Día a día, crecen los desafíos para nuestras sociedades. En el marco de la globalización tecnológica y comercial, también se ha universalizado el estado de crisis, en especial para las comunidades de los países en desarrollo, por su histórica fragilidad estructural. Una de las paradojas del asunto es que los países económicamente pobres son los más ricos en recursos naturales y en diversidad cultural. La salida a tantos problemas debe basarse en la aplicación de varias ideas fuertes: igualdad de oportunidades en el terreno comercial, protección ambiental, equidad social, y acceso al conocimiento científico y tecnológico en condiciones justas. Si alguna de ellas es menoscabada, todo el proyecto está condenado al fracaso. En otras palabras, esa situación ideal que todos los pueblos estamos buscando, quizás podría resumirse en el concepto de desarrollo sostenible. Desde luego, algo tan amplio y abarcativo tiene a priori la enorme dificultad de ser comprendido en su real dimensión. Y como consecuencia de ello, se nos plantea la disyuntiva de cómo materializarlo. Aunque todos hablan de desarrollo sostenible, muy pocos comprenden el alcance del mismo, en materia de los cambios estructurales de fondo que habría que imponer para hacerlo realidad. Uno de los conceptos específicos, emergentes de esta nueva situación es el del principio precautorio o de precaución. El mismo apunta a jerarquizar en muchos temas espinosos, la idea de ser muy precavidos a la hora de tomar decisiones que puedan provocar cambios importantes, sin posibilidad de luego marcha atrás. Quizás su mención más divulgada en los últimos tiempos la hallemos en el tema "transgénicos", pues se da como concepto irrefutable que una vez liberado un organismo genéticamente modificado (con genes procedentes de otras especies) en la naturaleza, si algo sale mal no es posible corregir la situación de manera definitiva. Primero debemos arribar a certezas científicas que nos brinden un marco mínimo de seguridad biológica, para luego aceptar su introducción en los ecosistemas del planeta. Ahora bien, el principio de precaución puede utilizarse de muchas maneras. Por lo tanto, sus consecuencias también guardan un espectro muy amplio de posibilidades. Cuando hablamos de la necesidad de nuestros países de lograr niveles de desarrollo mucho más elevados que los actuales, como forma de luchar contra las grandes desigualdades existentes, nuestro principal capital suele ser el patrimonio en diversidad biológica (ecosistemas, especies y genes) que poseemos. Las preguntas a responder son: ¿cómo y cuándo utilizarlo? La respuesta —también teórica— es apoyándonos en la conservación. De esa forma, los niveles de desarrollo obtenidos serán además sustentables. Si el principio precautorio se aplica de forma inapropiada o indiscriminada, afectará de manera muy directa las expectativas de desarrollo de los pueblos. Pues, entre otras cosas podría significarle a sus sociedades reducir el acceso a sus recursos naturales, bajar los incentivos para la conservación derivados del uso sustentable, y disminuir el acceso a los mercados económicamente más fuertes. Este punto resulta muy sensible a los países en desarrollo, en especial cuando se discuten las limitaciones de uso en las cumbres mundiales. Por otra parte, su mal uso también podría ocasionar un gran daño, pero en sentido inverso. Pensemos en el cambio climático y lo acordado en el Protocolo de Kioto. Los países más contaminantes (anexo I) reclaman precaución en la aplicación de las medidas drásticas de reducción de sus emisiones de gases de invernadero, apelando a contar con pruebas directas y definitivas de la causa-efecto entre la emisión y el calentamiento global del planeta. Por lo tanto se hace imprescindible discutir, investigar y, finalmente, acordar pautas claras para todos, referentes a la interpretación y aplicación del principio de precaución; un tema clave para la agenda del "Día Mundial del Medio Ambiente".