Rijeka | AP. El papa Juan Pablo II llegó hoy a Croacia en el centésimo viaje de su papado: un recorrido de cinco días por este bastión católico de los Balcanes que seguramente pondrá a prueba su endeble salud.
El avión en que viajaba el pontífice de 83 años aterrizó en un aeropuerto insular en el mar Adriático, donde el presidente de esta república ex yugoslava, Stipe Mesic, lo esperaba en compañía de dirigentes eclesiásticos locales.
El Papa iba a ser trasladado en catamarán a través de una Bahía, hasta el muelle de Rijeka, para su encuentro con peregrinos.
Cuando abordó la nave en Roma, Juan Pablo II tuvo dificultades para caminar y debió ser auxiliado por sus asistentes para subir al elevador especial que usa. La línea aérea Alitalia le tenía preparado un pastel especial con motivo del inicio de su centésimo viaje.
La visita del pontífice, que el viernes visita Dubrovnik, un puerto sureño devastado por la guerra, pondrá nuevamente a prueba su capacidad para superar sus problemas de salud y las limitaciones que sufre por su edad avanzada.
El Papa no escondió su afecto por esta nación abrumadoramente católica: ofreció a los croatas una bendición "con todo mi corazón" en la víspera de su partida desde Roma y les pidió sus oraciones. Ellos respondieron con un profundo aprecio por el hecho de haber sido escogidos como destino del centésimo viaje papal.
"Eso muestra cuánto quiere el Santo Padre a Croacia, a su Iglesia y a su gente", dijo Ivan Devcic, obispo de la ciudad portuaria de Rijeka, que servirá como base para el Papa y sus acompañantes.
Cerca del 80% de los 4,5 millones de croatas son católicos y el Vaticano fue uno de los primeros estados que reconoció la independencia de Croacia en enero de 1992, seis meses después de haber declarado su independencia de Yugoslavia.
Para la mayoría de los croatas el Papa es la máxima autoridad moral. Medio millón de fieles son esperados en Rijeka, Dubrovnik, y la ciudad costera sureña de Zadar, así como en las ciudades orientales de Osijek y Djakovo.
"El Papa nos traerá paz espiritual, y lo necesitamos", dijo Ana Brnabic, trabajadora de 52 años.