Es octubre de 2004 y el vívido follaje otoñal ha convertido el paisaje en un mágico mar de rojo, amarillo y anaranjado. Un gobierno estable ha sido instalado en Irak y el "mapa de ruta" para Oriente Medio ha conducido a la paz entre israelíes y palestinos. Estimulada por una reducción de impuestos de 350.000 millones de dólares, la lánguida economía de EE.UU. ha dado la voltereta. George W. Bush está muy por delante de su oponente demócrata en la contienda por la presidencia.
La visión de Bush del futuro es similar a la de Ronald Reagan en 1984, cuando tenía ventaja en 49 de los 50 estados de la Unión Americana, en vez de la perspectiva que enfrentaba su propio padre en 1992, George Bush, cuando perdió ante Bill Clinton.
Esa es una forma en que podría lucir el futuro. Hay otro escenario.
Es el otoño de 2004. Irak está en caos, avivado por un virulento anti-americanismo y Oriente Medio sigue en turbulencia. Guerras potenciales con Irán y Corea del Norte se vislumbran más claramente en la pantalla de radar.
La reducción de impuestos no ha creado la "economía vigorosa" que Bush predijo, y se le culpa por la continuación de los tiempos malos, como se culpó a su padre en 1992. La reducción de impuestos de 2003 ha incrementado el déficit del país y la batalla por la presidencia es dura.
Pero regresemos a la actualidad. Aunque el popular Bush ahora es favorecido por encima de cualquiera de los presidenciables demócratas, no hay garantía de que sea reelegido el año próximo.
Hizo una gran apuesta política cuando descendió en el portaaviones USS Abraham Lincoln el mes pasado, marchó por la cubierta de vuelo con una vigorosa postura militar, y explicó a millones de estadounidenses y una enorme audiencia extranjera que ese país y sus aliados habían triunfado en Irak.
Poco después de ese acto brillantemente interpretado, el presidente anunció que buscaría la reelección y unos días después apareció en la cena de gala republicana que recaudó 22 millones de dólares.
Mientras los republicanos se mostraban exultantes por su recaudación de una noche, Terrence McAuliffe, el presidente del Comité Nacional Demócrata, reportó que su partido celebraría una cena de recaudación de fondos en junio que le atraería 1.5 millones de dólares, moneditas comparado con lo que Bush reunió.
Bush es astuto. Si resulta el año próximo que la reducción de impuestos no ha revigorizado a la economía, puede señalar —y probablemente lo hará— que la reducción de impuestos aprobada por el Congreso fue menos de la mitad de los 726.000 millones de dólares que él propuso originalmente y, por lo tanto, no fue lo bastante grande para producir prosperidad. Luego tratará de echar la culpa a los demócratas.
Los estadounidenses pueden agitarse por el déficit federal, pero cuando debemos decidir entre impuestos reducidos y un déficit reducido, nuestra elección casi siempre es menos tributación y más dinero en nuestros bolsillos.
Las reducciones de impuestos ayudaron a John F. Kennedy y Ronald Reagan a volver una economía debilitada en una economía vigorosa. Bush obviamente espera duplicar esas hazañas. Pero los demócratas en la Cámara de Representantes y el Senado afirmaron que la reducción de impuestos propuesta por Bush era injusta porque favorecía a los ricos.
Lo que muchos estadounidenses parecen haber olvidado es que Estados Unidos bajo Bill Clinton logró el primer presupuesto equilibrado en tres décadas, no porque redujera los impuestos sino porque, entre otras cosas, controló el gasto federal.
En un debate en la Cámara de Representantes, el presidente del Comité de Medios y Procedimientos, William M. Thomas de California, acusó a los demócratas de consentir una "guerra de clases" cuando afirmaron que la gente rica estaría mucho mejor que los pobres y la clase media bajo la reducción de impuestos de 350.000 millones de dólares.
En respuesta, el representante Charles Rangel de Nueva York, el demócrata de más alto rango en el comité, declaró: "¿Es una guerra de clases? Apueste su vida a ello. Pero usted la declaró, contra el pueblo obrero de Estados Unidos".
El motivo de la reducción de impuestos es poner dinero adicional en millones de casas, mejorar la economía, y producir millones de votos republicanos en 2004.
La política es como un poderoso juego de póker; por el momento, Bush, el extraordinario recortador de impuestos, tiene las cartas ganadoras. Si su suerte se mantiene a lo largo del gran juego en noviembre de 2004 es otro asunto.
Distribuido por The New York Times News Service