Pesadillas cotidianas

Se cumplen 120 años del nacimiento de Franz Kafka, el escritor que se volvió universal con sus pesadillas sobre lo cotidiano. Vino al mundo el 3 de julio de 1883, en Praga. Fue un chico solitario, agazapado y abatido por su propio desconsuelo. Tempranamente doctorado, comenzó a trabajar en una compañía de seguros. Entonces se enamoró por primera vez. No sabemos si conoció el amor o la palabra amor, o si quiso a una mujer en las sucesivas mujeres que conoció: Felice Bauer, Dora Dymant y Milena. Lo cierto es que, cuando leemos lo que ocurrió entre él y sus mujeres, sentimos una instantánea compasión solidaria, por él y por ellas.

Quiso vivir de sus libros; pero no pudo hacerlo. Sus primeros volúmenes no suscitaron interés alguno. Sólo después de su muerte se tomó conciencia del valor de su obra, que se fue conociendo en libro póstumamente. Y así, Kafka terminó convirtiéndose en un escritor canónico de el siglo pasado, dejando huellas imborrables en sus lectores y directa influencia en grandes creadores de nuestro siglo como Borges, Elías Canetti, Junger y Julien Gracq.

En 1908, invitado por su amigo Max Brod, comenzó a frecuentar las veladas literarias que se realizaban en casa del escritor Oskar Baum. Kafka conocía la obra de Max Brod, pero éste ignoraba la vocación literaria de su joven amigo. Se habían conocido en 1902.

La primera publicación de Kafka, en 1908, fue "Meditaciones"; apareció en el primer cuaderno de "Hyperion", revista literaria bimestral de Munich. La tirada fue de 950 ejemplares; el trabajo de Kafka no tuvo resonancia.

Sus ediciones posteriores tampoco tocaron los aspectos fundamentales de su quehacer literario, al punto de que quedaron inéditas sus obras maestras: "América", "El Proceso" y "El castillo". Cabe preguntarse si ello se debió al gusto del público de la época, al escaso apoyo editorial o si fueron las propias limitaciones de Kafka para darse a conocer las que determinaron su carácter de escritor casi secreto.

Como se sabe, moribundo, Kafka pidió a Max Brod que destruyera sus manuscritos. Pero desoyendo esa petición expresa, su amigo y albacea no entregó a la desmemoria del fuego aquellas páginas. Gracias a su desobediencia conocemos las fantasías más singulares de nuestro siglo.

Esta petición repite un hecho similar, el de Virgilio, quien sintiendo próxima su muerte, encomendó a sus amigos la destrucción de la inconclusa "Eneida"; tampoco le escucharon. En uno y otro caso, decía Borges que lo que se hizo fue acatar la voluntad secreta de los muertos: delegar a otros una responsabilidad, no una orden. Si hubieran querido destruir sus obras (sostenía Borges) ellos mismos lo hubieran hecho.

Hoy, Franz Kafka parece, más que nunca, uno de los escritores centrales del pasado siglo, terrible en la historia de los hombres. Según afirma Harold Bloom: "los mejores fragmentos de Kafka —relatos, parábolas, aforismos— superan a Proust y a Joyce a la hora de armarnos de una espiritualidad que de ninguna manera depende de la fe o de la ideología".

Los cuentos de Kafka pueden calificarse de perfectos; sus novelas, donde la irrealidad lo invade todo, ejemplifican la escisión entre el ser y la conciencia de manera única.

"Podemos leer a Kafka —decía Borges— y pensar que sus fábulas son antiguas como la historia, que esos sueños fueron soñados por hombres de otras épocas, sin necesidad de vincularlos a Alemania o a Arabia".

Murió el 3 de junio de 1924 y dejó una literatura única, habitada por los personajes más fantásticos que haya producido la imaginación.

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