Sin entenderlo

Enrique Beltrán

La asunción del nuevo presidente argentino, Néstor Kirchner, después de los vendavales que tiempo atrás sacudieron, además de su economía, al régimen institucional de aquel país, consolidó el regreso a la normalidad democrática, que fue un difícil y exitoso logro del ex presidente Duhalde.

De ahí la especial trascendencia de esta ceremonia. En buena parte le dio el alivio de ver despejada toda traza de los nubarrones autocráticos, que suelen asomarse en el horizonte cuando la anarquía, la violencia, o la desesperación se ponen a jugar sus cartas.

Esta clase de fiesta democrática se configura cada vez que se ejerce con limpieza y libertad el derecho de votar, y llegan a las posiciones de gobierno los candidatos así electos. En este caso, más regocijo debió tener la fiesta, porque se atravesaron horas muy difíciles, que por momentos, parecieron poner en peligro la suerte de la propia democracia. Las autocracias mesiánicas de uno y otro signo debieron resignarse a seguir en vano, afilando sus sueños.

La presencia casi masiva de los gobernantes latinoamericanos, todos, sin más excepción que Cuba, electos por la voluntad libre de sus pueblos, eran el reconocimiento al proceso democrático argentino y la expresión solidaria junto a los valores, que eran los supuestos, de la solemne ceremonia. Esa jornada consagraba el triunfo de un presidente, pero antes que nada el triunfo del régimen de opinión, de la vigencia del estado de derecho, de la libertad del ciudadano para elegir sus gobernantes, entre corrientes políticas diversas y entre las distintas personalidades que las representaban, del respeto a los derechos humanos. Significaba que nadie fue ni será perseguido por razón de sus ideas, que el poder emanaba de la libre expresión de voluntad de su pueblo y que por lo tanto no era patrimonio de persona, familia, ni partido alguno; que era aquella una comunidad rica en matices, divergencias, y aun graves distancias sociales, pero en donde los seres humanos debían reconocerse como tales, en su incanjeable dignidad, más allá de su posición social, de sus ideas políticas y religiosas, del color de su piel, de estar o no estar con el gobierno.

Eso, en definitiva, era el porqué aquel ciudadano, electo por su pueblo, asumía la presidencia de la República; y había quien le trasmitía el mando ejercido hasta entonces, ante un congreso legislativo también, electo por la gente. Al cabo de los años marcados por la Constitución, el nuevo gobernante tendrá a su vez que resignar el poder en manos de quien fuera señalado por la libre voluntad popular expresada en las urnas. Ese fue el sentido y el porqué de aquella ceremonia. Identificados con ella, con alguna excepción, los más altos representantes de las naciones del continente.

Sin embargo, quien pareció ser entre todos los invitados, algo así como uno de los protagonistas de aquellos sucesos, a juzgar por las ovaciones de los congresales, por la inagotable conferencia en la Facultad de Derecho, por la larga audiencia concedida por el presidente recién electo, fue Fidel Castro y sus cuarenta y cuatro años de tiranía. Precisamente, cuando la vuelve a exhibir en sus trazos más sangrientos y despiadados, con el regreso del paredón y con la condena a terribles años de cárcel, por el derecho de opinar. Es la contraimagen, el vituperio, el sarcasmo de todo lo que parecía respetarse y venerarse en aquella ceremonia. Pero allí estaba, aclamado con sus cuarenta y cuatro años de tirano.

¡Qué empeño se pone a veces en jugar al harakiri de las propias libertades! Por explicaciones que busque, moriré sin entenderlo.

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