ALEGRIA INVENCIBLE

| Gente que decide olvidar el sufrimiento por que pasó ayer y la angustia por el qué sucederá mañana para dedicarse a disfrutar únicamente el hoy. Un pueblo vital y polifacético que se desborda a sí mismo.

Por Alicia Mendrzycki

mendri@hotmail.com

Brasil. El de la despreocupación por el futuro inmediato —y, no digamos, el lejano—, del goce de la vida por encima de cualquier otra cosa. Cachaza, sexo, baile, capoeira, conversaciones a la puesta del sol, rindiendo culto a dioses que no son ni cristianos ni africanos, sino una mutación complicadísima.

Las olas transportaron, desde el lado opuesto del Océano Atlántico, a miles de esclavos africanos que tuvieron que hacerse con un nuevo país, una nueva religión, un nuevo idioma, otras comidas. Desde ese traslado forzado y brutal germinó una semilla que es, buena parte, el Brasil litoral de hoy en día. Un lugar con el alma negra y el cuerpo mestizo, fruto de fusiones infinitas entre lo que provino de África y lo que había en América, aderezado con inmigrantes europeos.

EL LEGADO NEGRO. Iemanjá, hija de Olokun (guarda del mar) tuvo diez hijos que se convertirían en sacerdotes y luego se casó con el rey de Abeokuta, a condición de que jamás ridiculizase su abundante delantera —fruto de haber amamantado a su prole. Un día que el rey había bebido demasiado, Iemanjá le llamó "borracho" y éste respondió burlándose de sus pechos gigantes. Ofendida, Iemanjá se marchó y en su huida rompió una jarra mágica de donde nació un río que la condujo al Océano Atlántico. Desde entonces no quiere volver a tierra firme. La reina de las aguas viste con ropas cubiertas de perlas y tiene hijos en el mundo entero que la saludan y la ofrendan al pasar cerca del mar. "Madre de las aguas, Iemanjá, que te extendiste a lo largo de la amplitud. ¡Paz en las aguas. Paz en la casa!" Está en todos los lugares donde el mar golpea la costa con sus olas espumantes.

El último día del año los brasileros acuden a las playas, vestidos de blanco, para ofrecer a su diosa del mar flores, frutas —le gusta mucho la papaya— y camarón. Se lo dejan a los pies de la playa, manos de olas lo recogen y se lo dan a la reina del mar que les recompensa con gotas saladas de felicidad. Iemanjá, la diosa del mar, siente vergüenza por sus mamas y a las diosas de carne y hueso brasileras tampoco les gusta tener mucho pecho. Según mandan los cánones de belleza tiene que caber en la mano del hombre y la plenitud debe concentrarse en la bumda, el trasero. En la costa atlántica un sinfín de mujeres vibran con sus cuerpos perfumados al son del sol para seducir a los hombres. Estos juegan a ser ronaldinhos con pies de arena y bolas de oro a la vera del mar. La hembra nunca debe descubrir sus pezones, hay que taparlos aunque sea con una minúscula flor; y, en cambio, un ejército de nalgas se exhibe con una ínfima tanga.

ARENAS SENSUALES. En las playas la gente camina de este a oeste, y el mar de norte a sur en interminables mareas. Los pescadores lanzan sus redes, las mujeres tiñen sus cuerpos velludos y ríos de cerveza anidan en los corazones de los fines de semana. Ponen la música los coches estacionados en la playa y tiembla el paisaje con el volumen de la audición. La sensualidad y la sexualidad cubren la piel de los brasileros; con el paradigma que el norte es el sur y el sur es el norte. Hablar de un solo Brasil sería una irrealidad. Entre el norte y el sur existen tantas diferencias como entre el llamado "Primer Mundo" y el Tercero. Ciudades como Porto Alegre, en Río Grande del Sur, o Natal, en el norte, son la cara opuesta de dos mundos distintos con banda sonora de samba.

Brasil, el país récord mundial en desigualdades, ofrece un contraste abismal desde cualquier perspectiva: gente que lo tiene todo, incluso propiedades del tamaño de un país, y los que no poseen nada, ni trabajo, ni comida ni dinero. Uno de los resultados es el espectáculo de las favelas que llega a ser bello por la noche y horrible cuando la luz del sol le da de pleno. Y aún así no desaparece la alegría, el deseo promiscuo de querer a tu mujer y a las vecinas, el ritmo en los pies y en las caderas, la velocidad para tener hijos, el arte para jugar al fútbol, la emoción de seguir hasta el fin al equipo nacional y la capacidad de ser feliz con un plato de fríjoles con arroz. Suenan los tambores de piel negra en medio país y en el otro medio el carnaval y los brasileros se sienten en el paraíso, aunque haya violencia, pobreza y corrupción en la clase política.

Los brasileros siguen confiando en aquello que les llega por mar, una tradición ancestral de los indígenas que para no considerarlos extranjeros en su tierra les ofrecían a sus hijas para tenerlos ya en la familia. De hecho los pueblos indígenas abrazan al visitante porque entienden que si estás lejos de casa, ellos tienen que ser como una familia. Esta es su virtud y, sin duda, también su defecto. Del mar llegó el conquistador y también los esclavos con su infinita pena por tener que dejar África. Dicen que los esclavos no morían de enfermedad sino de nostalgia por su tierra. Aseguran que entonces nació la saudade, la picada mortal del brasilero que al dejar su país muere poco a poco de añoranza. Un cantautor, para ayudar a entender la saudade, la definió como organizar la habitación de un hijo muerto, un sentimiento de desgarro emocional absoluto. Así es el carácter: trágico y vitalista, creativo y destructivo con él mismo, en una especie de antropofagia de la que renace cada mañana.

Para cruzar de punta a punto el quinto país mayor del mundo y el primero de América del Sur, son necesarios cuatro días rodando de día y de noche. Son más de nueve mil kilómetros de litoral. La red ferroviaria casi no existe y, como ocurre en la película Estación Central, la mayoría de la población se traslada en ómnibus por unas carreteras infinitas que en muchos casos parecen una carrera de obstáculos.

HISTORIAS MESTIZAS. Brasil es el paradigma del mestizaje fruto de la cultura indígena, la de los colonos —los portugueses, franceses, holandeses, italianos— y la cultura africana que trajeron los esclavos. Quinientos años de colonización y en algunos sitios hace tan sólo cien años que consiguieron su libertad. Casi todos son católicos, el 80% de los habitantes del país, con una religión próxima a la sensualidad del brasilero que promete otro paraíso para aquellos a quienes éste no les convence. No obstante, alrededor de veinte millones de católicos también practican algún tipo de culto ritual de origen africano. Pero en realidad la religión central de los brasileros es la que profesan diariamente a la diosa televisión, que llega a los lugares más recónditos y míseros por arte de magia. A la imparable globalización a manos de las principales cadenas mediáticas, incluso la educación se ve sometida a los parámetros televisivos.

Conocí a un empresario de San Pablo, un triunfador de los negocios, que después de tener un ataque al corazón lo vendió todo para empezar una nueva vida. Se instaló en una comunidad de pescadores al norte, en Macapá, estado de Piauí, y montó un pequeño bar de playa. El local se convirtió en restaurante y éste en una zona de lujosos bungalows. Los turistas llegaban a centenares. Cuando se dio cuenta de que había construido un nuevo imperio se dijo a sí mismo que estaba repitiendo el error y se marchó. En la actualidad, Macapá, es una ciudad fantasma. Cerraron casi todos los negocios y el mar fue engullendo a gran velocidad parte del litoral. Sigue avanzando implacable, quizás ofendido por lo que pasó, ha vuelto el silencio y la biodiversidad a aquellos parajes. El mar digiere las estructuras y las vomita erosionadas dándoles el aspecto de los restos arqueológicos de una civilización perdida. Ahora el creador de paraísos se debe encontrar en algún otro rincón de este país. Sospecho que podría tener de nuevo mucho éxito. Iemanjá, la reina del Atlántico, lo debe estar observando desde el fondo del mar.

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