadicción. Le pagaron por hacerlo, así que no protestó por el derecho a su imagen y a su privacidad. En el medio siglo inmediato, docenas de actores a sueldo se dieron pinchazos de heroína frente a una cámara, hasta episodios de Los Sopranos de reciente exhibición en TV. Y en 1961 el director David Lean y el productor Sam Spiegel pagaron monedas a miles de campesinos musulmanes y españoles para cabalgar como extras en Lawrence de Arabia. Aunque se han escrito muchas páginas sobre esa filmación, no hay registro de jeques árabes que hayan objetado el pago escaso. El tema se puede extender a cientos de películas de acción con miles de extras. Cuarenta años después, Handler recordó que "con gente que pasa hambre no se puede no pagar nada para filmarles la vida".
Todo indica que los objetores a Handler pretendían que Aparte fuera filmada como un noticiario, recogiendo la realidad, como se lo hace cuando una cámara enfoca el arco de fútbol y espera filmar los goles. En el documental muchas cosas se pueden recoger con paciencia, esperando por ejemplo que la serpiente empiece a comerse el conejito. Pero si el documental quiere recoger conductas humanas, numerosas escenas sólo se podrán hacer con el acuerdo de los interesados, que a veces piden dinero. Lo sabe el colega Guillermo Zapiola (también en revista Riesgopais) al recordar que todo arte es una manipulación y que lo filmado no es necesariamente la realidad sino "un punto de vista documentado". Y lo sabe María Urruzola, al escribir que la cercanía del grabador o de la cámara retoca la naturalidad de lo que se quiso grabar. Pero está indignada de que así sea, porque su corazón se le rebela ante el presunto manoseo empresario de gente débil. No está de acuerdo con la recreación, pero tampoco está de acuerdo con que los marginales se representen a sí mismos. Sería difícil contratarla como jefa de producción. Al objetar que la película incluya la recreación (y no la creación) de escenas, los opinantes están cancelando de un plumazo buena parte de la escuela documental británica y otra buena parte del neorrealismo italiano, del cine brasileño y del moderno cine de Irán. Exageran.
El caso obliga a recordar que el cine se hace con acuerdos previos, con tratos a veces sórdidos, con trucos visuales y sonoros, con mujeres que fingen ser prostitutas, con aparentes violinistas que no saben tocar el violín, con decorados de cartón, con hombres que fingen matar a otros hombres que a su vez se fingen muertos. Las mejores películas dramáticas, como las mejores novelas, elaboran una ficción y con ella dicen realidades sobre el ser humano. Así que Handler puede vivir tranquilo ante las objeciones éticas a su imperfecta película. Puede recordar la observación de su eminente colega Ingmar Bergman: "El arte es una mentira que ayuda a comprender una verdad".