NO viene mal. La población mundial podrá comenzar a declinar a partir de fin del siglo XXI, noticia capaz de aliviar la idea de superpoblación generada por el boom demográfico que estamos viviendo desde hace años. Actualmente el globo está habitado por 6.300 millones de personas, una barbaridad que sonaría desbordante para testigos del plácido 1900, cuando la población planetaria apenas rozaba los 2.000 millones. Pero los estudiosos calculan que el tope demográfico se alcanzará entre 2050 y 2100, período en el cual la multitud que atesta la Tierra llegaría a una cifra estimada entre 9.000 y 10.000 millones de individuos.
A partir de entonces, la aglomeración disminuirá y eso no consiste sólo en un deseo o una suposición. Ya hay indicios de que la población no crece en todos lados. Un ejemplo al respecto son los países ricos, donde el promedio de hijos por pareja ni siquiera alcanza el nivel mínimo de reposición natural, que serían dos vástagos por familia.
EN esas regiones desarrolladas, se llega apenas a un hijo y medio promedialmente, en mérito a lo cual la masa de habitantes está decayendo en sitios como Alemania o España, sin ir más lejos. En Alemania se cierran escuelas por falta de nuevos alumnos, síntoma de lo que podrá mantenerse o acentuarse en el futuro inmediato.
En cambio los países pobres conocen una explosión reproductora que ningún planificador desea, pero que refleja la falta absoluta de toda noción de planificación familiar: como hormigueros, ciertos países (Bangladesh, India, Nigeria, Indonesia, Brasil, México) ven expandirse sobre todo los márgenes sociales, una periferia de seres aquejados por una instrucción precaria y una voluntad paternal indeclinable. En esos medios, las mujeres dan a luz sin descanso, favoreciendo la desestabilización de sociedades donde la clase media es cada día más escasa y las clases en estado de pobreza son cada día más prolíficas y abundantes.
LA India ya llegó a albergar 1.000 millones de ciudadanos, mientras la China parece estabilizarse —mediante férreas medidas de control dictadas desde el gobierno— en 1.300 millones. Ante esas y otras cifras, las Naciones Unidas han revisado sus proyecciones demográficas y adelantan aquel declive que se produciría en la materia a partir de 2100. Hace dos siglos, el inglés Malthus anunció un futuro en el cual la gente se multiplicaría más que los recursos indispensables para alimentarla, con lo cual habría masas humanas en riesgo de morir de hambre, pero esa profecía demostró fallar en un mundo actual donde "el problema no es la escasez de alimentos sino el exceso de ellos" (aunque no estén distribuidos razonablemente) desencadenando batallas comerciales entre países ricos y pobres que fabrican los mismos tipos de productos.
HACE tres décadas, estudiosos como el norteamericano Paul Ehrlich afirmaban que el sombrío anuncio de Malthus estaba a punto de cumplirse, agregaban que "ya era demasiado tarde para frenar la hambruna que mataría a cientos de millones en el subcontinente indio" y adelantaban que la humanidad del siglo XXI debería enfrentar "guerras originadas en la disputa de recursos para poder dar algo de pan a sus pueblos". Ahora la batalla no es directamente para obtener pan sino en todo caso para poder exportar frente a la competencia desleal de las naciones industrializadas, que protegen sus productos con unos índices de subsidios capaces de arruinar a los competidores más pobres y débiles, bloqueando la circulación de sus exportaciones.
COMO aseguró hace poco otro economista del tercer mundo, "ustedes (se refiere a los países ricos) proclaman las bondades del libre comercio para las manufacturas que exportan, pero se hacen los sordos cuando se habla de la igualdad de condiciones para el comercio agrícola". Desde hace una década "se ha hecho muy poco para abrir el comercio mundial" bajo la presión de políticas proteccionistas. En definitiva, "los bloqueos del comercio mundial comprometen el desarrollo económico a escala global" y entonces "si peligra el desarrollo global, también peligra la derrota de la profecía de Malthus", porque si los países pobres no salen de la miseria, "sus índices de crecimiento demográfico se abatirán con mucha mayor lentitud de la que predicen las Naciones Unidas". En esa lucha está el mundo, contemplando un futuro donde el prójimo puede desbordar —o quizá no, según los optimistas—las posibilidades del planeta en que está parado.