Influencia y dagas

| Rumsfeld parte de una conclusión final, y después trata de reunir los hechos para respaldar esa conclusión

Este jueves, en el día 78 de la búsqueda de armamento iraquí de destrucción masiva, una vez más, no apareció nada. Los espías están echando humo de ira ante la manera en que fue manipulado su trabajo para exagerar la amenaza iraquí, y por tanto están actuando con locuacidad sorpresiva (deleitando a los que estamos en el periodismo).

"Como empleado de la Dependencia de Inteligencia de Defensa, sé que esta Administración ha mentido a la opinión pública para obtener apoyo por su ataque en contra de Irak", asevera uno de mis informantes, rezumando ira.

Es necesario percibir la indignación entre la comunidad de espías con una cierta dosis de escepticismo, ya que la gente en dichos servicios ha estado en el extremo perdedor de una lucha de poder con el Pentágono. No obstante, ese es el problema: el Pentágono se ha convertido en la fuerza monstruosa de la administración Bush, desempeñando una participación central en la política exterior y los servicios de inteligencia, así como en asuntos militares.

"El problema esencial aquí es que la OSD (Oficina del Secretario de Defensa) se ha vuelto demasiado poderosa", destacó W. Patrick Lang, ex oficial de la Dependencia de Inteligencia de Defensa.

Una de los ascensos se produjo en la pasada administración Clinton, cuando el Secretario de Defensa obtuvo mayor control sobre el manejo de las imágenes tomadas por satélites espías. Después, el actual Secretario de Defensa estadounidense, Donald H. Rumsfeld, lanzó su propia operación de inteligencia en el Pentágono. La filosofía central de los datos de inteligencia de Estados Unidos —que deberían ser resguardados de consideraciones en la política para mantener su honestidad—salió gravemente herida.

Una comisión encabezada por Brent Scowcroft sugirió hace dos años que las funciones de los servicios de inteligencia fueran consolidadas bajo el director de inteligencia central. Fue una idea excelente, la cual fue aniquilada por, entre otros, Rumsfeld.

Mis propios encuentros limitados con espías refuerzan la idea de que los servicios de inteligencia necesitan ser digeridos por profesionales, en vez de ser elegidos al azar por ideólogos. Recuerdo a uno de los espías que solía comunicarse periódicamente conmigo para reunirnos y almorzar, cuando yo vivía en China. Acostumbraba transmitirme asombrosos fragmentos internos con respecto a la alta dirigencia de China, para luego pedirme copias de documentos chinos bajo estatus confidencial que yo había logrado obtener.

Personalmente, me mantuve postergando mis encuentros con él, ya que no iba a compartir mis documentos, pero sí quería sus datos de inteligencia. Infortunadamente, nunca los pude confirmar, de forma que eran inutilizables. Finalmente, comprendí que él sencillamente estaba fabricando jugosos fragmentos para así tener algo que intercambiar.

A veces, así opera el juego de los servicios secretos: la información es voluminosa, confusa y contradictoria, amén de tendiente a ser objeto de abusos. Necesita ser protegida de legisladores más que edulcorada para hacerlos sentir bien.

"El presidente (estadounidense) es un tipo muy poderoso", dijo Ray Close, quien pasó 26 años en la CIA. "Cuando percibes lo que él desea, resulta sumamente difícil no salir y encontrarlo".

Tan bien como puedo reconstruir los sucesos, Rumsfeld genuinamente sentía que la CIA y la Dependencia de Inteligencia de Defensa estaban desempeñando una horrenda labor en cuanto a Irak: después de todo, él estaba escuchando información mucho más alarmante de las personas cercanas a Ahmad Chalabi. De forma que el Pentágono creó su propia unidad de inteligencia y examinó la información de todos los demás, para luego acicatear a otras dependencias para que llegaran a conclusiones más alarmistas.

"Es un ideólogo", dijo un hombre perteneciente al mundo del espionaje con respecto a Rumsfeld. "No empieza con los hechos, aun cuando es muy inteligente. Tiene una conclusión final, y después reúne los hechos para respaldar esa conclusión final".

Eso no constituye, por supuesto, una ofensa capital. Los dirigentes del Pentágono deberían sentirse libres de disentir hasta el cansancio con juicios imprudentes por parte de la CIA. No obstante, para que ese proceso funcione, altos oficiales de la CIA tienen que devolver el ataque. En vez de ser así, el Director de la CIA, George Tenet, se hizo a un lado.

"Tenet se puso del lado del grupo en el departamento de la Defensa y eliminó el apoyo que sostenía a sus propios analistas", aseguró Larry Johnson, analista jubilado de la CIA.

¿Acaso eso significa que Tenet debería ser despedido? No lo creo. A pesar de no haber logrado defender a su gente, no debería ser convertido en un chivo expiatorio por los problemas que surgieron, principalmente, a raíz del celo excesivo del Pentágono; asimismo su expulsión dejaría al departamento de Defensa de Estados Unidos con mayor poder que nunca.

"Aquí hubo un fracaso colectivo", concluyó una persona de alto rango en la comunidad de los servicios de inteligencia. "Pero, no debería ser George Tenet quien soporte toda la responsabilidad".

© "The New York Times"

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar