Alto y delgado, de rostro anguloso, con los lentes de aro redondo sobre los azules ojos enfermos, el tiempo ha fijado, de Hermann Hesse, una imagen fresca y esencialmente joven. La suya es una de esas figuras que no acusan los efectos del paso del tiempo, pues, aún ajándolas, las embellece, ya que le añaden sabiduría, gravedad y hondura. Y la verdad es que, desde 1962, cuando su existencia se apagó en la pequeña aldea de Montagnola, donde tomaron forma algunos de sus grandes sueños, el viejo maestro no ha dejado de interesar a los nuevos lectores. Especialmente a los jóvenes. Y por ello, y de una manera un poco misteriosa, siempre están regresando sus libros. Y los jóvenes a él. Es, por así decirlo, su contemporáneo.
Y bien, la noticia es grata para sus buenos lectores. Se acaba de publicar un nuevo libro del escritor, titulado "Relatos esenciales" (Sudamericana); y en este sentido, debemos consignar que las piezas que lo componen tienen una frescura matinal. Una vez más, su clara visión del mundo se hace presente en atractivas historias que son un espejo de su río vital.
Hermann Hesse ha cumplido, una vez más, con su eterno retorno. Baste recordar que desde su juventud tuvo una fe avasalladora en la literatura; no era un pasatiempo sino un oficio, un sentimiento pasional que practicaba con su ser entero.
En estos relatos esenciales hallamos un delicado y sensible escritor que pintó con palabras paisajes, hombres y mujeres. Habla de los recuerdos infantiles, de los jóvenes a quienes sorprenden las primeras agitaciones del amor, describe a figuras de la literatura e, incluso, se divierte contando sus andanzas como escritor y conferenciante. El libro tiene la casta espiritualidad que, andando el tiempo, mostraría en sus obras maestras.
A través de estos relatos, que van desde 1904 hasta el año 1925, podemos seguir su crecimiento mental y espiritual, de la misma manera que el impecable desarrollo estilístico.
En su extensa vida, Hermann Hesse fue mostrando una comprensión cada vez más severa del hombre y del mundo. Así lo hacen notorio algunos de sus clásicos libros, como "El lobo estepario", donde mostró que en el interior del hombre habitan muchos hombres, y sobre todo en "El juego de abalorios", texto donde afinó su lengua al máximo y que, publicada en 1939, fue un paso decisivo hacia el Premio Nobel literario, que le fue concedido al terminar la guerra, en 1946.
Mientras los escritores de su generación se enredaban en las palabras él se refugiaba (al igual que André Gide) en la sobriedad artística, que fue su sello enteramente personal, donde la precisión del lenguaje coincidía con las vivencias de las personas sobre las cuales escribía. Ello es por demás evidente así como delicioso en estos bienvenidos Relatos esenciales.
¿Qué son? Pequeñas fotografías del alma, de un autor fiel a los horizontes que se abren hacia adentro, y cuyas historias, grandes o pequeñas, son claras y afirmativas visiones de los valores del arte, del pensamiento y de la vida.
Recordó lo bueno y olvidó lo malo; y escribió, siempre, a la sola luz de la candelita del espíritu.